Pieles: Cuando Aless Gibaja encontró a John Waters

Antes de perder la cabeza y comparar el primer largometraje del actor y realizador Eduardo Casanova con el trabajo de genios como John Waters o Tod Browning, convendría subrayar un pequeño matiz: más allá del hecho de trabajar con actores que sufren acondroplasia (y Casanova lo hace con fines puramente ornamentales, para crear una sensación de excentricidad) los otros mal llamados monstruos que transitaban por los primeros films del director de Pink Flamingos (1972, John Waters) o Freaks -o la obra maestra de Tod Browning- eran reales. Los torsos humanos sin piernas ni brazos, los niños con microcefalia, el hombre privado de la mitad de su cuerpo, la anciana con obesidad mórbida obsesionada con comer huevos crudos o la maravillosa drag queen Divine zampándose unos excrementos de perro eran auténticos inadaptados convertidos en el epicentro de un universo estrafalario, oscuro y mágico. La troupe de actores de Eduardo Casanova, sin embargo, no saben lo que significa ser marginados ni sufren deformidades reales. Son un variopinto grupo de amiguetes del director, estrellas televisivas -la mayoría ex compañeros de Casanova en la abominable sitcom Aíday varias caras populares del star system español, disfrazados con unas ridículas caracterizaciones que recuerdan a las caretas de Joaquín Reyes en Muchachada Nui y La Hora Chanante.

Soy una persona pequeña que regenta un burdel, y eso es tope transgresor

Una señora anciana que anda todo el rato en pelota picada y una proxeneta de estatura pequeña aportan la nota pretendidamente gamberra a un reparto de caras conocidas, ancladas a la zona de confort de un agotador postureo transgresor, en un producto final que intenta continuamente pasar por el filtro trash de la comedia underground. No vaya a notarse demasiado que, en realidad, aquí sólo hay un puñado de buenos actores -y alguna cara guapa proveniente del mundo de la moda- queriendo colgarse la etiqueta de irreverentes. La fealdad es cool, y esa idea puede venderse, aunque su discurso esté desprovisto de toda dramaturgia o silogismo dramático. Hablo de la fealdad de quita y pon, por supuesto. No olvidemos que todo lo que se ve en Pieles es fruto de la impostura estética y los efectos creados por el maquillaje.

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¿Era necesario malgastar a un reparto así, oculto bajo ridículas máscaras de látex y un desmedido abuso de los tonos magentas, para hablar de un concepto tan elemental como el amor propio? No, pero tal vez una merma en el cargante diseño de producción –obra del mismo Casanova– de esta sonrosada ópera prima y una mayor generosidad dialéctica del guión hubiesen jugado en contra del amor propio más importante de Pieles: el de su propio director. A pesar de su monocromática paleta de colores y tonos, la factura técnica de Pieles (2017, Eduardo Casanova) es impecable, pero es sólo eso, un envoltorio hermoso y brillante para un caramelo que está demasiado chupado. No deja de parecer irónico que en una película que versa sobre la belleza interior, lo más importante sea su apariencia externa.

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Antonio López

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"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
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