Los exámenes (Bacalaureat): Cuando Cristian Mungiu demostró hasta dónde se puede llegar por una nota

En estas semanas de preocupación general para los más jóvenes, cuando el calor ya empieza a apretar, donde las sobredosis de valeriana para calmar los nervios crecen, donde se apelotonan las montañas de lápices y bolígrafos más roídos que los vaqueros de algunas quinceañeras, donde las acciones de las empresas de pósits y fosforitos se multiplican, donde se pasa más tiempo solo o mal acompañado echando codos hasta las tantas, y donde se oyen más plegarias que en Semana Santa a todos los dioses del mundo habidos y por haber para aprobar; en estas semanas, la angustia por los exámenes finales para unos o la selectividad para otros parece generar un sentimiento unánime de pesar que no se ve ni en un maratón de pelis de Bergman. (Eso sí, una vez pasadas esas semanas, las botellas de bares y discotecas se quedan más vacías que los embalses de media España)

Y aunque la vida, el futuro y el dinero nos vaya en ello, poco se puede comparar con el despliegue que hizo el director Cristian Mungiu en uno de los títulos europeos clave el año pasado. Si algo tiene el realizador rumano, es que como todos los autores del este de Europa nos da una patada bien dada en los cojones a la hora hablar de dramas y pobreza. Cada vez que uno piensa en lo mal que estamos y mira la visión de estos directores sobre su entorno, la sacudida es mayúscula y nos gritan que en la Europa occidental aún no sabemos qué significa no tener absolutamente nada y luchar por algo hasta la extenuación. O eso, o que no sabemos plasmarlo y caemos en el ridículo cuando lo intentamos.

Porque a partir de una simple tontería como pudiera parecer el que un padre haga lo imposible para que su hija saque la nota máxima en la selectividad y pueda largarse al extranjero para obtener un futuro mejor, Mungiu construye un gran retrato social muy crítico con su país y sus habitantes, una película que termina siendo más de suspense e intriga que otra cosa, donde el rumano una vez más no deja títere con cabeza a base de una dirección siempre magistral y donde los pequeños espacios devienen por momentos asfixiantes.

Mungiu no se arruga y eso siempre es de agradecer. Pero su elegancia y el modo en el que conduce la historia son aun más admirables. El rumano además sigue siendo uno de los mejores moviendo la cámara en espacios en apariencia muy cerrados, desde pisos pequeños o habitaciones minúsculas hasta pasillos de hospital; y sigue demostrando cierto gusto en alargar hasta la extenuación situaciones límite. Pero por encima de muchas otras cosas, Mungiu ha conseguido dar a su película una pincelada de sutilezas que ya la querrían muchos en la actualidad. Porque ahora que la mayoría suplen la falta de imaginación y la previsibilidad con el mismo discurso de turno, derrochando pretensiones sepultadas en la estética de moda y la bandera que les viene mejor, y donde parece más importante hacer apología mediante aspavientos y panfletos pedantes que otra cosa, difícil está desmarcarse e intentar que la gente mire un poco más lejos y te respete (ya no digo que te aplauda siquiera). Porque claro, la insipidez de una historia se vende mucho mejor si se adecua a los intereses de unos.

En cambio Cristian Mungiu huye de lo fácil sin renunciar a la sencillez. El director que sorprendió a todos en Cannes en 2007 con su película 4 meses, 3 semanas y 2 días aún no ha podido superar el éxito e impacto que tuvo esa cinta en el mercado extranjero (solo tenía hasta ese momento una película anterior que no se llegó a estrenar en España por lo que sé), pero desde entonces ha mantenido un puesto de honor como uno de los mejores realizadores europeos y de los más incisivos. Sin duda se le pueden reprochar cosas a lo largo de su corta pero siempre interesante carrera cinematográfica. Más allá de las colinas (2012) dejó en muchos malas sensaciones, pues podía llegar a ser muy tediosa por momentos, debido al largo metraje y a la repetición de ciertas ideas, pero Mungiu sacaba el máximo rendimiento de sus actrices protagonistas y llevaba al límite el drama del ascetismo, logrando escenas impactantes de gran calidad.

Y el año pasado, con Los Exámenes, Cristian Mungiu recuperaba su mejor versión y volvía a destacar por encima de la mayoría alzándose con el premio a la mejor dirección en Cannes. Un premio que incomprensiblemente tuvo que compartir con Olivier Assayas (al menos la sorpresa fue mayúscula para los críticos no franceses). Pero esta vez el realizador no echaba la vista atrás a la oscura época de Ceausescu, sino que recurría a la actualidad para recordar el pasado, mostrar el presente e imaginar el futuro aún gris que vislumbra para Rumanía.

Para ello Mingiu creaba al personaje principal de Romeo (Adrian Titieni), un médico de reputación y padre de familia que ante todo desea con ansias que su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus), una estudiante sobresaliente, aplicada y con grandes aptitudes, consiga la media de prácticamente dieces para acceder a una plaza de estudios universitarios en Inglaterra y así no tener que quedarse en Rumanía sin las oportunidades que le deseó siempre su padre. Pero la fijación del padre con este objetivo se truncará cuando su hija sufra una agresión en la calle poco antes de los exámenes y las posibilidades de realizar con éxito las pruebas se vean alteradas.

