Mafia: una historia de ficción y realidad (I) – Mucha gomina y trajes caros

El cine y la mafia. Esta es la historia de un romance que dura ya muchos años. El cine -tanto de la grande como la pequeña pantalla- le debe mucho a la mafia y la mafia también tiene sus motivos para estar agradecida al séptimo arte. Aquí iniciamos un recorrido de varios artículos por los tópicos, realidades, mitos, filosofía y muchas historias reales, contadas a ambos lados de la pantalla.

En esta primera entrega repasaremos la imagen mafiosa. La imagen que transmiten y la que ellos mismos creen tener.

Mafia como concepto

Esto es lo primero que vais a leer, pero en realidad es la último que he escrito. En un alarde de planificación he acabado por el principio, pero esta vez no se debe al natural caos y desorden que rigen mi forma de trabajar, sino que se debe a algo mucho más exculpatorio. Esta serie de artículos ha llevado varias semanas, muchas horas de películas, series y búsquedas incesantes de información por la red y en todo tipo de libros. A medida que he escrito estas palabras ha sucedido algo curioso. Cuanto más he leído y aprendido en este tiempo sobre la mafia, más grande es mi sensación de no saber realmente qué es la mafia. Así que, partamos de esa base. Además, cuanto más escribía más dudas me asaltaban y al final creo necesario explicar unas cuantas cosillas antes de entrar en materia.

También quiero avisar encarecidamente a todo lector que se aproxime a estas primeras palabras sobre un aspecto de nomenclatura. ¿Cómo le llamo yo a esa amalgama de organizaciones criminales que tuvieron su origen incierto en diversos lugares de Italia y que, después de las migraciones masivas a USA, aún se diversificaron más? Posiblemente el término más popular es el de mafia, pero no es el más preciso, ya que este hace especial referencia a la rama siciliana del asunto y no al conjunto. También se me ocurrió llamarle hampa, pero este término, nacido sobre el crimen de los 20 ya no dice lo que quiere decir y ahora tiene un sabor romántico del crimen que no va con lo que quiero contar. Crimen organizado de tipo italiano e italianoamericano quedaba demasiado largo. Por todo ello, al final, he optado por llamarle como la gente lo conoce: mafia, y solo cuando sea necesario especificaré para hablar en concreto de la Mafia de Sicilia.

¿Cómo dices que se llama lo nuestro?

 

Pero, ¿qué significa la palabra mafia? Si pretendéis buscarlo os vais a encontrar todo tipo de explicaciones, por lo que ni siquiera en el nombre nos ponemos de acuerdo en lo que este fenómeno sociocultural es. La mejor explicación que he leído hasta el momento ha sido escrita por Íñigo Domínguez en su libro Crónicas de la Mafia -el cual recomiendo encarecidamente, ya que aquí sí que vais a aproximaros bastante a la idea de lo que la mafia es-. Según Íñigo, el término tiene varios orígenes, entre los que cita a los funcionarios piamonteses que llegaron a Sicilia tras la operación de reunificación italiana encabezada por Giuseppe Garibaldi y su Expedición de los Mil en 1860. No sería extraño, ya que la propia mafia tiene su nacimiento muy vinculado a la propia unificación italiana. Según esta explicación, mafia vendría de la palabra smàferi que significaría tanto sicario o mercenario como miseria en el dialecto piamontés. Otras posibles explicaciones serían el árabe maha fat, que significa protección o inmunidad. En el diccionario del dialecto siciliano, del año 1868, recogerían su significado de esta forma: «aparentar coraje, seguridad de ánimo». Resulta que este término vendría de una palabra coloquial usada en las calles de Palermo de la época: mafiusu, que se usaba para definir a alguien con actitudes chulescas y que presumía de valentía. Creo que aquí dieron en el clavo. Basta como prueba los nombres que los propios mafiosos se dan a si mismos. En Italia se llaman Uomini d’Onore -literalmente: hombres de honor- y en USA son Wise Guys -que sería algo como chicos listos o espabilados-, como nos cuenta maravillosamente Donnie Brasco (1997). Por tanto, la mafia es algo que tiene que ver con ser sicario, relacionado con la pobreza, que significa protección para algunos y que suelen presumir de su fortaleza. Tomemos esto como definición.

Y hasta aquí las advertencias. Hechas la cuales, empieza el espectáculo.

