Verónica: Paco Plaza nos envía al infierno

Con franqueza, ya había perdido la esperanza de que, a estas alturas, se estrenara una nueva película de terror capaz de ponerme los pelos de punta, jugando dentro de la misma liga cualitativa que El Exorcista (1973, William Friedkin) o El Sexto Sentido (1999, M. Night Shyamalan), y más aún en un género casi tan desgastado como el de los zombies: los relatos sobre fenómenos sobrenaturales y posesiones demoníacas.


Menos imaginé todavía que tan grata irrupción provendría de una de las últimas aportaciónes al género del horror, que como dije hace no mucho, ya únicamente parece aspirar a distraernos con una clara vocación de entretenimiento. Dicho esto con la única excepción a la regla de los films realizados -individual o conjuntamente- por Jaume Balagueró y Paco Plaza. O casi todos. Habría que correr un tupido velo de vergüenza sobre la innecesaria Rec 4: Apocalipsis o la alimenticia -y endeble- OT: La Película. Al margen de lecturas sobre la remarcada habilidad de Plaza para envolverte en una atmósfera siniestra, su facilidad para pintar con naturalidad cualquier fresco costumbrista sobre situaciones cotidianas y de la vida familiar deja en evidencia a la mayoría de esos nuevos autores que dicen estar adscritos a un cine más social. Lo que ocurre en Verónica es lo que yo llamo penetrar, hasta las entrañas, dentro de un hogar de clase media baja español. Y eso, no lo olvidemos, hablando de la que aparentemente es una simple cinta de terror.

Plaza mata además dos pajaros de un tiro: recrea como pocos lo habían hecho antes esa sensación de vacío e intimidad que invade a un adolescente mientras escucha su música favorita, en la oscuridad de su cuarto, tirado en la cama, y de paso, crea a partir de ese instante la que desde hoy será una de las secuencias de terror más sobresalientes en la historia del miedo patrio.
Hay demasiadas cosas que me gustaría revelar sobre Verónica, y que no os diré para no chafaros la experiencia, así que me conformaré con dejaros caer que Paco Plaza sabe sacar tanto rendimiento de sus actores infantiles o un televisor encendido a medianoche como Narciso Ibáñez Serrador (¿Quién puede matar a un niño?, 1976) o el propio Steven Spielberg (Poltergeist, 1982). El partido que Plaza pueda extraer también, para meternos más miedo, del tema Hechizo de Héroes del Silencio o las cuñas publicitarias de un conocido producto de limpieza, me lo guardo para quienes ya la hayan visto. Ese bonus extra es cosecha del director, y no existe influencia alguna.


En opinión de este servidor que escribe, el realizador valenciano sigue siendo uno de los activos más valiosos tras la cámara, no solo del fantástico europeo, sino del propio género entendido de un modo global, y agradezco especialmente su enconada actitud de fabricar un cine de terror algo más autóctono, no hablado en inglés como el de otros directores nacionales cortados por un mismo patrón que sacrifican parte de la credibilidad de su relato -con doblajes tercermundistas o localizaciones estadounidenses filmadas en nuestro país- a cambio de un supuesto incremento de la distribución internacional. Puede que no haber rodado en un dialecto anglosajón el grueso mayor de su obra sea la principal causa de su falta de proyección exterior, en comparación con la de otros colegas, si bien las supuestas ventajas de esa apertura idiomática sólo han dado sus frutos, a grosso modo, en los éxitos de J.A. Bayona producidos por Apache Films: El Orfanato -grabada en idioma castellano-, Lo Imposible y Un monstruo viene a verme.
De hecho esta Verónica es la nueva criatura de Apache Films, que junto a lo último de Bayona, la ácida y genial Selfie (2017, Victor García León) y el inminente musical La Llamada (2017, Javier Ambrossi & Javier Calvo) va camino de completar uno de los mejores años, a título creativo y profesional, de su productor Enrique López Lavigne (Toro, 28 semanas después, Open Windows).


Pero no nos desviemos del camino, y volvamos a hablar sobre éste, el cuarto largo en solitario -obviando sus cortometrajes y trabajos para televisión- del realizador de El segundo nombre.
Barrio de Vallecas, Madrid. Verano de 1991. Verónica (Sandra Escacena) es una adolescente que, durante un eclipse solar, aprovecha para hacer pellas en clase y esconderse con dos amigas en el desván de un colegio de monjas. A escondidas comenzarán a jugar con un tablero de la Ouija para contactar con el fantasma de su padre muerto. Pronto descubrirá que ésa va a ser la peor idea que ha tenido nunca.


Basándose en los únicos archivos policiales donde, a día de hoy, se ha admitido la confluencia de hechos sobrenaturales, Verónica (2017, Paco Plaza) es un cine de terror puro, auténtico, sin cortapisas ni trucos baratos empleados para asustar, una gozada que te mantiene sujeto a la butaca y te hará salir del cine con los testículos por corbata. No diré que el resultado suponga una absoluta revelación, porque a pesar de la inmerecida irrelevancia que, insisto, sigue teniendo su obra, considero que Plaza ya presume de una moderada experiencia en eso de probar las mieles del éxito. No obstante, y por lo poco acostumbrado que estoy a que algo tan notable se estrene en plenas vacaciones de verano, Verónica ya es para mí uno de los revulsivos del año, y una gema indiscutible del fantasterror reciente. Ojalá logre hacer todo el ruido que merece.

Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

Escribir respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.