Star Wars VII: La cocina pseudo-italiana y Jota Jota (**1/2)

Llegado un punto, yo ya estaba hasta las narices de El despertar de la fuerza bastante antes de ir a verla. Jamás planeé asistir el día del estreno, en parte porque los baños de multitudes rugientes y aplaudientes habrían mermado mi experiencia en vez de atraerme hacia ella, puesto que jamás he sido fan de la saga… y la parte conspiranoica de mí auguraba telediarios apresurados informando de un atentado terrorista que se lleva a cientos de frikis en un evento multitudinario en el Kinépolis de Madrid, a huevito para quienes quieren granjearse otro tipo de publicidad (poquita broma con esto). Total, que mi intención original era depositar mi papeleta el 20-D y luego marchar a mi centro comercial habitual a tomar parte de la experiencia con un baño menos salpicado de multitudes y más o menos a tiempo para esquivar los spoilers. En fin, pero ahí estaban previamente las simpáticas cabecitas temáticas que colmaban los rincones de la capital, otros productos llevando la marca Star Wars, un evento en la Plaza del Callao, diez millones de teaser-trailer-spot-avance-sneakpeek-cansinoides con imágenes exclusivas de la versión indonesia, una app de Spotify que te decía qué personaje de la saga eras según la forma de tu hez (o algo así), incluso filtros de Facebook que te ponían una espada láser en todo el jeto (yo diseñé mi versión particular)… Aunque me hubiera encerrado en una caja acorazada en mitad de un bosque perdido en el centro de una isla desconocida y hundida en el mar, la condenada publicidad de El despertar de la fuerza habría encontrado una manera de llegar hasta mí. Llegado un punto, yo ya estaba hasta las narices de El despertar de la fuerza antes de ir a verla.

Pero, al fin y al cabo, fui a verla. Para alguien cuyo mundo no habría dejado de girar aunque George Lucas hubiera decidido meterse a monje, tanta parafernalia publicitaria para una película como esta es algo así como si me hubiesen acompañado cabalgatas, fanfarrias y comparsas para ir a comer al Domino’s Pizza. Puede que se sitúe en una galaxia muy, muy lejana, pero está muy, muy lejos de ser algo de otro mundo.

Nuestro rancio favorito ya dijo que comprendía a aquellos fieles seguidores cuyos ojos se empañarían con cada fotograma, pero que no compartía su entusiasmo. Puedo suscribir su opinión. Dejemos que los verdaderos apasionados sean felices, pero yo simplemente he ido a pasármelo bien. A pesar del efecto negativo del hype sobre mí, desperté al chiquillo emocionado que aprisiono en mi interior cuando rompió la primera nota musical que acompañaba al archiconocido logotipo que se alejaba hacia el cosmos para dejar lugar a los títulos más famosos del mundo, difíciles de leer e imposibles de no amar. Poco a poco, me fui convenciendo. Esto ya no es la plomiza segunda trilogía, esto es el rollo auténtico, la vieja escuela, la buena mierda. La aventura, la adrenalina, el cerebro en casa pero el corazón a flor de piel. Cine puro de entretenimiento.

J.J. Abrams se debe de haber convertido en el nuevo Mesías de los frikis. Resucita el universo trekkie sin que le quemen el coche y ahora consigue contentar al exigente fandom que habría pedido la cabeza de George Lucas tras esa apocalíptica decepción llamada La amenaza fantasma (pero no tan definitivamente mala como El ataque de los clones, fácilmente una de las películas más decepcionantes de la historia del cine). Como he escuchado decir, es eso exactamente lo que se ha limitado a hacer: escuchar a los fans, olvidarse de Jar Jar, escribirse un manual de cómo no pasarse de la raya, estudiárselo y a rodar. Todo es mecánico, en el sentido de que está en su lugar correcto en el momento correcto. Quizá el esquema es demasiado transparente. El sentido de la oportunidad es asombroso: la introducción de los personajes y su lugar en la historia, las relaciones entre ellos, los momentos clave, el final… todo está donde debe, como debe y en la medida que debe, ni más ni menos. Tanto es así que se vuelve monstruosamente predecible, desde las cosas más pequeñas (silenciar totalmente el audio para un jump scare no es muy innovador… o esa escena en la que sabes que esos misteriosos pasos que se acercan son los de Han y Chewie) hasta importantísimos puntos de la trama, a los que les faltan descarados carteles luminosos para anunciarse a todo trapo justo antes de ocurrir (el desenlace del cara a cara que estáis pensando quienes la habéis visto).

En general, es un acierto. Me es imposible incluso sugerir que es mala. Lleva detrás una alargada sombra, la responsabilidad de estar a la altura de su celebérrima marca y de hacerle justicia, algo que consigue con creces (no como el pobre Kylo Ren, que jamás logra ser ni un resquicio de lo que fue Darth Vader). Los buenos son buenos. Los malos podrían ser mejores. Me llama la atención sobre todo cómo el protagonista masculino es más bien la comparsa de la protagonista femenina y no al revés. No solamente esto, sino que en esta ocasión no se invierten los roles de género (la mujer no adopta actitudes masculinas ni viceversa), sino que se respetan con las posiciones intercambiadas, lo cual es mucho más interesante. Pero no se me ocurre ninguna escena que pudiera estar entre las mejores de la saga, no hay ningún momento que me haya hecho especial gracia ni me haya cortado la respiración, no me produce ni frío ni calor.

Todo está escrito y nada es sorprendente. Es una aventura entretenida a la que, de no portar el nombre de uno de los fenómenos culturales más importantes de todos los tiempos, no le daría ni tres semanas en cartelera. Ha sido más histórica la promoción que lo promocionado. Y, válgame Yoda, la promoción ha sido mastodóntica. Y cansina. El producto, justo.

 

NOTA: **1/2 de 5

Sergi Monfort

Sergi Monfort

Haga lo que haga, hago cine en todo lo que hago.

Director, guionista y periodista a tiempo parcial. Consumidor de ficción a tiempo completo. A veces se me ve rodando.

www.sergimonfort.com
Sergi Monfort

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