John Gotti entra a la consulta del psicólogo 

John Gotti pasándolo mal mientras es detenido

Que los mafiosos son tipos que resultan simpáticos es algo evidente. No sabemos por qué, pero digamos que tienen cierto encanto, con sus costumbres, con su forma de hablar, con su psicología complicada… Y esto es algo que ocurre tanto dentro como fuera de la pantalla. Posiblemente el mafioso que más ha encandilado al público, sin ser un actor -claro- es Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al Capone. El siempre risueño Capone fue el encargado de dar de beber a un pueblo sediento allá por los años 20 y principios de los 30, ¿qué hubiese sido de los médicos hepatólogos sin él? Digamos que con semejante carta de presentación, difícilmente podríamos encontrar alguien a quien no le gustase el simpático tío Al. Sin embargo, la historia aún nos reservaría otro ejemplo de mafioso carismático y amado por el gran público y eso que no llevó a cabo una tarea tan encomiable como Scarface -sobrenombre de Al Capone a consecuencia de unas cicatrices recuerdo de la I Guerra Mundial-. Hablamos de John Gotti, el Don de Teflón.

John Gotti protagonizó en los años 80 en New York uno de los culebrones más asombrosos y lamentables que nunca hayamos visto. Su historia se está contando en una serie de artículos de la revista Jot Down, la cual comienza aquí: John Gotti, el Tony Soprano de los años 80 (I). Nadie se explica qué fue exactamente lo que sucedió para que todo yankee amase a este tipo, expresado en palabras de David Letterman:

Tony Soprano. Traje a medida, corbata floreada y pañuelo a juego

John Gotti… supuesto… presunto… jefe del crimen organizado. Empiezo a pensar que es una persona maravillosa y que probablemente haya sido gravemente malentendido. Me gustaría ser su amigo algún día.

Podríamos decir que USA vivía un síndrome de Estocolmo generalizado, John Gotti era uno de los personajes públicos mejor valorados y más reconocidos. Los periódicos hablaban de él, los noticiarios contaban como se había librado, otra vez, de un nuevo cargo judicial, incluso llegó a haber medios de prensa que tenían una sección diaria de moda masculina para hablar del estilazo que se marcaba Gotti cada día de juicio -prácticamente todos-. Este idilio amoroso ocurrió algo más tarde en las grandes pequeñas pantallas de principios del siglo XXI con Tony Soprano (James Gandolfini), protagonista de The Sopranos (HBO).

John Gotti. Traje a medida, corbata floreada y pañuelo a juego

The Sopranos, como serie, se concibió a mediados de los años 90, pocos años después de que John Gotti fuese finalmente encarcelado, por lo que su aura está muy presente en la serie que creó David Chase. Son muchos los aspectos destacables en The Sopranos, como su banda sonora por ejemplo, pero uno de ellos es, sin lugar a dudas, la construcción de la imagen y personalidad de todos los personajes. Hasta la llegada de la ficticia familia criminal más famosa de New Jersey -la familia DiMeo-, existían dos referentes principales de lo que un capo mafioso debía ser, cinematográficamente hablando: Don Vito Corleone (Marlon Brando) y su hijo Michael Corleone (Al Pacino) provenientes de la saga de  The Godfather (1972), como representantes de ese poder «blando» en el que la fuerza bruta no es empleada directamente por ellos, salvo cuando no queda más remedio, con un cerebro digno de estudio; y por el otro lado tenemos a Tony Camonte (Paul Muni) de Scarface (1932), un personaje sin escrúpulos, bruto y que disfruta matando. Tony Soprano no se parece a ninguno de ellos, es una persona muy familiar, con una profundidad sentimental mucho más amplia que cualquiera de los anteriores, pero con una estructura física que intimida. No hay que darle muchas vueltas para encontrarle el parecido, intencionado, que hay entre él y John Gotti.

Johny Sack, el hermano gemelo de John Gotti

Y la influencia de Gotti en The Sopranos no acaba aquí. Varias de las situaciones que vemos en la serie pertenecen a la increíble historia que se construyó alrededor de Gotti y su personalidad. Algunos de estos detalles son muy discretos, pero también los hay que saltan a la vista. Johny Sack (Vince Curatola) es uno de los personajes más carismáticos de toda la serie. Para aquellos que estáis un poco despitados, Johny Sack era el enlace existente entre la ficticia familia Lupertazzi de Brooklyn -inspirada en la familia Gambino a la que pertenecía Gotti- y la también ficticia familia DiMeo de New Jersey. Es innegable que el aspecto de Johny Sack se inspira en quién se inspira. Aunque sus personalidades sean un poco distintas, caracterizado Sack por un aguante y un autocontrol muy diferente al de Gotti; así como por sus orígenes sociales. Aparte del aspecto físico, Gotti y Sack comparten otro elemento en común, su final. -SPOILER ALERT- Si aún no has visto la serie hasta el final es mejor que no sigas leyendo y pases al final de párrafo. Johny Sack, otrora el hombre más poderoso entre Brooklyn y New Jersey, temido y respetado, encuentra un final paulatino, perdiendo todas las batallas, primero con la justicia y después con la salud, falleciendo de cáncer; igualito que su imagen en la realidad. John Gotti fue el mafioso más espectacular de todos, pero su muerte tuvo muy poco de espectacular, sucumbiendo a un cáncer, en la cárcel y apartado de las cámaras que tanto le adoraban.

