El viajante: crítica y comparación con otro de los títulos del año

La crítica:

Si reflexiono ante la idea de si Asghar Farhadi es mejor como director o como guionista, me inclino quizás por esto último, lo cual puede llevar a engaño haciendo creer a más de uno que su visión artística tras la cámara no merece ponerse de relieve. Pero es que este hombre consigue crear unas historias tan sobrecogedoras, aparentemente tan sencillas en sus planteamientos pero tan bien desarrolladas, que ni me salen los adjetivos para resaltarlas. Y si no fuera porque la comparación médica hecha hasta la saciedad sobre el uso del tempo de los grandes escritores con la precisión milimétrica de un cirujano con el bisturí está más que saturada, la sacaría a relucir mil y una veces (como ahora, aunque esto es un vano intento cutre por ver si cuela de rebote). En sus películas parece que nada sobra, todo se dice sin utilizar palabras de más en ningún momento ni resultar redundante, todo está relacionado sin resultar cargante y nada se lleva a términos de exageración, pero si logra alcanzar grandes dosis de desasosiego e inquietud.

Siendo honestos, el cine iraní se me resiste. No puedo con él por desconocimiento y hastío a partes iguales. Si alguien me plantea ir a ver una peli iraní puedo llegar a soslayar la invitación alegando querer ver un partido de tercera regional de la liga belga. Sandeces a parte, desde el descubrimiento de esa maravilla del 2011 llamada Nader y Simín, una separación, Farhadi se me quedó grabado, y el director iraní se hizo un hueco en el séptimo arte (aunque su película A propósito de Elly ya le había reportado cierta fama) y milagrosamente consiguió el respeto unánime en Europa y, lo que resulta más sorprendente, en Estados Unidos. De allí salió su primer Oscar que agradeció con uno de los discursos que más merece la pena revisar. De allí sacó a relucir una historia que aparentemente podía resultar de lo más normal en cualquier otro país y que él conseguía llevar al límite del dramatismo y la intriga. Ni rastro de tedio en ninguno de sus fotogramas, sino una auténtica revelación que parecía por momentos una verdadera película de suspense al estilo de los grandes clásicos, y que a más de uno le recordaba a ciertos aspectos del cine hitchcockiano. Porque de nuevo, insisto, sus tramas no tenían fisura ni resquicios, toda la historia parecía calculada al milímetro, y nada te hacía plantear ciertos giros, previsibles quizás para algunos (pues siempre hay quien lo propaga a los cuatro vientos), ni que podían tener consecuencias tan funestas. Y por supuesto, nada te podía hacer pensar que con la historia de dos parejas Farhadi fuera capaz de levantar tanta polvareda sobre las tragedias personales de los seres humanos.

Y ahora, apenas 5 años después (y con la película El Pasado de por medio), nos llega otra de sus historias también realizada con muchísimo esmero y donde da una nueva vuelta de tuerca a las tragedias de sus protagonistas mostrándose aún más crítico con el ser humano y sus acciones. Y si en Nader y Simín abría la historia con un plano fijo que dejaba sin aliento y mostraba la confrontación de los personajes que daban título al film, en El viajante primero lo hace con una serie de planos cortos y fijos de un teatro donde montan los escenarios de una futura función, para pasar luego a un plano secuencia de su protagonista junto al resto de sus vecinos abandonando y desalojando el edificio de viviendas ante el temblor continuo y su temor de derrumbamiento. En ambos casos, y con formas totalmente distintas, Asghar Farhadi logra sumergir de lleno al espectador desde el principio para prepararle para un torrente de emociones que puede no sean del agrado del espectador, pero que tienen más importancia por aquello que su director no dice o no muestra pero sí transmite. De hecho, uno de los mayores aciertos del film es que un supuesto personaje clave nunca aparece en ningún momento, pese a que se le nombre continuamente e imaginemos cómo es por todo cuanto sabemos a lo largo de la historia.

En el caso de El viajante, el verdadero detonante que Farhadi crea es un incidente fruto de una supuesta confusión que tiene un impacto terrible en su pareja protagonista y del que se hacen eco el resto de personajes. Ello se inmiscuye con el proyecto personal que ambos desarrollan: una adaptación de la obra de Arthur Miller La muerte de un vendedor. De ahí también su título en inglés, The Salesman.

Photo by Habib Majidi

Volviendo a la apertura del film, ésta es sólo un ejemplo para destacar el enorme talento de Farhadi tras la cámara y su gran dominio de todos los recursos. Pero su logro no es solamente técnico, ya que además se nota una gran labor artística con sus actores. A Shahad Hosseini y a Taraneh Alidoosti ya los habíamos visto desarrollar todo su potencial con Farhadi en anteriores films. Y estaba claro que si en los anteriores la química entre ambos había resultado tan buena, no iba a serlo menos en esta película en la que interpretan a una pareja joven llamada Emad y Rana que afronta una tragedia personal sin saber muy bien cómo. Es allí donde Farhadi despliega todo su potencial, donde empieza su crítica social, donde las particularidades de la sociedad iraní se mezclan con los asuntos más universales y crean un escenario perfecto para analizar los instintos del ser humano y el destino que Farhadi le impone. Pero Farhadi es listo, y no juzga, sino que plantea las situaciones de forma tan minuciosa que no permite una salida que escape a la reflexión. Y su gran habilidad como guionista, tocando temas cercanos pese a estar en un país a más de 5.000 quilómetros, encandila a los críticos de todo el mundo y lo acerca al cine europeo y americano en estilo sin renunciar a sus raíces. Quizás los temas primordiales sobre los que Farhadi escribe en esta ocasión son los deseos de venganza y la redención, confrontados especialmente en el rostro del actor Shahad Hosseini, quien logró el premio al mejor actor en el Festival de Cannes, junto con el de mejor guión para el propio Asghar Farhadi. Y por supuesto, no hay que olvidar, junto con otros premios, el segundo Oscar a mejor film extranjero para su director.

