Shin Godzilla: Un monstruo viene a vernos

Los seguidores más experimentados del Gojira que arrasó Tokio hace más de medio siglo en Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954) tendrán que disculparme (o no) si soy un hereje al admitir que prefiero el último remake norteamericano de Gareth Edwards al reboot autóctono bendecido por la emblemática compañía Toho, pero si me dan a elegir entre dos peliculas de Godzilla donde Godzilla apenas aparece durante un tercio de metraje, optaré preferiblemente por la que no abusa de una idiosincrasia que roza lo histriónico en algunos de sus personajes secundarios o la propensión a la estridencia juvenil del anime. De hecho los realizadores de Shin Godzilla, Hideaki Anno y Shinji Higuchi, vienen respectivamente de las franquicias Neon Genesis Evangelion y Ataque a los Titanes, y a diferencia de Yeon Sang-Ho en su Train to Busan no demuestran la misma capacidad para mantener un cierto equilibrio entre la excentricidad juvenil del manga y la sobriedad dramática de una película de acción real.

Satomi Ishihara and Hiroki Hasegawa harán frente al monstruo

Shin Godzilla se olvida de la interminable lista de secuelas niponas en las que el monstruo creado por Tomoyuki Tanaka e Ishiro Honda se enfrentaba a otras criaturas surgidas por los efectos de la radiación nuclear, y como en su obra fundacional y el lamentable remake de Roland Emmerich en 1998, opta por convertir de nuevo al lagarto gigante en el antagonista que sólo busca destruir todo cuanto encuentra a su paso, enfrentándose a la resistencia armada de militares japoneses y estadounidenses. La inmovilidad burocrática de la administración nipona para reaccionar ante una situación catastrófica revierte en una excusa idónea para expresar un grado ponderable de autocrítica hacia la ineficacia en su gestión de la seguridad de la central de Fukushima, y el desastre natural provocado por su explosión en marzo de 2011.

En lo tocante a la parte de la mitología del rey de los monstruos, no hay nada nuevo que destacar, salvo que ahora la criatura gigante nace como consecuencia de la ingesta de residuos tóxicos vertidos en la Bahía de Tokio y no por los efectos de una explosión nuclear, y por primera vez en la historía de los 29 films producidos por Toho se sustituye a los actores disfrazados de las polvorientas tokusatsu -series de televisión y películas niponas de fantasía y ciencia ficción- por animatronics diseñados por Mahiro Maeda (Mad Max: Fury Road) y Takayuki Takeya (Attack on Titan). Ese es otro de los puntos en contra de Shin Godzilla frente al remake occidental de 2014: mientras en aquella se aprovechaban las nuevas ventajas tecnológicas de la animación para obtener un cierto grado de realismo facial y físico en la recreación del monstruo, aquí se opta por una apariencia exterior que sigue recordando más a la de un actor disfrazado -cuyos ojos y mandíbula permanecen inmóviles- que a la expresividad que debería sugerir un auténtico reptil gigante.

Cuando anunciaron este reboot japonés paralelo al inaugurado por Godzilla (Gareth Edwards, 2014), los peces gordos de Toho prometieron que el reinicio de la saga original en su película número 29 -treinta y uno contando con las norteamericanas- ofrecería un espectáculo mucho mayor que el Godzilla de Legendary Entertainment, y me temo que como al titánico reptil cuando escupe sus rayos radiactivos azulados a ellos también se les ha escapado toda la fuerza por la boca.

Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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