El dibujo de la discordia

Uno de los aspectos que contribuyó especialmente a esa adoración hipnótica que el público estadounidense sentía por Gotti era la preocupación de este por su aspecto físico y su vestimenta. Todos sabían a qué se dedicaba John Gotti, pero esa no era la imagen que transmitía a las cámaras y se notaba su preocupación por aparecer ante ellas con su mejor traje -siempre de estreno- y con todos sus dientes reluciendo. Por decirlo de algún modo, recogió el consejo que le da Pietro Savastano (Fortunato Cerlino) a un joven compañero de celda en Gomorra (Sky Atlantic): «al menos, no parezcas culpable». No sabemos cuanto ha tenido que ver esta actitud y su aspecto en el hecho de que se librase de prácticamente todos los juicios en los que se vio implicado, salvo, claro está, en el que acabó condenado; pero, sin duda, contribuyó notablemente a sortear el juicio paralelo al que todo personaje público con problemas legales es sometido en la prensa.

Junior soprano

«Esta es mi cara. Dibújame bien»

-SPOILER ALERT hasta el final del párrafo- En The Sopranos también tuvimos nuestra ración de personajes que  pasaron por los juzgados; aunque, posiblemente, el juicio de Junior Soprano (Dominic Chianese), fuese el más intenso de todos ellos. Junior se jugaba bastante ante la justicia, pero siempre lo encontrábamos mucho más preocupado de atender amablemente a los medios y, sobre todo, de la imagen que proyectaba. Para el recuerdo queda la secuencia en la que Junior ve el retrato que se ha hecho de él por televisión el día anterior. En la siguiente sesión judicial, mientras se juega unos cuantos años a la sombra, decide mandarle un recadito al dibujante a modo de mirada. John Gotti, al igual que Junior, llevó a otro nivel lo que estar en juicio significaba. Tanto él como su abogado contribuyeron a la creación de un show televisado, en el que eran frecuentes las llamadas al orden por parte del juez ante las reacciones airadas de Gotti en las declaraciones de los testigos de la defensa, así como por las situaciones esperpénticas vividas en el estado, con testigos reconociendo haber recibido drogas a cambio de dar testimonio contra Gotti e incluso alguno que aseguró haber recibido, por petición suya, de parte de la fiscal del caso la ropa interior de esta para emplearla como juguete masturbatorio. Por cierto, este mismo testigo también confesó que en una de las visitas con la fiscalía acabó vomitando, a causa de las drogas, por encima de la mesa -os recuerda a Adriana La Cerva (Drea de Matteo)?.

Para finalizar con The Sopranos, una anécdota. Resulta que el personaje de Tony Soprano, salvo en ocasiones puntuales, hace gala de un horterismo notable, con camisas hawaianas y pantalones cortos, pareciendo más un alemán en Mallorca que el jefe de la familia DiMeo. Resulta que un miembro de una mafia neoyorkina, harto de ver como se derrumbaba un mito de elegancia en cada capítulo, llamó anónimamente a James Gandolfini para recordarle: «un Don no viste de pantalones cortos».

La mafia y la lucha contra los estereotipos… bueno, contra aquellos que no gustan

Éranse unos camorristas a una cicatriz pegados

Si nos paramos a observar el estilo que se marcan los mafiosos de las películas nos vamos a encontrar trajes caros y mucha gomina. Sobre todo gomina. Basta coger cualquier actor con un apellido italiano y ponerle kilos de gomina en el pelo para que ya dé el tipo de mafioso. A su vez, esta construcción tan estereotipada viene ya desde muy lejos en el cine, remontándose casi a sus inicios. Sin embargo, cuando nos vamos a buscar imágenes de mafiosos de inicios de siglo XX nos encontramos con lo que tenemos a nuestra izquierda -en concreto se tratan de miembros de la Camorra de Napoli-. No hay gomina. No hay trajes caros. Ya solo el apartado cicatrices lo dice todo. Es evidente que la imagen que la mafia quiere dar de si misma ha evolucionado, pero ¿cómo?

