Las chicas del cable: Netflix apuesta por el culebrón juvenil

¿Puede sustentarse el interés de una miniserie de ocho horas de duración, con una factura técnica envidiable que sale bastante mejor parada que sus diálogos, valerse simplemente del trabajo de sus protagonistas? Sí… y no.

En estos momentos todas nuestras operadoras están ocupadas encontrándose a sí mismas, le rogamos que vuelva a llamar pasados unos minutos…


No sería la primera vez, y sin salir de Netflix pongo como ejemplo a Orange is the New Black, en que la endeblez argumental de una mal llamada serie para chicas se beneficia de la fortaleza dramática de un cuarteto protagonista que en tres de sus componentes roza, sin llegar a tocarla, la perfección individual -sí, hablo incluso de Blanca Suárez-.

El independentismo ya existía mucho antes que el procés catalán…

Lo que cuesta más de digerir es que una cosita tan absurda como ésta, tan perjudicada por ese imposible cóctel entre modernidad juvenil y tufo a culebrón -que es marca de la casa en Bambú Producciones– pueda tenerse en pie tan solo gracias al trabajo de una intérprete, que no solo toca, sino que rompe, traspasa y machaca la barrera de la perfección, una inmejorable Nadia de Santiago a la que le bastan un par de minutos para merendarse a sus compañeras de reparto con una facilidad que francamente acojona.

Nadia de Santiago es Marga, una teleoperadora recién llegada del pueblo.


Pero Nadia de Santiago es simplemente una actriz, no la Virgen de Lourdes, y no es capaz de obrar milagros -sobre todo en las escenas donde no aparece- ni borrar de mi mente una punzante sensación de vergüenza ajena que me invade cada vez que, en cualquier escena romántica/dramática, se subraya la intensidad del momento con una enfatizante -y muy, muy desubicada- BSO repleta de empalagosas canciones pop más propias de los 40 principales que de un relato ambientado a principios del siglo XX.

¡Contigo no, bicho!


Hay únicamente dos hallazgos interesantes en Las Chicas del Cable que he extraído tras soportar a duras penas sus ocho capítulos: el primero de ellos es comprobar que incluso cuando tienes el talento de Ana Polvorosa puedes meter la pata y exponerte a hacer el ridículo por culpa de un peluquero y unos estilistas que te odian, y la otra descubrir que en algunos de los restaurantes más exclusivos de Madrid, donde se reunía la gente guapa y la alta sociedad de los años 20, ya se podia escuchar música house y electrónica de fondo.

Martiño Rivas, Blanca Suárez y Yon González forman un triángulo amoroso.


En todo caso, no pienso arriesgarme a ver la segunda temporada de este culebrón juvenil que habría encontrado mejor acomodo en las sobremesas de Antena3, no vaya a ser que si me atrevo a tocarles el cable a estas chicas, esté pelado y me arree un calambrazo. Menos mal que el catálogo de Netflix es más amplio que el de cualquier canal de televisión en abierto.

El reencuentro entre Lidia y Francisco hará que brote la pasión.

Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

Latest posts by Antonio López (see all)

Escribir respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.