A partir de este planteamiento en apariencia exagerado, Cristian Mungiu desarrolla una gran intriga en la que este padre luchará incansablemente para que su hija logre el sueño que él se ha propuesto. Así, un hombre que ha sido honrado toda su vida y ha inculcado los mejores valores posibles en su familia, se irá descubriendo como alguien que ahora que lo necesita recurrirá a conocidos en el poder para lograr un favor. Y a partir de una pequeña trampa, una mentira o un truco si se prefiere, Romeo se irá metiendo en el grupo que siempre despreció desde su juventud y que considera parte de los problemas de su país. En su interior, la tensión irá creciendo cuando el miedo a que descubran su treta empiece a hacer mella en él, no sabiendo ni si su hija será capaz de participar en lo que le desea proponer. Porque Romeo hace todo a espaldas de su hija y sin tener en cuenta su opinión ni sus planes para el futuro. Para él, en Rumanía no hay futuro, no existe esperanza alguna, sólo ve crimen, corrupción y pobreza. En un gran momento de la película, Romeo hace esta reflexión a su hija recordando las malas decisiones que tomó de joven y que no quiere que ella repita: “Tu madre y yo nos fuimos del país y regresamos en el 91 pensando que las cosas cambiarían. Pero nos equivocamos. Fue una mala decisión. Pensábamos que moveríamos montañas. No movimos nada. Sin embargo no me arrepiento, al menos lo intentamos”. En esa escena, Cristian Mungiu logra mediante sutilezas descubrir la cara oculta de Rumanía. Para él nada ha cambiado prácticamente desde la caída del comunismo y así se lo quiere hacer saber a los espectadores gracias a su posición. Para Mungiu, todo lo que parece bonito de cara al exterior en su país, por dentro sigue podrido. Por ello resulta tan interesante la relación padre-hija en la película: está claro que Romeo quiere a su hija, pero llega un momento en que se ve que todo lo hace más pensando en él que no en ella. No ve que aquello que él considera mejor puede no serlo para su hija. ¿Alguien se siente identificado en esta parte?

(A partir de ahora sigue la historia con SPOILERS en este párrafo):

Dos son los aspectos fundamentales que se pueden extraer de la película. Por un lado la doble moral de un hombre maduro, Romeo, que siendo toda su vida un modelo de padre y profesional médico, honrado, noble y respetable, tira por la borda todo en cuanto cree aún a riesgo de ser encarcelado. Sabe que está haciendo algo malo que infringe las normas, pero para él el fin justifica los medios. Es un acto de amor desesperado hacia su hija. Pero no se da cuenta que en ese sentido está siendo egoísta. Igual que es egoísta ocultando una amante y un hijo al que sólo ve de vez en cuando, creyendo ser lo mejor cuando en realidad su propia hija Eliza está al corriente pero hace como que lo ignora. Y es Eliza el otro punto fundamental, quien será la que deba decidir el camino a seguir en la vida al realizar los exámenes y ver también si será capaz de reconocer al agresor que desencadenó todos los acontecimientos. (OJO QUE VIENE EXPLICADO EL FINAL). Y será ella la que al final obtenga una doble victoria moral sobre su padre  Eliza demostrará su entereza, siendo más honrada que su padre, y además le enseñará aceptar sus decisiones. Y por otro lado quedará expuesta como el futuro de su país que sí puede mejorar, que cree en cambiar las cosas porque mantiene la integridad que su padre perdió. El retrato final de todos los alumnos posando en una foto le sirve al realizador Cristian Mungiu como retrato del futuro de su país. Y es en ese final donde parece asomar cierta esperanza. Pero la cámara se mantiene a distancia. Quizás porque Mungiu ve ese futuro en la lejanía, quizás porque es un poco escéptico, o porque cree que ya no formará parte de él ni lo vivirá.

(FIN SPOILERS):

Del aspecto técnico y artístico poco malo se puede decir. Mungiu siempre logra interpretaciones brillantísimas y es de aquellos que no sabes si los secundarios los saca de la calle o son actores profesionales (atención a la gran escena de tensión que se desarrolla en una rueda de reconocimiento en una comisaria con un grupo de sospechosos). Adrian Titieni era la primera vez que lo veía en pantalla, y desde luego borda el papel y sufres con él. Y a Maria-Victoria Dragus cuesta reconocerla en un papel tan distinto de aquella chica llamada Klara que interpretaba en La Cinta Blanca (2009). Sin embargo demuestra que aquel papel que le dio Haneke años atrás no fue por casualidad. Junto a estos dos actores, vemos desfilar a todo un grupo de personajes que encarnan la situación en que se encuentra un país, Rumanía, y los problemas que sigue arrastrando.

Cristian Mungiu mantendrá también algunos misterios en la película, cosas que no dejará resueltas del todo que chocarán a algunos. Pero en ningún caso es con mala intención.

Si crees que se pasa mal tanto antes, durante, como después de un examen, mira la peli para saber hasta dónde se la puede jugar uno cuando está en riesgo el futuro soñado. No es una intriga al uso, pero Mungiu domina a la perfección esos tempos y los combina como pocos con el drama.

Aquí en nuestro país son otros los exámenes que unos terminan pronto y otros ya ven como en el pasado. Es otro tipo de sufrimiento distinto que no siempre tiene un final feliz de película ni es igual para todos. Pero tampoco todas las películas se ven iguales tras pasar ciertas experiencias. Y esta, a lo mejor, puede ser una de ellas.

Suerte a todos.

Al Swearengen

Al Swearengen

Tengo la sensación que bueno y malo son palabras demasiado extremas que usamos a la ligera. No creo que la vida y la mayoría de cosas y personas en este mundo puedan ser expresadas en términos tan absolutos. Ni siquiera estoy seguro de si se pueden aplicar al arte, y menos aún al cine.
Al Swearengen

Escribir respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.