Sobredosis de Fariña: capítulos 6 y 7

Pocas cosas fracturan tan violentamente la apacibilidad del presente como un pasado mal resuelto o cerrado con la llave equivocada. Esos pasados turbios, de textura viscosa y flemática, suelen derramarse en el momento más inoportuno, más inapropiado y más inconveniente.

Algo así parece haberles sucedido a Manuel Charlín Gama y a su hijo Melchor cuando, la mañana del jueves 11 de Abril, dos encapuchados asaltaron su casa buscando venganza. Venganza como respuesta a ese tiempo inconcluso y agrietado que, apenas horas antes, le veíamos desenterrar en el especial emitido por Antena Tres después del sexto capítulo, donde el patriarca -o vello- se reía de este tipo de ajustes entre clanes. Algo me dice que este último no le hizo tanta gracia.
Hablaba, en ese mismo espacio, minutos después, el siempre disponible Luisiño Nené, haciendo un retrato muy subjetivo, del impacto que el contrabando tuvo en su pueblo -que también es el mío- en el que reconozco una verdad y varias mentiras: las casas de putas estaban llenas, dice, y quienes le conocemos, sabemos que no solo lo asegura, si no que lo atestigua. Menos cierta es esa voluntad reparadora con que ha sofisticado el fin de esa etapa.

La realidad de Fariña empieza a actuar como órgano semi-independiente, reescribiendo los quién, los cuándo y los dónde en clave de guión. Y, como ficción, funciona. El resultado es brillante, puro entretenimiento de estilosa factura y ácido fondo político. Apasionante en su primera parte y frenética en este arranque del último tramo, PERO cae en imprecisiones innecesarias. El personaje de Leticia Charlín (que yo erróneamente confundí con Adelaida, mil y un perdones) y el de su padre José Luís Charlín no se corresponden en absoluto con los originales. El hermano de Manuel Charlín jamás fue el pobre apoucado que vimos en los primeros capítulos. De hecho, a día de hoy, sigue ostentando el discutible honor de haber cumplido la condena más elevada por narcotráfico en España. Su hija Yolanda (Leticia), siempre problemática, fue la causante de varios de los enfrentamientos familiares. Su relación con Daniel Baúlo (Javi Bustelo en la serie) fue muy violenta desde un principio, llegando ella a denunciar en casa varios falsos episodios de violación con la intención de calentar los ánimos hasta que le diesen una paliza. En esa misma línea, después de cientos de idas y venidas, él descubrirá que ella se ve con otra persona y delatará, junto a su padre, el fallecido Manuel Baúlo (del clan de los Caneos de Cambados), a varios Charlines. La respuesta de éstos tampoco se hará esperar demasiado: dos sicarios colombianos mataban a Manuel y dejaban paralítica a Carmen, su mujer, mientras Daniel conseguía huir. En el juicio por este asesinato un policía declaró tener el testimonio de uno de los sicarios confesando que había sido la misma Josefa en persona quien le había entregado las armas.

