The Room: ¿La peor película de la historia del cine?

Vamos a ver, emm… ¿por dónde empiezo con esto? Hablar sobre ‘The Room’ desde un prisma estrictamente cinematográfico, sin caer en la mofa ni el chiste malo, es tan complejo como averiguar de dónde diablos sacó este emigrante polaco, cuyo nombre real es fruto de decenas de especulaciones, un montante de 6 millones de dólares para producir este maravilloso pedazo de mierda. ¿Es verdad que ganó semejante cantidad de dinero por la indemnización cobrada a un pez gordo de Hollywood tras un accidente de coche? ¿Lo ahorró con lo que ganaba vendiendo ropa interior y chaquetas de cuero importadas desde Corea del Sur? ¿Es posible que la filmación de ‘The Room’ sirviese para encubrir una operación de blanqueo de dinero, teniendo en cuenta que sólo recaudó 1.800 dólares en la taquilla americana? Sinceramente no me importa qué, cómo o cuándo lo hizo, pero este denominado artista del desastre, al que actoralmente describiría como si Harvey Keitel estuviese aquejado de parálisis facial tras sufrir un ictus, y cuya ópera prima es considerada ‘el Ciudadano Kane de las películas malas’, al final se salió con la suya y escribió, produjo, dirigió y protagonizó su propia película.

Y James Franco no podría estarle más agradecido por ello, porque suya ha sido la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián a la Mejor Película por interpretarle y recrear la historia de su primer rodaje en ‘The Disaster Artist’ (2017, James Franco).

¿Alguna vez fantaseaste con la idea de ser actor o, solo delante del espejo, has imaginado cómo serían tus secuencias preferidas interpretadas por ti, recitando tus frases favoritas de la pantalla, creyendo que te derrumbas roto por el dolor, delante de la cámara, como si fueses el héroe de un drama romántico? Pues eso mismo es ‘The Room’, el fruto de la cabezonería y perseverancia de un pirado que un día dijo ‘¡quiero ser actor!’ y se dió el capricho de financiar su propia producción, llevándola a cabo con más ilusión y voluntad que auténtico talento.

Johnny (Tommy Wiseau) es un exitoso banquero que vive en San Francisco con su novia, Lisa (Juliette Danielle), con la que planea casarse. Pero Lisa está secretamente enamorada de Mark (Greg Sestero), el mejor amigo de Johnny. Cada dia, mientras Johnny trabaja, Lisa mata las horas tumbada en el sofá, acostándose con Mark, recibiendo visitas de su madre y concertando citas entre una pareja de amigos a los que les gusta follar en el apartamento de Johnny sin ningún motivo aparente. Por el apartamento de Johnny pasa continuamente gente con la que Johnny queda para jugar a pasarse la pelota en la terraza, el vecino y ahijado de Johnny que siempre intenta besar a Lisa o el camello al que el vecino y ahijado de Johnny debe dinero porque ha empezado a probar las drogas. En esa casa entra y sale todo el mundo cuando le parece, y a Lisa le gusta contarles que a veces Johnny se emborracha y le pega por las noches, aunque Johnny sólo bebe agua y chocolate, y jamás golpearía ni a una mosca.

‘The Room’ (2003, Tommy Wiseau) desempolva el espíritu vetusto y mohoso de la soap opera televisiva y lo reviste deliberadamente de la atmósfera hortera de un videoclip de Kenny G, perpetrando algo similar a uno de esos telefilms eróticos fabricados por Private Media, Penthouse o Playboy Films a mediados de los 90, esos mismos que antena3 y telecinco solían emitir a las 02.30 de la madrugada cuando los call tv aún no habían usurpado su espacio en la parrilla nocturna.

‘The Room’ es objetivamente mala, pero mala de solemnidad, y su guión tiene el poder de la invisibilidad porque logra que, por momentos, creas que no hay guión alguno, ¿pero a quién le importa eso? ¡A mi no, joder! Creo que nunca en mi vida me había reído tanto, disfrutado y pasado un rato tan divertido viendo un melodrama. Solamente por eso, este señor ya se merece mi respeto.

Antonio López

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"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
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