Crítica ‘Bone Tomahawk’ (2015): un western terrorífico
Jul23

Crítica ‘Bone Tomahawk’ (2015): un western terrorífico

Desde la primera escena, “Bone Tomahawk” (2015) exhibe sus credenciales sobre lo que mostrará en sus más de dos horas duración: decapitaciones, cabelleras arrancadas, mutilaciones y un sinfín de aberraciones que una tribu de fornidos indios (o ‘super-indios’) son capaces de hacer en el salvaje Oeste. Este sorprendente largometraje es una combinación de diversos subgéneros como el western clásico, el gore, el horror survival y la comedia sutil. Todos aunados en perfecta sintonía para conseguir un equilibrio total en la narración de su discurso. Su director y guionista, S. Craig Zahler, cuenta la historia de una búsqueda que llevan a cabo cuatro valientes hombres a dos de sus habitantes del pueblo de Bright Hope, capturados por unos indios salvajes y caníbales que habitan en una tierra conocida con el nombre de ‘El Valle de los Hombres Hambrientos’. Con tintes de western clásico -la topología, el vestuario y la escenografía guardan más similitudes con los largometrajes de John Ford o Howard Hawks del período clásico que con el western crepuscular surgido a principios de los años sesenta-, pero sobre todo por haber incorporado los arquetipos más representativos de dicho subgénero, encarnados en esta película por los cuatro personajes principales: el Sheriff Hunt (Kurt Russell), encargado de hacer prevalecer la ley, reflexivo en sus decisiones y siempre preocupado por la seguridad de sus habitantes. Al estilo de Gary Cooper en “Solo ante el peligro” (High Noon, 1952). ‘Chicory’ (Richard Jenkins), que desempeña la función de ayudante del sheriff y bufón del pueblo. Añade al relato unos toques de humor como haría Walter Brennan en “Río Bravo” (1959). John Brooder (Mathew Fox), un hombre individualista, vanidoso y mujeriego que se une a la expedición por honor y venganza. Su gran manejo de las armas recuerda al personaje interpretado por James Coburn en “Los siete magníficos” (The Magnificent Seven, 1960). Y Arthur O’Dwyer (Patrick Wilson), lisiado de una pierna, luchará hasta el final por rescatar a su esposa con vida. Al igual que haría John Wayne por su sobrina en “Centauros del desierto” (The Searchers, 1956). Sin embargo, no todo son conexiones y referencias de “Bone Tomahawk” con el western clásico. Este largometraje muestra una violencia explícita que puede resultar algo desagradable y repulsiva para cierta clase de espectadores, además de inusual, en un género que está poco o nada acostumbrado a presenciar estos encuentros extremadamente violentos (debido a la censura del Código Hays que prohibía mostrar los detalles de asesinatos y escenas sexuales en las obras producidas entre 1934 y 1967 en EE.UU.). Por otra parte, estos ‘super-indios’ son una tribu de indígenas trogloditas, totalmente desconocidos en este tipo de historias, que pueden...

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Golpe en la pequeña China: Yo para ser feliz quiero un camión
Ago29

Golpe en la pequeña China: Yo para ser feliz quiero un camión

Hay una máxima que jamás falla en el cine de acción moderno, aunque me tomo ciertas licencias al considerar moderna una película de hace 30 años, así que llamémosla contemporánea. Si lo que de verdad buscas es vivir una gran aventura, escoge al tipo menos indicado para dar el pego como héroe -tal vez un gañán sin educación ni modales al que nunca presentarías en sociedad- y mételo en el lugar equivocado, en el momento menos oportuno, hasta que la arme gorda o se monte el guirigay. La única explicación para que me guste una comedia de acción tan peculiar como Golpe en la Pequeña China responde tanto a su condición confesa de broma ochentera -hay pocas películas que sean tan hijas de su época- como a la imperiosa necesidad que el director de Halloween y La Cosa pudo sentir a mediados de esa década de pasárselo bien haciéndoselo pasar bien a los demás, delegando el guión mas zumbón que jamás haya filmado en Gary Goldman y David Weinstein, sin dejar más recovecos para el terror que la grimosa -y alucinante- caracterización de James Hong como el hechicero Lo Pan, un villano con más sombra de ojos que Michael Knight maquillándose para salir en Nochevieja y unas garras extralargas que harían que José Mojica Marins parezca recién salido de la manicura. Jack Burton (Kurt Russell) es un camionero buscavidas que, tras ganar una apuesta en el barrio de Chinatown, acompañará a su viejo amigo Wang (Dennis Dun) hasta el aeropuerto para recoger a su prometida Miao Yin (Suzee Pai). Por el camino, Jack , Wang y la periodista Gracie Law (Kim Cattrall) se toparán accidentalmente con una batalla campal entre clanes rivales y unos seres sobrenaturales que podría desencadenar el fin del mundo. Golpe en la Pequeña China (1986, John Carpenter) es una parada obligatoria para los fans del Kurt Russell más autoparódico y entregado -tenía fiebre durante el rodaje, motivo de su constante sudor-, los mismos que creen que Kim Cattrall molaba mucho más en la trilogía freak-ochentera integrada por ésta, Porky’s (1982, Bob Clark) y Loca Academia de Policia (1984, Hugh Wilson) que en aquel peñazo televisivo sobre unas pijas neoyorkinas de finales de los 90, para los amantes del folklore fantástico y las historias chinas de fantasmas -a poder ser producidas por Tsui Hark– trufadas de peleas sin sentido entre guerreros espectrales que lanzan rayos por los dedos y se hinchan como un pez globo antes de explotar, y para aquellos a los que todavía les hace ilusión abrir una galletita de la fortuna sólo para leer lo que pone dentro. Porque Golpe en la Pequeña...