El perfil de Josefa (Pilar Charlín) sí está dibujado con trazo certero. Acostumbrada a llevar con firmeza la conservera familiar (Charpo, CHARlín POmares) se ganó a pulso varios sobrenombres entre trabajadoras y vecinos, que la conocían como la Soldevilla (La dulce Neus, famosa parricida). Tomó el control del negocio familiar en cuanto su padre fue encarcelado, arrastrando con ella a familiares directos y políticos. De carácter distante y trato autoritario, es, de todos sus hijos, la que más se parece al viejo. Fue también en ese escenario, la fábrica, donde una mañana de principios de los noventa estallaba un artefacto explosivo de similares características a los detonados en la sucursal del Banco de Bilbao donde Laureano gestionaba sus cuentas y en la céntrica zapatería propiedad de Esther Lago. Nunca llegó a esclarecerse del todo el origen de estos incidentes, aunque las dos hipótesis que se barajaban con más fuerza fueron los grupos nacionalistas y las cuentas pendientes con colombianos.
Ese “puede que naciera con cona pero tengo más collóns que mis dos hermanos juntos” describe perfectamente su desmesurado egocentrismo, y ese otro “sabía perfectamente donde se metía” (en alusión al rehén que van a sacrificar y que en otra ocasión fue su propio hermano) su inmisericorde actitud. Después de siete años escondida la detuvieron en Porto con un pasaporte real, de una vecina suya de Vilanova, al que solo le había cambiado la fotografía.
Otro de los que mantuvo siempre un estrecho vínculo con Portugal fue Luís Falcón (Colombo en Fariña). Suya es la famosa frase que suena en el capítulo seis cuando éste va a visitar al secretario del ayuntamiento que firmó un informe en el que evidenciaba la ilegalidad del bingo que pretendía construir con el beneplácito de Rivera Mallo, entonces alcalde de Vilagarcía de Arousa: “¿Sabes cuánto me cuesta traer a un portugués para matarte? Un millón de pesetas. Tú decides si quieres que ese millón sea para ti o para el portugués”.

Sí, era un bingo, señores. El casino estaba en A Toxa y allí sigue.

En 1988 entra en prisión, donde pasará seis largos años, por una importante partida de hachís. Semanas después de este ingreso, víctima de la desconfianza que empezaba a instalarse entre todos los miembros del grupo, decide hablar con la policía, rechazando los servicios como letrado de Vioque (Ventura). Las advertencias, en forma de incendio provocado en su vivienda, el lujoso pazo de O Castriño, no se hacen esperar. Del imponente edificio solo quedó en pie la silueta. En su declaración afirmó que el organizador de esa operación había sido el narcoabogado.

No sería la única vez que Pedro Ventura -qué trabajo más sensacional el de Tito Asorey, válgame Dios- se pusiese a los mandos de la nave. La trama adjudicada a Manuel Charlín en este “1987” le corresponde a él íntegramente. Su papel no se limitó a la autoría intelectual, que va. Fue él quien engañó a los colombianos diciéndoles que la mercancía se había extraviado y fue a él a quien buscaron cuando vieron en las noticias las imágenes de la droga incautada con su marca personal. Cuando quisieron encontrarse con él en Benavente para saldar cuentas, éste envió al vicepresidente de la Cámara de comercio -su mano derecha- junto con otro compañero en su lugar. Asesinaron al primero.


Suya es, tengo que volver a mencionar a Don Tito Asorey, la mejor secuencia del capítulo y van tres. Si en papel resulta osada, trasladada a la pantalla se convierte en grandiosa. En un cagoendiós lleno de lucidez. Fraga acostumbrado a mover hilos, a cortar el bacalao y a seleccionar autoritariamente tú sí, tú no, retratado con insolencia y audacia. Rajoy, en cambio, habituado a ser el hilo, el bacalao y el seleccionado a dedo hasta que, años más tarde, acabaría viendo cómo su relación con los Caneos se exponía en el Xornal de Galicia, que publicó unas fotos suyas a bordo del barco de Daniel Baúlo mientras éste cumplía pena en prisión. Mariano ardió de ira y llamó a Jacinto Rey, propietario de la constructora San José y del mencionado periódico advirtiéndole de que en breve presidiría el gobierno y que eso incluía la potestad de adjudicar las obras públicas a su constructora. José Luís Gómez Gómez, que había destapado el escándalo, fue despedido de inmediato.


Mención especial merece también su “Luís, tienes que ser fuerte” a mediocamino entre el guiño y la hostia con la mano bien abierta a la actualidad política.
Veremos, eso promete el avance, el desarrollo de dos personajes fundamentales para la conclusión de la temporada, que se supone que es el inicio de la Operación Mago/Nécora: Ricardo Portabales, primer arrepentido; y Baltasar Garzón, joven magistrado ávido de fama que acabará coordinando una de las grandísimas farsas de la justicia de este país. Muy, muy jugoso se presenta este último tercio. Ñam.

 

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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