Al principio hablábamos de que en las grandes pantallas se habían creado tres prototipos mafiosos por excelencia. En los años 30 se popularizó la imagen de un matón, como pudimos ver la anteriormente mencionada Scarface o en Little Caesar (1931). Por lo general siempre eran hombres muy jóvenes y muy violentos. Esta imagen sí encaja a lo que vemos en la fotografía. Sin embargo, los años fueron pasando y nos plantamos en 1972. Ya no tenemos cadáveres de la mafia en las calles cada mañana, sino que todo se mueve más en el terreno de la sombra. Y el cine reflejó perfectamente el momento. No he escogido el año 1972 por casualidad, sino que este es el año de estreno de The Godfather y con esta película ha sucedido el mayor caso de entendimiento mutuo entre la mafia y el cine jamás conocido.

La película está basada en el homónimo libro de Mario Puzo, escritor que luego reconocería no haber conocido a un mafioso en su vida y que se basó en su propia imaginación para crear a los complejos personajes que lo protagonizan. Por supuesto, el mafioso medio -que nada tiene que ver con lo que sale en la película- es un ser bastante inculto, así que el libro se mantenía en un mundo desconocido, pero cuando salieron las primeras noticias sobre la película la comunidad italiana en USA reaccionó en consecuencia a lo que ellos esperaban. La comunidad italoamericana, mafiosa y no mafiosa -que no olvidemos que son las primeras víctimas de todo esto-, se imaginaron la enésima ridiculización de su sociedad, reduciéndola a un puñado de violentos criminales; algo que no les gustaba, por supuesto. Primero fueron protestas en privado, pero pronto adquirieron cierto nivel y todo ello cuajó en la creación de la Liga de Derechos Civiles Italoamericana, la cual comenzó por exigir la retirada del guión de todo elemento dañino para la imagen italoamericana: violencia callejera, armas, delincuencia, pobreza, incluso la propia palabra mafia. Todos esos elementos formaban parte de un horrible estereotipo contra el cual los italoamericanos de bien debían luchar todos los días. Hasta aquí todo normal y comprensible, ¿verdad?

¿Verdad?

Medalla de la Liga de Derechos Civiles Italoamericana

La historia es una ciencia muy caprichosa y curiosa. Repasemos quién está detrás de la creación -por lo menos a nivel oficial y visible- de esta organización. El líder y fundador de la Liga de Derechos Civiles Italoamericana no era otro que Joseph Colombo, líder de la familia criminal Colombo de New York. Respasemos los hechos. El boss de una familia mafiosa monta una organización que lucha contra la criminalización y los estereotipos malintencionados de la comunidad italiana en USA. De traca. La historia, además de ser una ciencia caprichosa, es una ciencia que no perdona fácilmente y así fue que la cosa acabó como tenía que acabar. Joseph Colombo -alias el líder de todo lo que se puede liderar-, inmerso en una guerra de mafia, acabó siendo tiroteado en una manifestación de la Liga en 1971. No moriría entonces, pero su cuerpo sí quedó muy afectado, pasando los siguientes 7 años en coma, hasta que finalmente fallecería. Al final consiguió lo que quería: no llegó a ver la película en los cines.

¿Y qué hicieron los guionistas ante tal percal? Pues eso no lo sabemos aún muy bien, pero lo cierto es que ni en The Godfather I (1972) ni en The Godfather II (1974) se cita la palabra mafia. Eso son los hechos. Cread ahora vuestra opinión.

Joseph Colombo. El Martin Luther King de la mafia.

De todos modos parece que no molestó mucho lo que se decía de los italoamericanos en el filme de Francis Ford Coppola, porque a partir de ese momento la película se convirtió en el referente cultural de toda una generación mafiosa. Si hasta ese momento cualquier persona normal veía en la mafia a un grupo de violentos criminales, The Godfather nos ofrece una imagen muy amable de lo que un mafioso es: un solucionador de problemas, contrario al contrabando de drogas, un hombre pegado a un código ético inigualable, con un gran dominio cultural, un tío más listo que cualquiera –wise guy-, una persona de fiar y que no se mete con nadie que no pertenezca al crimen mafioso. A los mafiosos les encantó la idea. A partir de ese momento no ha habido detenciones de miembros de la mafia en cuyas casas no se haya encontrado una copia de The Godfather. Valga como ejemplo el caso de Bernardo Provenzano, jefe del clan de los corleoneses –corleonesi- en la mafia siciliana, detenido en el año 2006, en una austera casa de su pueblo natal, en la que solo había un televisor y un DVD de The Godfather.

