Ocho apellidos más

Cuando leí que iban a hacer secuela de la película más taquillera de todos los tiempos en España, por supuesto, no me sorprendí. La trama daba pie a ello, y aun sin ser necesaria… el negocio es el negocio. Y ya ha llegado a las salas: en un abrir y cerrar de ojos, los ocho apellidos han pasado a ser dieciséis. España entera está acudiendo a los cines en masa para ver la segunda parte de la que fue comedia del año. Después de haber visto la primera bien en el cine, en Internet o en la televisión, el fenómeno fan ya ha llegado a todas partes del país y a todos los grupos de edad.

Ya en otras entradas he insistido en que a la hora de criticar una película, hay que valorar el objetivo que se plantean al crearla. Existen películas con una finalidad puramente artística, que pueden ser obras de arte o piezas soporíferas, así como también existen blockbusters nacionales e internacionales que pueden estar genial, bien o ser una pérdida absoluta de tiempo. Pero el interés de estas películas no es conmover o entusiasmar, es ganar dinero. Ocho apellidos vascos estaba bien. Ocho apellidos catalanes no llega al bien, aunque no sea el desastre más absoluto. En taquilla va a ir genial, así que su objetivo va a cumplirse seguro. Pero la crítica… el público mantiene unas expectativas altas ya de entrada. Dado el éxito de la primera parte, es lo normal. ¿Y defrauda? Sin duda alguna.

El componente principal de Ocho apellidos es el humor nacional. Al final, lo mejor de ambas películas no es la historia de amor o las imitaciones de Dani Rovira… realmente todo se reduce a la relación entre Rafa (Dani Rovira) y Koldo (Karra Elejalde), plagada de momentos hilarantes por las diferencias entre ambos personajes. Y es que por encima de todo, la clave de la comedia son los estereotipos. Todo el mundo en el país los tiene, los conoce y comparte, dando pie a que los espectadores congenien enseguida tanto con los andaluces como con los vascos. Uno de los principales problemas de este segundo largometraje es precisamente que la idea de estereotipar se les ha ido de las manos, saltando más allá de las diferencias culturales y atacando a movimientos sociales, en este caso los llamados «hipsters». Se han alejado de la esencia, del espíritu de la primera parte, incluyendo gags constantes sin pizca de gracia, llevados de la mano de un personaje muy flojo, hasta insufrible, interpretado por Berto Romero, Pau. Al salir del ámbito cultural, Ocho apellidos catalanes deja de conectar con todos los públicos. Los mayores no entienden los gags, los adolescentes lo consideran una burla innecesaria.

Realmente, el problema es el guion. No aprovecha bien a los personajes que con tanta gracia creó en la primera entrega, y no sabe explotar las nuevas incorporaciones. La trama está llena de agujeros, llevada a trompicones, como escrita deprisa y corriendo. Cosa que, por otra parte, no dudo. El éxito de la comedia de Emilio Martínez-Lázaro y el fenómeno que desencadenó ha provocado lo que ocurre con todos los blockbusters: la historia pierde fuerza porque la gente quiere más en menos tiempo. Eso es una realidad, y mal programada, da lugar a guiones flojitos.

Y como considero que son el alma de la película, aquí va un repaso a los actores y sus personajes…

 Dani Rovira: Ocho apellidos vascos catapultó al actor al estrellato, y al mundo de las fangirls, cual Mario Casas en su día (bueno, eso no se ha pasado). Si bien antes era un monologuista querido, su interpretación de Rafa enamoró al público, triplicando la relevancia del artista a nivel nacional y llevándolo de cabeza a la gala de los Goya, donde además de presentar recibió el premio a actor revelación por su papel de cómico andaluz enamorado. En este primer largometraje fue, sin duda alguna, el gran descubrimiento, y esto se ha notado en Ocho apellidos catalanes. A pesar de añadirse otros protagonistas de lujo al reparto, el actor no ha perdido un ápice de protagonismo, repitiendo la fórmula de conquista corazones con gracia en la secuela. En esta ocasión se une a Koldo para tratar de impedir la boda de Amaia y Pau, el nuevo prometido, y enmendar el error que hizo que su relación con Amaia terminara.

