The Leftovers: La serie más rompedora que los últimos tiempos nos ha dejado

Ya no queda claro lo que es una obra de culto. Ya no queda claro qué es lo que hace que una serie pase a la historia: audiencias, originalidad, personajes, tramas y diálogos, estética, ¿todo ello? En un mundo donde la saturación está por encima de todo, donde el cúmulo de series no da ni para el que tenga vidas múltiples, destacar ya no parece tener el mismo significado que antes. En una época donde el carro de las series domina los medios y se habla de edad gloriosa, la sensación de homogeneidad no deja de desaparecer; se mantendrá una cierta calidad porque se sabe lo que el público busca y se le da adornado con diferentes capas, pero las bases de todas las plataformas no desaparece. Por ello, llamar verdaderamente la atención haciendo algo diferente es muy difícil, y por eso quiero pensar que The Leftovers ha sufrido esa bendición/maldición, y que como en la auténtica era dorada de la series, aquella que encabezó prácticamente en solitario la HBO en la década del 2000, el tiempo le dará su recompensa, entrará en el puesto que se merece y se echará la vista atrás con cierta nostalgia y la sensación de no saber cómo algo así no funcionó.

De todas las cosas que ha supuesto la serie The Leftovers para los valientes que la siguieron desde el principio (no fui de esos), una imprescindible sería ver la redención de su creador principal, Damon Lindelof. El cabecilla de Lost (omitiremos decir Perdidos para no ofender a los puritanos) defraudó tiempo atrás después de conseguir que la serie de la ABC se situara como referente indiscutible con sus primeras dos temporadas (en especial  la primera, para qué negarlo) en, de nuevo, esa auténtica era dorada de las series. Consiguió mayores audiencias después, y consiguió nuevas tramas y nuevos giros que muchos anhelaban y otros (servidor) aborrecían viendo ya que no había realmente nada nuevo en verdad, que se mareaba la perdiz más de la cuenta y las respuestas se darían cuando se hartaran sus creadores.

Pero con The Leftovers Lindelof pareció encontrar por fin un producto a su medida con el que experimentar y dar rienda suelta a su imaginación, aunque eso no fue fácil ni perfecto al principio. Porque la premisa que nos vendieron no era realmente completa. La serie basada en el libro de Tom Perrotta, su co-creador, anunciaba en su sinopsis la desaparición simultánea del 2% de la población mundial, un porcentaje a simple vista pequeño pero que suponía un gran impacto para todas las personas que vieron desaparecer en un instante a sus seres queridos delante de sus ojos sin entender nada ni poder evitarlo. Ante semejante idea, los pensamientos de cualquiera para una serie iban encaminados a este tipo de preguntas: ¿Por qué han desaparecido 140 millones de personas? ¿A dónde han ido todas esas personas? ¿Cómo es posible y de quién es obra? Sin embargo, sus creadores erigieron una serie centrada en cómo la gente podía seguir adelante con sus vidas después de un hecho así. Con The Leftovers, Lindelof y Perrotta hablaron de sentimientos de una forma nunca antes realizada, rompieron barreras y saltaban de unos extremos a otros tanteando ideas como el duelo y la pérdida en un terreno muy poco explorado, y cómo llenar ese vacío. Por ello, su primera temporada fue más de tanteo y con irregularidades, pero demostró su originalidad y su atrevimiento. Sus creadores enfrentaron, cada vez con mayor acierto en la segunda y tercera temporada, los sentimientos con la razón, la fe con la lógica, lo real con lo imposible, lo terrenal con lo místico, e incluso lo imprevisible con lo absurdo. Y el mayor logro es que consiguieron salir bien parados.

Para los que hemos realizado el viaje hasta el final, disfrutamos de una de las mejores series de la historia en el momento que nos dimos cuenta que lo menos importante era saber por qué se había esfumado el 2% de la población y dónde habían ido. Que la verdadera angustia, el verdadero miedo, es vivir en ese mundo donde algo que creíamos imposible ocurra. ¿A dónde irían a parar entonces todas nuestras creencias? ¿Cómo cambiaría nuestra concepción de la existencia? ¿Cuál sería el sentido de vivir en un mundo así de extraño que verdaderamente no entendemos? ¿A dónde querríamos huir entonces? Sí, es una serie de ficción, pero las múltiples lecturas que dio la premisa una vez establecida dieron mucho juego en nuestro mundo real (para muchos críticos americanos, era indudable que Perrotta partió en su novela de la tragedia del 11-S para transmitir una pérdida que transformó el mundo). Es entonces cuando surgen sectas de todo tipo, cuando las religiones intentan dar con una respuesta, cuando los científicos intentan analizar todos los hechos para calmar al mundo y a sí mismos, pero, sobre todo, es entonces cuando la mayoría sólo intenta seguir adelante día a día con su pérdida, sobreponiéndose con su trabajo o con sus familiares y amigos. Y entra aquí otra de las claves de la serie: la búsqueda de afecto a nuestro alrededor, un punto de apoyo al que amarrarnos cuando todo parece que se desmorona. Eso que en Lost acabó destrozando la serie con sentimentalismo barato, aquí Lindelof y Perrotta consiguieron transformarlo en algo mucho más profundo y verdaderamente emotivo.