Carmine Persico. No se ha visto hombre más inocente con unas esposas puestas en la historia

Mientras que el resto de películas de mafia tuvo su mayor o menor aceptación entre los círculos de la mafia, The Godfather llegó a transformar la imagen que los propios mafiosos tenían de si mismos. Pocos años después al estreno de las películas comenzarían los grandes juicios y persecuciones contra ellos y sería ahí cuando harían gala de todo lo aprendido en las dos primeras películas –The Godfather III (1990) ya no les gustó tanto-, apareciendo con grandes gafas de sol en los juicios -igual que Micahel Corleone-, refinando su forma de hablar en público y, sobre todo, vistiendo bien. Sin duda, en los años 70 y 80 dos tipos de personas se hicieron de oro en Italia y USA: los mafiosos y los sastres. Esta es la época que marcaría la infancia criminal de un tal John Gotti. Ahora entendemos el show que ofrecía a la puerta de los juzgados cada día.

Si The Godfather es la película central de la identidad mafiosa, ¿qué película odian con todas sus fuerzas? Aquí tenemos que volver a hablar de la familia criminal Colombo. Tras el intento de asesinato de Joseph Colombo, la familia se involucró en una terrible guerra interna por el poder que acabaría llevando a un nuevo régimen en el que Carmine Persico ocuparía el trono. ¿Y a qué viene esto? Resulta que durante esta guerra hubo un montón de muertos en las calles, mucho desconcierto ciudadano y muchas detenciones de pequeños matones y camellos que diesen la imagen de que se estaba haciendo algo -o que hacían todo lo que podían-. En la historia de la mafia, épocas tan convulsas como estas son las que de verdad enfrentan a toda una generación de jóvenes mafiosos ante la cruda perspectiva de acabar encarcelados de por vida o como cadáveres en las calles. A algunos eso los motivaba más, pero hay otros que se lo pensaron dos veces. Resulta que uno de estos jóvenes, detenido hasta en 28 ocasiones -por cargos de asalto y posesión de armas y de drogas- y finalmente encarcelado en dos ocasiones, sumando 3 años de cárcel, decidió cambiar el crimen por la actuación. Estoy hablando de Tony Sirico.

Tony Sirico como Pauli ‘Walnuts’ Gaultieri

Tony Sirico es quién interpreta a Pauli Gualtieri en The Sopranos (HBO). Sin embargo, no es aquí donde inicia su carrera como actor, sino que aparece recurrentemente en diferentes películas que tratan el tema gangster, siendo Goodfellas (1990), de Martin Scorsese, en la que más relevancia obtuvo, aunque no como actor -su aparición se limita a dos escenas-, sino como consejero de los guionistas y del resto del reparto. A diferencia de la novela ficticia de Mario Puzo, Scorsese se basó en un mafioso de verdad, que vivió los peores años de una guerra en la cual él era tan solo un peón. Así es que el relato creado en Goodfellas es mucho más cercano a la realidad de una organización mafiosa, con su parafernalia protocolaria, con sus insultos y palabras feas -tiene el record de cantidad de fuck en una sola película-, con su forma de comportarse en público, con su violencia inesperada, con todos los hombres llamados John o Paul y con todas las mujeres llamadas Mary… Y no solo coincide con el relato que debió realizar Tony Sirico, sino que toda la información proveniente de los arrepentidos -la verdadera fuente de conocimiento sobre la mafia- coincide a pies juntillas con lo que Scorsese nos relata. Sin embargo, Goodfellas es una película que no gusta en el ambiente mafioso, es más, incluso es odiada y considerada como el inicio del fin del glamour y de la simpatía del público por la mafia, junto al encarcelamiento de John Gotti.

Finalizo esta parte hablando de Tony Sirico. En su emblemática interpretación en The Sopranos como Pauli Gaultieri -de lo mejor de la serie-, lanza una frase que enlaza con su pasado criminal. El contexto en el que se produce es al hablar sobre el pasado mafioso y las cosas que fueron necesario hacer, aunque con la habitual jerga y palabras vacías mafiosas, diciendo sin decir:

Lo hice durante los años 1970, por la piel de mis pelotas cuando los Colombo iban en ello.

Otro detalle que delata lo difícil que debió resultar su salida de la mafia es el hecho de que la única condición que puso sobre la mesa, cuando se le ofreció el papel de Pauli en The Sopranos, es que su personaje nunca fuese una rata -un traidor-; dando fé de lo que debían pensar de él en el seno de su antigua familia. Sin duda, y esto es algo que el cine no llegó a plasmar perfectamente, es la omertà, o la ley del silencio que impera en el ambiente mafioso, en su familia e, incluso, en las víctimas.

La mafia no existe. Aunque parezca lo contrario.

Yo solo soy un mensajero…

¿Te acuerdas cuanto tu madre decía que ese amigo tuyo era mala influencia?

