La Bella y la Bestia: La misma bestia con distinto collar

El arranque de La Bella y la Bestia es un preludio comprimido de lo que Bill Condon está a punto de ofrecer: por un lado están las prolongaciones de metraje sobre secuencias del clásico original, estirando el relato en una excusa para añadir nuevas canciones -algunas de su adaptación teatral en Broadway- que palidecen al lado del repertorio creado por los propios Alan Menken y Howard Ashman en 1991, y por el otro, sosteniendo el refuerzo nostálgico de este remake, persisten las obligatorias inclusiones de los mismos números musicales de la cinta animada de 1991, reciclándolos en un formato de imagen real con el que no terminan de ser compatibles, con la excepción de un formidable inicio que aúna lo mejor de las coreografías multitudinarias de Oliver (1968, Carol Reed) y la fotogenia individual de una encantadora Emma Watson que a veces recuerda a la de Julie Andrews, tarareando en la cumbre de una colina, en Sonrisas y Lágrimas (1965, Robert Wise).


El resto es una reescritura reproducida, diálogo a diálogo, del mismo libreto de Linda Woolverton, con pequeñas alteraciones argumentales y numerosas connotaciones de inclusión étnica en el reparto en aras de lo políticamente correcto.

Plumette sigue siendo el interés romántico de Lumiere

Bella (Emma Watson) es una joven campesina que vive aislada con su viejo padre Maurice (Kevin Kline) en una aldea de la campiña francesa, alejados del ajetreo de París, mientras es pretendida por el bravucón terrateniente del pueblo, Gastón (Luke Evans), quien jamás se separa de su leal (y enamorado) esbirro LeFou (Josh Gad). La vida de Bella cambiará cuando su padre descubra la existencia de un siniestro castillo en el que habita una misteriosa Bestia (Dan Stevens) condenada bajo los efectos de una maldición.

Gastón y LeFou, dos compañeros inseparables


La Bella y la Bestia apenas se distingue del resto de adaptaciones recientes a imagen real de los clásicos de Disney, salvo porque de ésta emerge un generoso ejercicio de humanización que dota a sus personajes de un pasado, con un par de pinceladas biográficas a modo de flashbacks, tanto en sus dos protagonistas como en el anciano Maurice con los rasgos de Kevin Kline.

Bella cuida de su padre, el viejo inventor Maurice


Pero cuando llega el momento de repetir las secuencias musicales que mejor atesoramos en la memoria, Condon no sabe recrearlas con la misma emoción que Kirk Wise y Gary Trousdale hace 26 años, y en el caso de una desangelada versión de Que Festín resulta aún más sangrante la diferencia.

Ewan McGregor se transforma en Lumiere


Tal vez si se hubiese partido de cero, sin la obligación de reescribir palabra por palabra el mismo guión, ni reutilizando la misma música incidental, Disney habría podido gestar una película totalmente nueva y, con suerte, otro clásico que añadir a su larga lista.


La Bella y la Bestia de 2017 es como un producto de artesanía inacabado que te deja con la sensación de lo que pudo ser y no fue, como si se tratara del esbozo de algo que aspira a ser perfecto. La Bella y La Bestia de 1991 ya era perfecta desde el momento en que nació, y no se me ocurre ninguna razón de peso para que hubiese que volver a rodarla.

Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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