Un Otoño sin Berlín: Se ha estrenado la tontada del año, y no es de Julio Medem

Hablar de un argumento pobre sería un acto de generosidad para tratar el primer trabajo de la cortometrajista Lara Izagirre. Se ajustaría más a la verdad definir su ópera prima como un compendio hueco de imágenes sugestivas y evocadoras que parecen extraídas de un catálogo de otoño de Venca, y no de una película al uso con una historia que contar.

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Un Otoño sin Berlín no es exactamente cine, sólo un eficaz videobook de hora y media -su escasa duración es un punto a favor- de Irene Escolar recorriendo las calles empedradas de Amorebieta-Etxano con gesto compungido, sin más recursos interpretativos que una abrumadora letanía de mohines, carantoñas y tics gestuales de actriz intensa ‘made in Cristina Rota’.

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Un pesadísimo spot promocional del pueblo de la realizadora donde el mimo visual aplicado por el tono ocre de su fotografía y los bellísimos paisajes naturales no se corresponde con unos diálogos tan impostados y falsos como sus propios personajes, modelos arquetípicos de joven hipster urbano y poeta torturado.

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Una narración lineal y plana sirve de poso a una somnolienta sucesión de secuencias conectadas entre sí por algo similar a un guión inacabado y repleto de agujeros: June (Irene Escolar) vuelve a su pueblo natal tras haberse marchado por alguna razón que no se especifica. La mayor parte del metraje la pasamos observando como deambula de un lugar a otro, viviendo de gorra en casa de su padre -un sobrio y correcto Ramón Barea– o la de su ex pareja (Tamar Novas) según lo que le pide el cuerpo, suponemos que para no aburrir al espectador con una misma localización ya que al menos la protagonista sí permanece omnipresente en TODAS las escenas.

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Hay demasiados detalles que parecen dejados al azar y ocurren porque sí. Es como si la propia autora de la historia no hubiese sabido rastrear en las emociones de sus personajes para dar sentido a tanta impavidez, y luego disfrazase esas carencias aludiendo que el espectador debe descubrirlas por sí mismo. No existe una motivación que incentive el comportamiento de cada personaje porque ni siquiera existen personajes propiamente dichos más allá de cuatro frases existenciales y un falso poso de intelectualidad romántica que deriva en lo empalagoso.

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¿Por qué la depresión de Diego le impide salir a la calle y ver a su madre? ¿Qué le sucedió a la madre de June? ¿Por qué la mujer que contrata a June para dar clases particulares a su hijo no se entera de que se pasan el dia en el parque de atracciones o barriendo la casa de un desconocido? No subsiste un razonamiento para nada de lo que ocurre durante 95 minutos, y la directora tampoco lo busca. Le basta con adornar la pantalla -en un incómodo formato televisivo de 4:3– con efectismos líricos de hojitas que caen de los árboles y artificiosas estampas de filosofía coelhiana mientras Irene Escolar se remoja bajo la lluvia.

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En Un Otoño sin Berlín no hay alma porque no hay un guión robusto ni construido. Pero a ratos es tan coqueta y autocomplaciente que su visión genera una agradable sensación de bienestar. Es como pagar una entrada de cine por ver un anuncio de compresas.

  • Estreno: 2015 6.3
  • Género:
June (Irene Escolar) es una chica de 28 años, de aspecto frágil, pero que posee gran instinto de supervivencia. Es una joven impulsiva y soñadora que acarrea un pasado doloroso y que enfrenta la vida con cierta inocencia y espíritu de lucha. Por Leer más
Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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