Un aspecto fundamental en lo que un mafioso resulta ser, es su comprensión del crimen, sobre todo del asesinato. La mafia no puede comprenderse sin prestar atención a la construcción mental que los mafiosos hacen de sus propias acciones. Un error muy frecuente, también reproducido en el cine del hampa de los años 30, es el hecho de atribuir a todo mafioso una condición psicopática de diferente orden. Representados como asesinos que disfrutan asesinando.

Esto lo vemos en The Sopranos en un debate en el cual la doctora Melfi (Larraine Bracco) contra la opinión mayoritaria de sus amistades psicólogos que el mafioso no es un sociópata de nacimiento. Yo carezco de los conocimientos psicológicos suficientes como para entrar en este debate, pero sí que me sorprende un detalle: mientras que los sociópatas y psicópatas son personas que matan sin control, el mafioso es capaz de pasar años enteros sin perpetrar un crimen -incluso toda su carrera criminal-, para llegar un día y armar una buena. Posiblemente, coincidiendo con la Doctora Melfi, sea el ambiente y su pertenencia al crimen la que modula esta forma de operar. Vemos esto reflejado tanto en la transformación personal de Michael Corleone (Al Pacino) en The Godfather  como en el agente del FBI infiltrado Donnie Brasco (interpretado por Jhonny Deep) en Donnie Brasco (1997). En ambos filmes tenemos a dos personajes que aborrecen el crimen y las formas de operar de la mafia. En el primer caso, por la rebeldía juvenil y en el segundo por motivos de oficio obvios. Sin embargo, tras empatizar y por la necesidad del momento, acaban creyéndose el propio papel mafioso y actúan como tal, llegando a sorprenderse a si mismos.

Johnny Depp (D. Brasco) y Al Pacino (‘Lefty guns’ Ruggiero) en Donnie Brasco

Aunque, claro está, una cosa es hablar, vestir y actuar como un mafioso y otra muy distinta es cometer delitos, robar, extorsionar y, finalmente, matar. Aquí interviene otro elemento constitutivo de la identidad mafiosa.

Uno de los muchos aspectos que diferencia a la mafia de otro tipo de organizaciones criminales es el sentido de tradición que encierran. Mientras que la mafia rusa, por poner un ejemplo, es un grupo de personas con intereses económicos iguales que se dedican a delinquir; la mafia italiana o italoamericana es un grupo de personas con unas raíces culturales, con un sentimiento de pertenencia a algo más grande que, para vivir -y para morir-, se dedican a delinquir. Esta cultura del crimen se reproduce con los mismos medios que el resto de las culturas: de forma generacional y mediante elementos culturales. Uno de estos elementos son los relatos históricos y las leyendas.

Beati Paoli reunidos para ver un capítulo de The Sopranos

Quizás el ejemplo más significativo de lo que estoy relatando es lo que sucede en el seno de la Mafia de Sicilia, de la cual no se conoce su origen exacto, así que sobre ella se levantan todo tipo de mitos fundacionales, como la que los relaciona con una sociedad secreta llamada Beati Paoli que serían una especie de justicieros de la Edad Media con un código ético inigualable. Estos Beati Paoli se dedicarían a luchar contra la pobreza, robando a ricos y repartiendo con los pobres. Si esto es cierto deberíamos repasar la leyenda de Robin Hood para buscarle conexiones italianas. La mafia de Sicilia roba y mata por justicia social y como todos sabemos, no hay nada malo en eso.

En USA las raíces históricas son demasiado recientes como para desfigurar tanto el origen de una sociedad criminal, así que tiran de otro aspecto aglutinador de una cultura: la identidad étnica. Una de las mayores tragedias del siglo XIX y principios del siglo XX fue la inmigración italiana a América. Los barcos llegaban todos los días a la isla Ellis, con miles de personas en un estado lamentable, en dónde eran maltratados de todas las formas imaginables: siendo encerrados y aislados cuando se sospechaba que portaban enfermedades -como vemos en The Godfather II con el personaje de Vito Corleone-, hacinados durante semanas sin apenas comida y vilipendiados culturalmente. Muchos de los apellidos italoamericanos actuales surgen de errores de escritura, interpretación o falta de interés del oficial de policía de turno. Phil Leotardo (Frank Vincent), personaje de las últimas temporadas de The Sopranos cuenta con profundo odio a sus nietos como el suyo fue un apellido con honor: Leonardo, proveniente de un inventor -eso cree él-, siendo cambiado por la «prenda que usan unos maricones mientras dan saltos». También en The Sopranos vemos a Tony contándole a su retoño la historia de como los italianos en USA siempre fueron tratados con desprecio, como en el caso de la invención del teléfono, en la cual Antonio Meucci -italiano- fue engañado por Alexander Graham Bell; ¿qué iban a hacer sino? ¿soportar todas esas injusticias? ¿no deberían unirse en organizaciones que defendiesen sus intereses? La mafia italoamericana roba y mata por justicia étnica.

