Wildlife: la vida se mide en rupturas.

La pérdida más definitiva en la vida de un ser humano es siempre la pérdida de la inocencia. Una especie de muerte y renacimiento espiritual que dinamita cualquier anteproyecto de vida y descompone nuestra, hasta aquí y hasta ahora, despreocupada individualidad. Los relojes se paran justo en esa hora en la que el idilio se vuelve desencanto, en la que emergen las primeras disconformidades del alma, las primeras tinieblas -de momento accesibles y abordables- y las primeras diarreas anímicas.

En la que entendemos, en definitiva, que la vida es algo más que la suma de los días y que nuestra esencia está irrevocablemente unida a nuestro entorno.

 

El entorno.

La familia es siempre una cuestión delicada.

Basta el repentino silencio de un padre -otrora afectuoso y atento- y su injustificable ausencia

cuando, incapaz de emanciparse de su propia inutilidad cotidiana, se desvanece autoprescribiéndose el destierro más a modo de personal tratamiento terapéutico que como penitencia. Basta la negligencia pedagógica de una madre que, atrapada en la órbita gravitacional de su propio dolor, levanta un muro defensivo para no morir asfixiada dentro de sí misma; y por supuesto, basta la insensatez de toda malquerencia parental para despedazar aquella postal pseudoidílica y sustituirla por este retrato de fantasmas con familia al fondo. Bastan unos padres inútiles para que la vida se estanque interrumpiendo sus planes iniciales.

La reflexión infantil de Joe, observando silencioso la espesa crónica de su recién estrenada realidad y manteniéndose sereno ante la sensación de orfandad que le invade desde que contempla a sus padres con ojos de adulto, actúa a la vez como complejísimo hilo conductor del drama y como conmovedora descripción de la etapa adolescente, encaminando el relato, en primera persona introspectiva, desde la causa al efecto, remendando, desde el vínculo sentimental, cualquier conflicto generado por esos parientes aledaños a los que azarosamente nos vincula la sangre. Demoliendo, en pocas palabras, la macilenta estructura familiar de oscuros pasillos, a la que ya Simone de Beauvoir se refería como “nido de perversiones”.

Con monótono pero fluido y hermoso ritmo narrativo, Wildlife, profundiza sin tirones en cuestiones de diferente trascendencia, mirando simultáneamente a varias direcciones: la precariedad laboral, el (des)amor, la soledad, el proceso de maduración, el descubrimiento de los padres como seres imperfectos y su aceptación, el machismo… todos ellos registrados desde la íntegra mirada de un niño al que deberían faltarle años para comprender que los acontecimientos más importante de la vida siempre son la rupturas.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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