Beetlejuice: El fantasma de los fantasmas
Dic03

Beetlejuice: El fantasma de los fantasmas

Hubo una época en que, aunque hoy cueste imaginarlo, viéndole atrapado en la dependencia autorreferencial hacia su propio mito y volcado en un cine de acento marcadamente comercial que abusa del adorno digital, Tim Burton aún era un niño adulto con vocación de convertirse en el raro de la clase y crear fantasías góticas terroríficamente divertidas, una de las cuales, tras sus experiencias dentro de los cortometrajes animados, condensó en imagen real todos los logros de sus anteriores trabajos. El segundo largometraje de un aún desconocido Tim Burton transformó la estética siniestra y fantasmagórica en su hoja de ruta para forjar una nueva modalidad de humor gráfico exportable al largometraje fantástico. Así nació Beetlejuice, que aquí en España se rebautizó de forma simplificada como Bitelchús. Bitelchús es la piedra angular sobre la que el universo burtoniano comenzó a cimentarse en la pantalla grande -tras la lúdica Pee Wee’s Big Adventure rodada al servicio del extraño cómico Paul Reubens– y es una demostración digna de impartirse en clases de cine sobre cómo es factible juntar en un solo relato la oscuridad de la literatura de Poe, la retorcida perversión de H. P. Lovecraft y el surrealismo desenfadado, alegre y excesivo de unos secundarios recargados y extravagantes de los que incluso emana un cierto aroma Felliniano -atentos a los miembros de la familia Deetz, su elitista círculo de amigos y muy especialmente Otho, interpretado por el desaparecido Glenn Shadix-. El mundo de los muertos en el que se aventura el difunto matrimonio Maitland -formado por Alec Baldwin y Geena Davis– tras la muerte accidental que les convierte en fantasmas atrapados en su propia casa, es una amalgama fascinante y variopinta de guiños a los escenarios arenosos y oníricos de la pintura de Salvador Dalí recreados mediante un inframundo desértico habitado por gigantescas serpientes, y un surrealista diseño de producción que ilustra el más allá como unas oficinas burocráticas de funcionarios difuntos que deambulan entre formas cubistas y amorfas inspiradas por el expresionismo de los decorados pintados a mano por Hermann Warm, Walter Röhrig y Walter Reimann para El Gabinete del Dr Caligari (Robert Wiene, 1920). El otro mundo, un lugar repleto de oficinas ocupadas por funcionarios y burócratas… … y desiertos donde habitan las Serpientes de Arena. Muchas veces he caído en  la tentación de observar la obra de Tim Burton -el de los años 80 y 90, cuando aún no rodaba sus películas con piloto automático- como la bifurcación hacia un público más generalista de la excentricidad de Terry Gilliam. Hay algo que todavía hoy acerca al director de Eduardo Manostijeras y Ed Wood a la órbita del ex Monthy Phyton, y es esa...

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Batman: de las estrellas a estrellado
Mar18

Batman: de las estrellas a estrellado

Para esta entrada no se han tenido en cuenta la película de 1966, las adaptaciones animadas ni la trilogía de Christopher Nolan.  Tras el éxito cosechado en el primer año de vida de Superman, la editorial americana DC Comics, conocida por aquel entonces como National Allied Publications, estaba en busca del próximo gran bombazo. Dos jóvenes autores, Bill Finger y Bob Kane, consiguieron crear la que sería la nueva gallina de los huevos de oro: The Bat-Man, un luchador de la justicia que ofrecía un tono más oscuro y “terrenal” en comparación con las aventuras del hombre de acero, y que bebía de títulos pulp de la talla de The Shadow, Doc Savage y Dick Tracy, personajes clásicos como Sherlock Holmes y las películas La marca del Zorro y El murciélago susurra, sin olvidarnos de Leonardo Da Vinci, siendo sus bocetos del ornitóptero los que sirvieron como molde para el diseño de la famosa capa. El Hombre Murciélago vio la luz en el extraordinario número 27 de la línea Detective Comics (línea cuyas iniciales tomarían en el momento de renombrar la editorial), que se convirtió en un auténtico fenómeno de masas y donde se asentaron algunas de las bases del superhéroe que lo siguen acompañando hoy en día. Como ya hiciéramos con Superman, la pronta llegada de Batman v Superman a nuestras salas nos da, como no podía ser de otra forma, la excusa perfecta para echar un vistazo a las adaptaciones más importantes del Hombre Murciélago a la gran pantalla, así como el proceso que creativo detrás de ellas. Era Michael Keaton: 40 años después de sus primeras aventuras en viñeta, Michal Unslan y Benjamin Melniker se hicieron con los derechos del personaje con la intención de llevar a cabo una película. Los productores querían realizar un largometraje oscuro y adulto, alejándose así de la archiconocida serie de los años 60 para acercarse al material original creado por Finger y Kane. Desafortunadamente para ellos, la gran mayoría de estudios estaban interesados en sacar adelante el proyecto siempre que su tono fuese similar al ya visto con Adam West y compañía; tras numerosas respuestas negativas al final consiguieron encontrar el sitio adecuado bajo la torre de Warner Bros, que el año anterior había lanzado con éxito la carrera cinematográfica de Superman. A pesar de esta pequeña gran victoria de los productores, las cosas no fueron tan fáciles como creían: Unslan y Melniker no consiguieron presentar un proyecto en firme hasta 1983. Tom Mankiewicz, que había trabajado como guionista junto a Richard Donner en Superman: La Película, fue el encargado de realizar una primera versión de un guión que presentaba a Bruce Wayne acompañado de...