Y era en este entorno donde se situaba nuestro querido Kevin Garvey, el policía de la pequeña localidad llamada Mapleton, como hombre corriente en apariencia que lidia con los problemas familiares y laborales. Y digo en apariencia porque el personaje de Justin Theroux (con su cuerpazo tatuado incluido) terminaba convertido en uno de los hombres más fascinantes y complejos que ha dado la televisión: roto por dentro e incapaz de salir a flote en ninguna faceta pese a no haber perdido a nadie cercano en la llamada marcha repentina (The Sudden Departure) del 14 de octubre de 2011; un hombre a punto de explotar y que no es consciente del potencial que esconde. A su lado y en aparente contraposición, Nora Durst, la mujer que perdió a toda su familia, la mujer que parece haber tenido que soportar todo tipo de desgracias y fracasos a lo largo de su vida y que aún no sabe el sufrimiento que está por llegar. Resulta imposible no resaltar el trabajo de su actriz Carrie Coon, todo un descubrimiento que no ha hecho más que demostrar su potencial temporada tras temporada, capítulo a capítulo hasta llegar a ese desenlace que lleva por título su personaje, The Book of Nora, y que nos ha emocionado en todo momento ante las adversidades que ha soportado.

Puede que unos pocos se sientan defraudados con su último capítulo, pero la sensación al final es sólo pasajera. La actriz Amy Brenneman, que interpreta a la mujer de Kevin, Laurie Garvey, ya adelantó en una entrevista que el final de la serie no decepcionaría como Lost, pues Lindelof en ese sentido había aprendido de sobras de sus errores. Porque de nuevo, aquí su creador sí había conseguido que no importaran las respuestas; primaban los sentimientos y emociones por encima de todo, y los misterios sólo servían para transportarnos a un torrente de emociones que alcanzaron cotas inimaginables en algunos capítulos. Para la historia quedan sin lugar a dudas el 2×08 – International Assassin, y el 3×07 – The Most Powerful Man in the World (and His Identical Twin Brother). Cualquiera conserva ya en su retina esos grandísimos episodios donde el imposible se hace realidad y nos transporta a algo nunca antes visto en pantalla. Y nunca antes ha sonado igual el famoso Coro de los esclavos de la obra Nabucco. El fragmento “Va pensiero” de la ópera de Verdi alcanza una relevancia nunca antes vista, sus acordes y sus voces nos sitúan en otro estado, y todo fluye sin que lleguemos a darnos cuenta. Pero hablar de música no es sólo hablar de la selección de temas de sus creadores; es sin dudas hablar de la otra gran baza de esta serie y que la convierte en icono ineludible: las partituras compuestas por Max Richter en la serie. Su nombre ya es imposible de olvidar y disociar de ese mundo musical tan distinto a lo que estamos habituados. Sea con un violín o con un piano, Richter ha compuesto una banda sonora irrepetible, de la que seguro en el futuro también veremos a muchos autores aprender, pues rompe esquemas y ayuda a crear esos clímax de emociones donde nada sería lo mismo sin sus partituras.

The Leftovers se ha terminado, sus audiencias han sido mínimas desde que pasaron los primeros capítulos de la primera temporada. Pero HBO se arriesgó a continuarla y a darle una conclusión con un cierre digno pese a perder dinero. Como dijo el gran crítico Toni de la Torre, The Leftovers siguió adelante porque aunque su público era muy escaso, era de los más fieles. Y esa fidelidad ha tenido su recompensa con creces.  Y quiero de nuevo pensar que el tiempo le hará justicia. Que merece la pena emprender el viaje emocional que supone cada capítulo y cada temporada aunque al principio no convenza. HBO volvió a hacer historia con un producto en apariencia modesto, pero que esconde un gran tesoro pese a sus imperfecciones. Sólo por el simple milagro de haber existido en la televisión en el panorama actual ya merece ser vista. Pocas series revolucionaron tanto sin ser tan poco vistas.

Al Swearengen

Al Swearengen

Tengo la sensación que bueno y malo son palabras demasiado extremas que usamos a la ligera. No creo que la vida y la mayoría de cosas y personas en este mundo puedan ser expresadas en términos tan absolutos. Ni siquiera estoy seguro de si se pueden aplicar al arte, y menos aún al cine.
Al Swearengen

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