 Clara Lago: Amaia Zugasti no es un mal personaje, si bien queda algo eclipsado por el de su compañero de reparto. En esta segunda parte, Lago sigue con su «mala hostia», algo que se agradece, ya que convierte a la vasca en una chica a conquistar muy poco usual y el doble de divertida. El punto más flojo, en este caso, se lo lleva ese intento de profundización en el tema emocional que intentan con ella. ¿Alguien se cree en algún momento que pueda tener dudas entre Rafa y Pau? Parece que no es feliz con nada, y es que su cabezonería con el tema de la boda y el de ocultar cosas a su padre no acaban de ser creíbles.

 Karra Elejalde: grandísimo. El actor y su personaje ya se ganaron los corazones de muchos en Ocho apellidos vascos, regalando al público al que, sin duda alguna, es junto a Rafa el mejor personaje de la comedia. En esta ocasión, sin embargo, y aun siendo todavía uno de los mejores, no se ha exprimido tanto (o tan bien) como merece. Se han querido centrar en los problemas de su relación con Merche y poco más. A pesar de ello, con escenas como las de las palmas o el poema, Koldo sigue demostrando que es un personaje indispensable.

 Carmen Machi: más flojita, no han sabido explorar bien a su personaje, que se limita a ejercer de conciencia y pareja melodramática que se lamenta por la actitud de Koldo. Bien, es una actitud justa para el personaje de Merche, pero se queda corta. Su Anne Igartiburu (y su Karma) aspiran a más.

 Berto Romero: interpreta al hipster prometido catalán de Amaia, Pau. Este personaje es un artista que por temor a su abuela organiza su boda en una falsa república catalana. Sus únicos objetivos son agradar a Roser y ser el rey del postureo. ¿Su aportación? Demasiados gags sobre el tema para mi gusto, como ya he mencionado antes. Considero que es un personaje muy exagerado y que no acaba de casar con el resto de propuestas de la película. Además de que sus líneas de diálogo son como frases de pie de foto de Instagram… Simplemente no.

 Rosa María Sardá: el papel de Roser es el de una catalana acomodada cuyo mayor deseo es el de tener una Cataluña independiente, algo que ficticiamente le concede su nieto, ocultándole la realidad. Roser es una anciana seca donde las haya, un personaje interesante y muy desaprovechado, pues o llama la atención en exceso o queda en un completo segundo plano en según qué escenas.

El personaje de Belén Cuesta no convence en absoluto, y los de Alfonso Sánchez y Alberto López acaban sabiendo a poco, al igual que en la entrega anterior.

En cualquier caso… si algo puede criticarse es el final. Ya no es que deje cabos sueltos, o mal atados, pues como ya he mencionado con anterioridad, da la impresión de haberse escrito deprisa y corriendo y no haberse repasado lo suficiente. Pero la escena que cierra la película, si bien puede resultar divertida, es del todo innecesaria. Absolutamente forzada, como el final en conjunto, irrelevante, absurda y metida con calzador. Sigo sin comprender la necesidad de incluirla ahí, lo único que logra es descolocar.

 Ocho apellidos vascos está sobrevalorada a más no poder: una buena taquilla no garantiza una obra maestra, y parece que muchas personas consideran el largometraje de Emilio Martínez-Lázaro como tal. Es una comedia entretenida y fresca, pero en Ocho apellidos catalanes esa frescura se pierde en su mayor parte. A pesar de todo, es probable que se realice una tercera parte: recordemos que esto es un negocio. ¿Ocho apellidos gallegos, por ejemplo? Y ya irán veinticuatro…

[Los dos últimos gifs están extraídos del Huffington Post]

Rocío de la Aldea

Rocío de la Aldea

Proyecto de comunicadora audiovisual, scout, zurda, seriéfila y marvelita. Mi sueño es tener un dragón. Escribo cosas.
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