Alphonse D’Arco. Fue él quién se hizo sacar la foto.

¿Y qué hay de los asesinatos? Hasta para esto tienen una explicación retorcida, que sirva como ejemplo las dos frases recogidas en el libro de Íñigo Domínguez. La primera pronunciada en un juicio por Luigi Ronsivalle, un matón de la familia criminal Bonanno:

Era un trabajo, no tiene nada que ver con destruir a las personas. Si me das 30 000 dólares para matar a alguien eres tú quien lo matas, no yo. Yo no soy un asesino. Soy un mensajero. Son las balas las que matan. Yo llevo un mensaje.

La segunda frase fue pronunciada por Alphonse D’Arco, apodado «Little Al», jefe de la familia criminal Lucchese:

Aunque haya sido yo quien le mató, fue él quien se hizo matar.

A Albert no lo mató el tabaco. Él mató al tabaco

Tradición, explicaciones autoexculpatorias y sentido del honor son los elementos que mueven a todo mafioso. Aunque también ha pasado que se juntaron estas condiciones objetivas sociales con personalidades sociopáticas, que podrían haber tenido su propia sección en un cementerio. Uno de estos casos es el de Albert Anastasia, perteneciente a la familia criminal Gambino de New York. Otro ejemplo de un apellido mal transformado en la Isla Ellis. Anastasia es conocido por haber sido el líder y fundador de lo que la prensa dio en llamar Murder, Inc., que vendría a ser algo así como Asesinato S.A. en castellano. El Murder, Inc. operó durante los años 30 y 40, en la época de dominio de ‘Lucky’ Luciano y posteriormente al fin del tráfico de alcohol que podemos ver en la última temporada de Boardwalk Empire (HBO), aunque Anastasia no sale en ella. En resumidas cuentas, la cosa es que Anastasia consolidó un método para el asesinato y posterior desaparición del cadáver que eliminó sistemáticamente a un número indefinido de personas, acercándose al millar, según las fuentes más conservadoras. Entre tantas muertes hubo de todo, pero sin duda hay una que es representativa de lo que pasa cuando se junta la peor situación social con una mente enferma. En marzo de 1952, se produjo un atraco en New York, en el cual no estaban implicados ni directa ni indirectamente ninguna familia mafiosa, perpetrado por Willie Sutton. Sin embargo, en esa ocasión Willie -que ya se había granjeado un nombre como un efectivo atracador- no estuvo de suerte y un joven de 24 años le reconoció y lo siguió hasta su escondrijo. Este joven es Arnold Schuster. Schuster alertó a la policía, consiguiendo la detención de uno de los criminales más buscados por el FBI. Como Willie Sutton no tenía relación alguna con la mafia, a los miembros de la misma este suceso no les trajo más que indiferencia. Aunque no a todos. Albert Anastasia ordenó localizar a Schuster y eliminarlo, porque no podía soportar lo que había hecho.

El asesinato se produjo el 8 de marzo de 1952.

Eso sí, no os equivoquéis, Albert lo hizo por la ofensa producida con el cambio de su apellido, o quizás Sutton tuviese una tía abuela nacida entre Palermu y el estrecho de Mesina y ese era el motivo que justificaba su injusta detención.

Al final a Anastasia también se lo cargaron, porque era tan aplicado en lo suyo que todos tenían miedo de ser los siguientes en su lista. Ese fue el final del Murder, Inc.. Recordaros que es esta la época en la que se basa The Godfather, aunque no hay nada de esto en ella.

El arte de la traición

Nunca traiciones a tus amigos y siempre mantén la boca cerrada

Para finalizar con este largo capítulo sobre el individuo mafioso hablaremos sobre un último elemento constitutivo de la personalidad mafiosa. La traición. En una escena de The Sopranos, Carmela Soprano (Edie Falco), la sufridora esposa de Tony Soprano comenta con su amiga que teme la posibilidad de que Tony algún día acabe traicionado o encarcelado, ya que así es como acaban todos los grandes capos. Razón no le falta, desde luego. No tenemos más que repasar un poco el historial de las diferentes organizaciones criminales mafiosas para descubrir que la forma más frecuente de sucesión es la traición. Precisamente la traición. Recordemos que a los mafiosos les gusta presumir -de ahí su nombre, ¿recordáis?- de su valioso código ético, alimentado con cien mil historias sobre este respeto al superior. Y este hecho no es ajeno a los propios mafiosos. A continuación reproduzco una carta que envió a un sacerdote un chaval que cumplía condena en un correccional de menores, por delitos asociados a la mafia, en Italia:

Todos los que conozco o han muerto o están en la cárcel. Yo quiero ser un boss. Quiero tener supermercados, tiendas, fábricas, quiero tener mujeres. Quiero tres coches, quiero que cuando entre en una tienda se me respete, quiero tener almacenes en todo el mundo. Y después quiero morir. Pero como muere un boss auténtico, uno que manda de verdad. Quiero que me maten.

