Logan: un adiós agridulce

Han pasado casi 17 años desde que Hugh Jackman se convirtió en Lobezno en aquella lejana X-Men, una de las películas que plantó la semilla de lo que se terminaría siendo el actual boom del género de los suerphéroes en la gran pantalla. 17 años en los que han conseguido exprimir a un personaje que a priori no da mucho de sí, pero que ha terminado convirtiéndose en uno de los favoritos del público y en los que ha compartido pantalla con un Patrick Stewart igual de memorable en la piel de Charles Xavier. Ellos dos son sin lugar a dudas los principales responsables (junto a Ian McKellen) del tremendo éxito que ha tenido la saga de los mutantes, y es que la química entre el profesor y el alumno rebelde ha sido siempre uno de los puntos fuertes de las producciones de Fox. Logan supone el adiós del héroe de las garras, un adiós que ya se anticipaba agridulce en cuanto a tono y que prometía elevar el género de los superhéroes un par de escalones más, como ya lo hiciera en su momento la trilogía de Batman de Christopher Nolan. Lo cierto es que casi lo consigue.

Las películas del “universo X-Men” siempre se han caracterizado por lo mismo: su irregularidad. Es realmente sorprendente como los largometrajes de la casa Fox son capaces de lo mejor y de lo peor con pocos años de diferencia, siendo los ejemplos más claros X-Men 2 y X-Men: La decisión final. Mientras que la primera está considerada una de las mejores producciones de capa y spandex de la década pasada, la otra es la entrega más lapidada de toda la serie. Logan se aleja de todos esos trabajos, ofreciendo un tono que la acerca más al western clásico con toques de road movie y slasher, presentándonos una historia que se olvida de casi todos los mutantes secundarios y se centra en la relación entre un Lobezno más agrio que nunca y un profesor X machacado por el paso del tiempo.

El argumento es una simple excusa para volver a juntarlos y ofrecernos algunos de los mejores momentos de estos dos personajes, y es que el corazón de la película está en sus protagonistas, no en su historia. Uno no puede evitar sonreír al verlos compartir planos e intercambiar frases, y es que esos dos héroes magullados han crecido y envejecido delante de nuestros ojos. La sobriedad del guión contrasta con unas escenas de acción un tanto aburridas pero en las que Jackman saca toda la rabia que lleva dentro; la furia que transmite y lo visceral de las imágenes que nos ofrecen compensan una dirección un tanto plana y aburrida en este aspecto. Lo que mueve a la película son sus pausas y sus silencios, su ritmo tranquilo pero constante, no las garras ensangrentadas.

A pesar de la sencillez de la historia, James Mangold (quien realiza las labores de productor, director y guionista) comete un pecado capital cada vez más habitual en el cine “palomitero”, y es el uso de lo que sería el equivalente a un vídeo de YouTube de teorías conspiratorias metido con calzador a media película para desarrollar puntos clave de la historia, algo que choca completamente con el ritmo narrativo que ofrece hasta ese momento y termina cerrándose con una “sorpresa” que no acaba de encajar por una ejecución un tanto torpe por parte del director.

Incluso con esos fallos, Logan termina siendo una despedida por todo lo alto que ofrece sonrisas y lágrimas a partes iguales, que golpea al espectador una y otra vez pero sin olvidarse de dibujar rayos de luz y esperanza en el horizonte. Los fans del personaje quedarán más que satisfechos, y es que por fin han conseguido hacer una película de Lobezno que está a la altura de las expectativas y de su legado. 17 años que parece que empezaran ayer, y que sin duda alguna dejan una marca dorada en la historia del cine de superhéroes.

Lucas Di Rado

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"O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte convertido en un informático."
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