Tenemos que Hablar: ¿Qué le ha pasado a David Serrano, y por qué ha dirigido esta cosa?

¿Qué puede haber peor que una comedia que no consigue hacer reír al público durante 90 minutos que se hacen tan tediosos, adormecedores y faltos de ritmo? Que tú ocupes una de las butacas de la sala donde se proyecta y que su respaldo no sea lo suficientemente cómodo para echar una cabezada, o que los asientos contiguos estén ocupados y no puedas meterle una ojeada al whatsapp sin molestar al que está sentado a tu lado.

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El aburrimiento se transforma a veces en un arma biológica de efectos altamente tóxicos y puede resultar letal si se combina con unos niveles tan elevados de dejadez creativa como los que ya arrastra David Serrano en la que es sólo su cuarta película como realizador -aún no hablamos de un director tan consciente de su propio agotamiento como Emilio Martínez Lázaro, por ejemplo-.

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El autor se deja comer terreno en su medio primigenio, el guión, por Diego San José (Ocho Apellidos Vascos y su secuela) con una lógica argumental inexistente y superflua propia de las peores sitcoms estadounidenses: Hace más de dos años que Nuria rompió su relación con Jorge, y tras un accidente casero de éste ella piensa que ha intentado suicidarse. Por alguna razón que se me escapa ella decide fingir que su vida ha ido a peor desde que se separaron y hace todo lo posible para hacerle creer que sus padres son más felices gracias a que dejaron de verse… ¿Me explica alguien el sentido de todo esto?

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Este guirigay vodevilesco recuerda más a otras comedias románticas chapuceras con el sello de Nacho G. Velilla y Miguel Ángel Lamata -y a las que se ve venir desde la primera línea de diálogo- que a la agilidad narrativa, el costumbrismo de barrio y los personajes casi azconianos que conocí en los primeros trabajos de David Serrano tras la cámara, Días de Fútbol (2003) y Días de Cine (2007).

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Me viene a la mente una entrevista de hace algunos años a Steven Spielberg en la que reconocía abiertamente el principal error de 1941: «Cuando estás haciendo una comedia y nadie se ríe durante el rodaje, es que algo no funciona bien». Aquí ocurre tres cuartos de lo mismo. Oscar Ladoire y Verónica Forqué pululan como fantasmas esperando a que sus escenas se acaben rápido, cobrar lo suyo y largarse.

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Hugo Silva y Michelle Jenner hacen lo que pueden, que no es mucho, y da la impresión de que ni sus propios personajes saben lo que quieren o por qué se comportan de esa manera mientras Ernesto Sevilla se da de morros contra la pared intentado ser como Bill Murray en Tootsie. Pero Ernesto Sevilla no sólo no es Bill Murray sino que no sabe actuar, es un manojo de nervios que habla a toda prisa y suelta sus frases de carrerilla como si estuviese pasando por algún tipo de examen oral.

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Si tengo que aferrarme a un clavo ardiendo y sacar algo positivo de esta tontería fallida podría admitir al menos que Belén Cuesta tira nuevamente de oficio y consigue salvar un par de escenas igual que en 8 Apellidos Catalanes.

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No vale la pena despilfarrar 6 euros en una entrada de cine para ver esta pamplina, y mucho menos malgastar en ella casi dos horas de tu tiempo libre.

Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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