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Spotlight: la fuerza del periodismo sin ataduras
Ene23

Spotlight: la fuerza del periodismo sin ataduras

Spotlight es una de esas películas en las que la importancia de su contenido o temática se sobreponen a las formas. Un poco al estilo de Costa-Gavras, uno de los cineastas por antonomasia del cine crítico, de denuncia social y política. La película, basada en hechos reales, nos plasma un periodismo comprometido por sacar a la luz la verdad, y sin ninguna atadura, ya sea ideológica, empresarial o estatal, para destapar los escándalos que azotan a nuestra sociedad. El verdadero periodismo independiente necesario, que por desgracia escasea cada vez más. En el 2006, Amy Berg realizó un documental, Líbranos del mal (Deliver Us From Evil), sobre los escándalos sexuales de la Iglesia Católica en Estados Unidos, descubriendo que la jerarquía de la Iglesia urdió un elaborado plan para enmascarar sus delitos y desacreditar a sus acusadores mientras trasladaban al padre O’Grady de parroquia en parroquia, y fue nominado al Oscar a mejor documental. Spotlight se centra en la misma temática, pero en forma de drama periodístico, siguiendo a un equipo de reporteros del Boston Globe, que destapó los escándalos de pederastia cometidos durante décadas por los curas de Massachussets. Y de hecho, ganaron un Premio Pulitzer gracias a su enorme labor de investigación y cuantiosos reportajes. El reparto de actores que da vida a los personajes lo encabezan Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery y Stanley Tucci, y hay que decir que sus magníficas interpretaciones son uno de los puntos fuertes del film. Durante la película, sale a colación el tema de los centros de tratamiento de la Iglesia Católica, en los cuales dicha institución separa e interna temporalmente a algunos curas pederastras que han sido descubiertos, bajo supuesta baja médica normalmente. Por ello resulta imposible no recomendar visionar también, a modo complementario con la dura temática en cuestión, la última película de Pablo Larraín: El Club, una de las mejores películas del 2015, que se centra precisamente en uno de estos peculiares centros. Volviendo a Spotlight, cabe destacar por otro lado su preciso guión: una construcción de la historia de forma sencilla pero efectiva, que logra mantener en todo momento la intensidad. La historia está contada con una muy buena narrativa, llena de ritmo y suspense, y que logra que un tema duro pero importante como el que trata resulte absorbente. Hay una frase en la película de gran importancia, que quiero destacar: Si educar a un niño es un esfuerzo colectivo, abusar de él también lo es. La Iglesia Católica es una institución que maneja el tiempo en siglos, y que por desgracia, hoy en día sigue teniendo un enorme poder en muchos Estados, llegando a poder interferir incluso en los organismos estatales. Su poder de...

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Birdman: Truth or Dare?
Ene14

Birdman: Truth or Dare?

A una gran película le pido que tenga fuerza, que arremeta con empuje desde el primer minuto, que me agarre con ímpetu y no me suelte. Que me envuelva y me sacuda, que me atrape en sus entrañas y no me haga pensar en otra cosa. Ha de ser magnética, ha de ser vibrante, ha de ser intensa, sea cual sea su género o estilo cuando veo una gran película vivo en ella, no hay fuera nada más que pueda interesarme. Birdman es un huracán. Su falso plano secuencia no es más que un detalle, una excusa –de una complejidad técnica apabullante– para una narración sin descansos, sin puntos muertos. Su ritmo es perfecto, nada se alarga más de lo que debe durar, nada es demasiado corto. Es un torbellino medido al detalle, cuidado con mimo. El viaje aéreo será placentero, no hay arritmia, no será un vuelo brusco, aquí no hay turbulencias. Y pese a su inmejorable apartado técnico –maravillosa la fotografía de Lubezki una vez más– e interpretativo –inmenso Michael Keaton que se come la pantalla, fantásticos todos y cada uno de los secundarios–, la valentía de su forma y su equilibradísimo –pese a lo frenético– ritmo, es su agridulce relato el que la coloca, a juicio del que escribe, como una de las mejores películas de los últimos años. Cada momento particular que captura esa cámara que recorre los laberínticos pasillos del teatro sin detenerse es una pieza única e imprescindible. Hay algo que no le pido nunca a una gran película, porque no todas son igual de capaces de ofrecérmelo, y es que consiga emocionarme. Una gran película puede serlo si con la fuerza suficiente me agita hasta la fascinación. Birdman es una gran película pero, además, está tocada con el don del encanto. Ese don con el que parece estar tocado todo el cine de Wilder, y el de Lubitsch, y el de Frank Capra, entre otros. Y cuando algo así ocurre es difícil resistirse y no conectar de alguna forma con esa chica que se sienta al borde de la azotea esperando que algo cambie, el padre que se resiste a considerarse fracasado pese a que lo que nace de sus manos no es sino una pequeña versión de sí mismo, un pequeño fracaso, o ese actor que sólo actúa cuando está fuera del escenario y que, si pudiera, miraría al mundo con los ojos con los que lo hacía antaño. Cada pequeño carácter está lleno de vida. En definitiva, el espectáculo visual es asombroso, el atrevimiento formal es admirable, su constante homenaje al cine –a veces con citas visuales y narrativas directas–...

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