T2 Trainspotting: “Haz lo del capó, Ewan, que esto saldrá en el tráiler” (**1/2)

Hubo motivo para la esperanza cuando se abrió la veda y soltaron el cargamento promocional: el regreso de los cuatro actores originales, una nueva cooperación entre el director y el guionista de antaño y la reconciliación definitiva entre el hoy consagrado Ewan McGregor y un Danny Boyle que hasta ahora nunca ha parecido encontrar su lugar en el siglo XXI. Una de mis películas favoritas (y la de toda una generación de adolescentes a quienes nos impactó al mismo tiempo que El club de la lucha, Pulp Fiction o La naranja mecánica) resucitaría con todas las papeletas para pasar a la memoria como una digna heredera, que no (jamás) comparable a la obra maestra que contribuyó con mucho a configurar el cine de los 90, que, pese a quien el pese, ya puede considerarse oficialmente como nostálgico.

Pero, al rasgar la venda del hype que nos cegaba a casi todos de la emoción, se empezaron a adivinar desde el principio algunas señales de mal agüero: desde el tráiler (como, por otra parte, no podía ser distinto) se volcaba abusivamente en los guiños del pasado que elevaron el mito, pasando por las tibias críticas de prensa y acabando por algo tan anecdótico y estúpido como pasear por la calle el día anterior al pase y ver que en el cartel salen los protagonistas a todo color, en vez de en el llamativo blanco y negro mezclados con naranja, paleta que siempre quedará asociada a las legendarias desventuras de los desencantados yonkis al fondo de la alfombra, en el baño más sucio de Escocia, viendo correr trenes por sus venas.

Por algún rato, la nueva película parecía aterrizar de pie en 2017. Empecé con los pelos como para tallar madera, presenciando fragmentos de una secuela cartografiada directamente de las cabezas de los fans. Mark Renton (McGregor) vuelve a un Edimburgo gentrificado, extraño, para arrancar la reunión de viejos amigos que todo el mundo podría y debía esperarse. Sick Boy (Lee Miller) es un chantajista de poca monta, Spud (Bremner, que esta vez se hace con el espectáculo) no ha superado el caballo y Begbie (Carlysle) necesita un billete de vuelta al mundo real tras veinte años en el trullo. Hay viejos y nuevos conflictos: la película se amarra a lo conocido, al estilo que hoy atrapa menos, con la salvedad de que en ocasiones le debe más al Sherlock Holmes digital de Moffat que a la antigua gloria juvenil. Evidentemente, no hay que ser tan ingenuos como para pensar que las mismas cosas que funcionaron en 1996 iban a ser admisibles en la era de los filtros de Snapchat (y la mención aquí no es gratuita).

La adultez debía llegar, pero la película no parece querer soltar el lastre de la dependencia. Y esto le pasa mucha factura: prácticamente todos los momentos que nos remiten al pasado no acaban de llevarse bien con el nuevo contexto. La actualización del archiconocido discurso de “Choose life” pretende ser un espontáneo estallido contra las nuevas lacras de este siglo, pero esta vez no es más que una diatriba anecdótica sin más trascendencia que la que le otorguemos en nuestras redes sociales en las que criticamos los smartphones utilizando smartphones. La repetición del “momento del capó” aparece en un contexto forzado, a huevo para insertar en el tráiler y listo para los gifs comparativos nostálgicos.

Prueba A/Prueba B

Sin ser una película de momentos, son algunas guindas sueltas las que hacen recuperar la esperanza (las tres escenas de los reencuentros de Renton con sus respectivos colegas son todas antológicas). Tanto es así que es posible no advertir que poco a poco la secuela perfecta se va convirtiendo en otra cosa. Me cuesta fijar el punto en el que T2: Trainspotting comienza a irse al garete. Hay una divertida escena en un bar de orangistas que se resuelve de una manera un poco hollywoodiense, pero no es ahí donde empiezan los problemas. Cuando me preguntaba qué película estaba viendo en realidad, habría sobrepasado seguramente la marca de la hora y media. Tristemente, la secuela-homenaje estaba deteriorándose y transformándose en un thriller mediocre, inverosímil, olvidable. Pero, por encima de todo, imperdonable.

Y ya cuando, después de todas estas cosas, Boyle nos devuelve definitivamente a tiempos mejores clausurando su show con una versión de la recordada Lust For Life a cargo de The Prodigy, no parece tanto la estrella que necesariamente debe coronar el árbol, sino más bien una mofa impertinente hacia todos los fanáticos que entraron a ver Trainspotting y alguno que otro contemplará los créditos finales preguntándose por qué se les ha tocado tanto la moral y se han sentido como si nos hubieran puesto los cuernos.

Id a verla; no os la desaconsejo (a pesar de lo arriba expuesto, es solamente la crónica de mi experiencia individual e intransferible). Pero vedla bajo vuestro propio riesgo y midiendo lo que como entusiastas de la original seáis capaces de tolerar. No abandonéis toda esperanza, pero tened presente que estamos asistiendo desde hace bastante al crecimiento de una nueva cepa en la pandemia de secuelas, remakes, reboots y refritos. Y ese tren no tiene pinta de parar en el futuro cercano. ¿Qué esperabais?

NOTA: **1/2 de 5

Sergi Monfort

Sergi Monfort

Cinéfilo, cineasta amateur, a veces incluso juego a ser periodista. Veo películas si la universidad me deja tiempo y me quejo mucho de mis cortos. Mi mayor fan es mi madre. La gente quiere de eso que fumo, pero es que yo también.
Sergi Monfort

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