Y pese a todo ello, El viajante se sitúa a mi parecer un pelín por debajo de la que sigue siendo su obra magna Nader y Simín. De nuevo, esto tampoco quiere decir demasiado, pues el nivel del cine de Farhadi sigue siendo altísimo y la envidia de muchos. Su capacidad de desarrollar con tan pocos elementos historias tan profundas y humanas está al alcance de poquísimos en la actualidad, de allí la gran admiración que despierta en todo el mundo y la expectación ante cualquier nuevo trabajo. Por ello, es recomendable no solamente para cualquiera que haya visto sus trabajos anteriores, sino también para escépticos del cine iraní y amantes del drama sin miedo a sufrir más de lo debido ni salir trastornados.

La comparación: ¡¡¡OJO SPOILERS!!!!

En este apartado simplemente se van a analizar ciertos aspectos de la película y ser comparados – aunque parezca mentira y suene muy raro – con los de Elle, de Paul Verhoeven. En serio, aquí se va hablar del principio, nudo y desenlace. Así que si no se han visto las dos películas mejor saltarse el apartado. Puede parecer un sinsentido, pero por alguna razón, al poco de ver la película El viajante, el último film de Verhoeven me vino a la memoria. Y cosas del azar, mientras planeaba escribir estas líneas y buscaba ciertos datos, me encuentro con la sorpresa de que ambas cintas fueron presentadas el mismo día en el Festival de Cannes. Si alguien ha seguido leyendo y se pregunta ahora qué sentido tiene compararlas, he aquí un punto común: en ambas películas la mujer protagonista sufre una agresión que desencadena toda la trama. Ahora bien, aquí se podría decir que termina casi todo. O no. Está claro que las intenciones en los dos casos son muy distintas; Verhoeven hace una cinta con toques de humor negro y que apuesta por el impacto visual y visceral, pues parece que casi se regodea en un acto vil, y su ritmo me parece más irregular y se aleja de dilemas morales para entrar en los instintos más depravados y ocultos del ser humano en lo que a ratos parece un thriller. Farhadi, en cambio, no muestra casi nada, ni sabemos realmente cómo ha sido de “grave” la agresión de la chica protagonista, cuán lejos ha llegado; nos deja con la duda y nos imaginamos lo peor sin saber si es cierto o no. Pero en ambas películas, ninguna de las mujeres acude a las autoridades, si bien los motivos y razones son muy diferentes; en la película iraní se hace todo lo posible por ocultarlo, y en el film francés Huppert tarda bastante en confesarlo a su círculo más íntimo y se niega a que la ayuden y aparenta como si no hubiera pasado nada. En los dos casos, ambas intentan seguir el día a día tratando de olvidar lo ocurrido, aunque creen ver al atacante en su trabajo, y se sienten observadas. Pero si la cinta de Verhoeven resolvía su mejor baza cuando aún faltaba algo de metraje y perdía interés, Farhadi se reserva la mejor carta para el final y culmina una tragedia redonda. Eso sí, también las dos cintas acaban con un castigo para sus agresores, pues sus directores ejercen de jueces morales y no permiten (o no se arriesgan) a que se salgan con la suya. Verhoeven utiliza al personaje más estúpido de todos y que ignora todo cuanto sucede, dándole otro punto ridículo a lo espeluznante de la situación; mientras que Farhadi recurre a lo que podríamos llamar una intervención divina, casi de obra clásica, para marcar el destino moral de su agresor. Y ya por último, en ambas cintas la resolución del problema termina sin que nadie más sepa realmente lo que ha pasado. En Elle puede que los personajes secundarios descubran una terrible verdad sobre uno de ellos, pero únicamente el personaje de Huppert sabe lo que pasó en el fondo y el juego siniestro que desarrolló con su agresor. Y en El viajante sólo su pareja protagonista descubre la verdad para después ocultarla y no generar más dolor a su alrededor e intentar seguir adelante con sus vidas.

Un último apunte sobre su escena final: SPOILERS de nuevo más sutiles

No podía terminar sin resaltar antes una última cualidad de la película de Asghar Farhadi. Y no es otra que su escena final. Su pareja protagonista aparece en el set de maquillaje de la obra de teatro. Los dos están serios, impenetrables, y a la vez serenos. Mientras el equipo los va maquillando y transformando, Farhadi relata sin palabras la ocultación de la verdad bajo un maquillaje que en el caso de sus protagonistas será el seguir aparentando una vida normal. Aparentar que un hecho en realidad no les ha transformado el carácter. Aparentar que todo sigue, que las heridas se pueden ocultar como si de una careta se tratase, que aunque seamos otros en el exterior en nuestro interior aguarda algo que los demás desconocen, que algunos actúan detrás de un rostro que no es el suyo verdadero. Pero todo se supera y la vida sigue, y el maquillaje es tan perfecto que seguimos adelante sin percatarnos.

Al Swearengen

Al Swearengen

Tengo la sensación que bueno y malo son palabras demasiado extremas que usamos a la ligera. No creo que la vida y la mayoría de cosas y personas en este mundo puedan ser expresadas en términos tan absolutos. Ni siquiera estoy seguro de si se pueden aplicar al arte, y menos aún al cine.
Al Swearengen

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