Volvamos a la traición, esta se sirve de todas formas y es de lo más atractivo para el cine. No hay prácticamente ningún filme o serie que trate sobre la mafia que no incluya, de algún modo esta traición entre miembros: montando negocios de los cuales el boss no sabe nada, riéndose del boss o de alguien de su familia directa o, por supuesto, planeando la muerte de este para obtener el poder. Este tipo de traición esculpe la psicología mafiosa de una forma increíble, configurando todo un conjunto de rituales y de protocolos que «garantizan» al boss que este no será traicionado, como tan bien reproduce Goodfellas, con constantes besos  en la mejilla -¿alguien dijo Judas?- y exagerados recibimientos a otros miembros.

Il Camorrista

A la vez que esto sucede, el mafioso típico es una persona que vive con miedo constante. Miedo a ser traicionado. Miedo a ser considerado traidor -o descubierto como uno-. Esta psicosis en la que viven 24 horas al día los convierte en personas con mentes preparadas para analizar hasta el más mínimo detalle. En Il Camorrista (1986) -basada en la vida de Raffaele Cutolo, líder de la Nuova Camorra Organizzata– vemos como se produce esa sucesión de traiciones entre todos los personajes, llegando a traicionarse porque sospechan que están siendo traicionados. En Donnie Brasco (1997) veíamos al capo ‘Lefty Guns’ Ruggiero (Al Pacino) despotricar contra su jefe y planear negocios a sus espaldas, nervioso de ser descubierto constantemente y de ser traicionado por el protagonista. En esta película hay una escena en la que Donnie Brasco tiene un encontronazo con el Boss objeto del odio de Lefty: Dominick ‘Sonny Black’ Napolitano (Michael Madsen), en el cual cada uno pone en juego sus impresiones y sospechas, basadas todas ellas en pequeños detalles, en aspectos que a una persona normal se le escaparían. Esta capacidad de análisis, inusitada para unas personas que no han tenido acceso de ningún tipo a estudios superiores -en su mayoría-, es algo que también sucede en la realidad, como  reflejaba el juez Giovanni Falcone -posteriormente asesinado por la mafia en 1992-:

A menudo nos sorprendemos de la increíble cantidad de detalles que tiene en la memoria la gente de la Cosa Nostra. Pero cuando se vive como ellos, a las espera de lo peor, uno está obligado a retener las migajas. Nada es inútil.

Aunque hay una figura de traición especialmente interesante y que, precisamente, en el cine brilla por su ausencia, en un ejemplo más de esta relación mutuamente beneficiosa entre mafia y séptimo arte. Me refiero a la figura del pentito. En USA no se usa este término y se prefiere el de informante -por parte de la policía y los medios- y el de rata -por parte de los socios de la mafia-. El pentito es el arrepentido que una vez dentro de la mafia confiesa sus crímenes y entrega información a la policía sobre las actividades ilegales y las personas implicadas. Sobra decir que esta es la principal fuente de información que tenemos sobre lo que de verdad sucede en el interior de la mafia y, sin embargo, poco o nada de interés muestra el séptimo arte por ellos. Nunca hemos visto una película protagonizada por un informante, una serie en la que un informante se salga con la suya y siga con vida con una vida normal lejos de la mafia… nada. Por el contrario, hay un largo etcétera de mafiosos arrepentidos que acaban muertos de las formas más brutales en el cine y en las series; cuando la realidad no es esa, ya que día a día crecen en el seno de la mafia el número de arrepentidos que conducen a espectaculares detenciones, las cuales nos llevan a más pentitos. 

Puede que esta sea la forma que tiene el séptimo arte de dar las gracias a tal fuente de inspiración, creando la imagen cultural de que una vez dentro ya no se sale nunca más -vivo, se entiende-.

Continuará…

Le han incautado 1.000 millones de euros. Se ríe.

Manuel G. Crespo

Manuel G. Crespo

Gallego, profesor y amante del cine de la gran y la pequeña pantalla. Solo hay una cosa que le motive más que ver series y películas: hablar y escribir sobre ellas. "Esta es mi opinión, si no te gusta tengo otra". Groucho Marx
Manuel G. Crespo

2 Comentarios

  1. Me ha encantado este artículo! Brutal! Representaba que me lo iba a guardar porque tengo que estudiar, pero he empezado a leerlo y ya no he podido parar!

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