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Guardianes de la galaxia Vol. 2: Guía marvelita del autoestopista galáctico
May08

Guardianes de la galaxia Vol. 2: Guía marvelita del autoestopista galáctico

A James Gunn le basta con los diez primeros minutos en su segundo volumen de farras galácticas para demostrar que el resto del universo cinemático marvel se la trae al pairo. Lo suyo es recuperar la esencia más pura de los seriales clásicos de Flash Gordon y Buck Rogers, lavarles la cara, hipervitaminarlos con todos los recursos digitales de los que dispone la todopoderosa maquinaria Disney, y traerlos de vuelta al siglo XXI con un par de regalos extra para los gourmets más freaks: jamás habrías pensado que Michael Knight, Pacman y la música de Sam Cooke pudiesen convivir dentro de una misma película. Chris Pratt y Dave Bautista vuelven a unir fuerzas. Más allá del incuestionable poder nostálgico de Guardianes de la Galaxia Vol. 2, nunca había visto a nadie que supiese renovar el concepto de la space opera más desenfadada con una convicción tan rotunda como la de James Gunn, no al menos desde los tiempos en que Nicholas Meyer estrenó, hace ya veinticinco años, Star Trek VI: Aquel país desconocido o, con algo menos de solidez, en la franquicia marvelita de Thor y los últimos episodios de la saga trekkie producidos por J. J. Abrams. ¡El equipo vuelve a la carga! Peter Quill ‘Starlord’ (Chris Pratt), Gamora (Zoe Saldana), Drax (Dave Bautista), el mapache Rocket (Bradley Cooper) y Baby Groot (Vin Diesel) se han convertido en una familia, y sobreviven como un grupo de mercenarios espaciales, exterminando bichos y realizando trabajos sucios por toda la galaxia. Cuando una especie de deidad galáctica denominada sutilmente Ego (Kurt Russell) afirma ser el padre de Starlord, todo cambiará para Quill y su grupo. Kurt Russell es Ego, un planeta con aspecto humano, y padre de Starlord Lo que distingue a cada nueva entrega de Guardianes de la Galaxia del resto de las producciones de Marvel Studios es que sus historias funcionan por sí solas, y no parecen simples precuelas o capítulos de anticipo para una próxima aventura de Los Vengadores, sino que incluso superan a la franquicia fundada por Joss Whedon en cuotas de vitalidad pulp, un incontestable poderío visual y su delicioso sentido de la diversión. Vin Diesel presta su voz y sus movimientos a Baby Groot Aunque ese mismo espíritu desenfadado y gamberro no debería extrañarme, teniendo en cuenta que James Gunn procede del último reducto de la galaxia donde el cine fantástico todavía no entiende de prejuicios: la inmortal e imperecedera Troma Entertainment. Los Guardianes de la Galaxia volverán en ‘Avengers: Infinity Wars’...

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Los Odiosos Ocho: Si Tarantino es una religión, yo me declaro ateo
Ene18

Los Odiosos Ocho: Si Tarantino es una religión, yo me declaro ateo

¿Qué rumbo debe tomar un cineasta cuando su obra se queda huérfana del guionista que convirtió sus dos primeras películas en iconos de la cultura contemporánea? Tras finiquitar su relación profesional con el guionista Roger Avary, y con la salvedad de la estimulante Jackie Brown (1997) -de cuya novela original Rum Punch, de Elmore Leonard, extrajo prácticamente todos los diálogos, palabra por palabra-, Quentin Tarantino ha suplido de manera efectista sus carencias como escritor echando mano de un fluido olfato para la puesta en escena y un carro de tics narrativos por los que sus adeptos babean y pierden el culo. El peor de ellos basar la totalidad de sus metrajes en una imitación continua de referencias estilísticas y visuales al pulso narrativo de otros genios -a genios de verdad, me refiero- apretujados en dos horas y media de sucedáneos afines a cada género, desde la resurrección de la musa de la blacksploitation Pam Grier, a los spaghettis de Sergio Leone y Sergio Corbucci, la traslación de la fórmula del cine bélico transalpino de Enzo Castellari y Antonio Margheritti en Malditos Bastardos (2009) o el plagio indisimulado en Kill Bill (2003) a Lady SnowBlood (Toshiya Fujita, 1973) de la que llegó incluso a reproducir fragmentos de la banda sonora original. Actualmente uno de ellos es un genio relegado a la escritura de proyectos mediocres que nadie recordará dentro de 30 años… Actualmente uno de ellos es un realizador mediocre y al que nadie recordará dentro de 30 años, pero que la prensa especializada y los Hermanos Weinstein han elevado a la categoría de genio… Pero el más aventajado imitador de Sergio Leone y Sam Peckinpah ha evolucionado como corresponde a todo buen contador de historias, y ese salto cualitativo se traduce a nivel creativo al estirar su espíritu de saqueador cinéfilo sobre el legado de una raza de personajes indómitos y vengativos extraídos directamente de los westerns de Don Siegel. No obstante hay que dirimir un palpable matiz al distinguir entre el uso de la violencia como complemento ornamental a una base dramática previamente construida como la del realizador de La Ciudad sin Ley (1969) y El último Pistolero (1976) y convertir la hemoglobina en un vulgar reclamo de feria para llamar la atención de modernos adoradores de este ídolo de barro. “La mayoría de mis películas son muy violentas, sí, pero lo que yo quiero es que la violencia sea esencial en la narración de la historia. No me gusta la violencia por la violencia: eso no lo llevo nada bien. Muchas películas se recrean en ella con cualquier excusa. Me parece de muy mal gusto y muy pobre como...

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