Quien a hierro mata

“Torea como los que no matan y mata como los que no torean”, dijo alguna vez alguien sobre Manolete, describiendo una facultad temperamental y conductual que se lleva en el linaje. Cuando uno viste la determinación y la elegancia prendidos de la misma solapa en la que otros cuelgan recursos efectistas y artificiosos, el resultado discurre exquisito, delicado y minucioso.

Es el caso del guion de Quien a hierro mata, escrito con afiladísimo lápiz adjetivador – escrutador de conciencias e inclemente delator del dios de cada uno – y desde una convulsa voz narrativa que contiene y adensa la atmósfera. Juan Galiñanes, creador primero de la obra, sitúa en su pueblo, que casi casi es el mío, este thriller de provincias ambientado en un presente reciente/inmediato, en el que los cachorros del narcotráfico, hijos y nietos de los grandes capos – adiestrados mínimamente para una vida sin porvenir – toman las riendas del lucrativo negocio familiar. El rencor, la muerte, el dolor, el bien y el mal, la perversidad enquistada en el carácter, la culpa o la providencia son algunas de las capas con las que Galiñanes compone un relato de textura tan nerviosa como áspera.

Y si el intelectual obedece al designio de interpretar el mundo que le rodea, al artista le incumbe crearlo. Así, Paco Plaza, realizador de la multipremiada Verónica, ilustra este retablo costumbrista con algunas notas de onírico surrealismo, imprimiéndole un ritmo lento pero animoso y cierto lirismo a lo que será un verdadero viaje al centro de la náusea y a las fracturas del ser. Todo ello bajo una luz inclemente y cataclísmica, y un discurso muy pasional que no siempre serán efectivos.

En la página del “debe” se acumulan las escenas descuidadas (imperdonable la de la muerte de Andrés), el retrato de algunos personajes (Toño debió haber sido más primogénito, más hermano mayor, más digno heredero de su padre; marcando una sustancial diferencia con quien parece más su gemelo que su menor) o la desatención al cierre de la trama externa (¿dónde carajo están los chinos?).

Así a todo, el resultado es un ejercicio deconstructivo asfixiante, bien coreografiado y fotografiado por un director audaz al que la mirada se le va inyectando en sangre a medida que se acerca a un espléndido final que huele y sabe, paradójicamente, a punto de origen filosófico y conceptual.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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