Mad Men 7×08: El duelo por las vidas no vividas

Mad Men, esa serie convertida ya en icono cultural y referente estético del panorama televisivo reciente, ha vuelto para marcharse y en su despedida ha arrancado más nostálgica, más onírica y más enigmática que nunca. Más alegórica y paradójica;  más espectral, más epifánica, más estilizadamente aciaga y mucho más existencialista.

El presente, insustancial y superficial, parece sonreírle a un Don descaminado desde su segundo divorcio. A la prosperidad profesional se une el espejismo de una liberación personal que le lleva a equivocar felicidad con satisfacción, a huir de una soledad que le ha elegido nuevamente y a refugiarse en recuerdos restaurados sobre un pasado al que permanece anclado: “Le encanta contar historias sobre lo pobre que era”, ironiza Roger. Y es precisamente ese pasado el que le devolverá bruscamente a un presente más objetivo.

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La sincronicidad que vincula un sueño aparentemente anecdótico con la fatídica realidad hace que Draper tome conciencia de su incapacidad  para establecer vínculos profundos y suponga, en el funeral de Rachel, la realidad que pudo haber sido y sólo fue para ella. Será Ken, tras una revelación personal, quien insista en el significado de tanta casualidad: “Esto no es una coincidencia, es una señal de la vida no vivida”… y de eso exactamente habla este capítulo: de que más allá de lo inefable e insólito que es conocer el fallecimiento de un antiguo amor después de haber soñado con ella la noche anterior, o lo  inusual que resulta ser despedido horas después de haber rechazado la tentadora proposición de tu mujer para dejar tu trabajo y perseguir tu sueño;  más allá de estas coocurrencias, digo, existen unos contenidos simbólicos intentando decirnos algo que traspasa la trivialidad cotidiana, que emergen directamente del subconsciente colectivo y que obedecen a una dinámica causal.

¿Qué concatenación de circunstancias provocan que amemos a una persona determinada,  que renunciemos a un hijo o que pongamos precio a nuestros principios?, ¿Cuántos factores ajenos a nosotros condicionan nuestra vida?, ¿Nos convierten estas decisiones en propietarios absolutos de nuestro destino?

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Peggy es, de toda esta Mad People, la que ha hecho la renuncia más lastimosa en favor de su ambición profesional. Es muy significativo que incluso ese pasaporte -que le daría un apremiante respiro en su sacrificio- no aparezca en su casa sino en la oficina… porque ella no tiene vida más allá de su trabajo, ni entra en sus planes tenerla. Ha reprimido completamente una parte de sí misma que, sin embargo, no puede erradicar. El tenso enfrentamiento que mantiene con Joan en el ascensor viene a evidenciar su beauvoiriana forma de concebir la lucha feminista. Mientras ella se ha adaptado a un mundo laboral dominado por hombres camuflándose entre ellos y acatando sus normas, Joan exige su derecho a seguir siendo quien es, tenga el trabajo que tenga. Resulta paradójico, en cambio, que ambas coincidan en el rechazo absoluto a su pasado: la imagen de la pelirroja despreciando el descuento por antigua empleada mientras se lleva un par de Oscar de la Renta es impagable.

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Esta séptima temporada parece insistir más que ninguna otra en explorar, desde la fatalidad, las motivaciones de los protagonistas, como ese proceso que determina la energía y dirección del comportamiento, haciendo uso del lenguaje más onírico y surrealista, y, vinculando así, su realidad más consciente con esa dimensión desconocida que son los sueños, esa maraña de miedos y deseos que habita nuestra mente.

    8.4Sinopsis:
Lo que eres, lo que quieres o lo que amas, no importa. Se trata todo de como lo vendes. Creada por el productor y guionista de Los Soprano, Matthew Weiner, Mad Men, es una provocativa serie acerca de como vender la verdad. Ambientada en el Nueva York Leer más

Maria Nymeria
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