Kong: el rey ha vuelto

En 2014, Gareth Edwards fue el responsable del renacimiento de la franquicia de kaijus más importante de todos los tiempos con la irregular Godzilla,una superproducción que intentó revitalizar el género con un acercamiento más terrenal y humano al que nos tienen acostumbrados las películas de monstruos gigantes. A pesar de ser un trabajo soberbio en muchos aspectos, esa Godzilla cometió el gran fallo de relegar al monstruo japonés a un segundo plano, colocándolo por detrás de la historia de un aburrido soldado que intentaba reunirse con su familia en medio del caos, además de desaprovechar el papel de Bryan Cranston y contar con un Ken Watanabe cuyo único objetivo era poner cara de asombro en cada una de las escenas que aparecía. Eso, y bautizar a “Gojira”.

Era solo cuestión de tiempo que una productora, en este caso Warner Bros, hiciera pública su intención de realizar un universo cinematográfico alrededor de esas figuras descomunales que destruyen ciudades con cada paso que dan. De ahí nace Kong: la Isla Calavera, una película que forma parte de este recién nacido kaijuverse (donde también “vive” el Godzilla de Edwards), y que supone la segunda aparición del mono en este siglo XXI tras la excesivamente larga King Kong de Peter Jackson. Y se puede afirmar que todos los errores cometidos por los anteriores trabajos han sido subsanados.

Jordan Vogt-Roberts tiene bastante claro lo que el público espera en una película de este tipo: ver todos los monstruos posibles repartiendo palos a diestro y siniestro. A diferencia del trabajo de Edwards, donde nos ofrecía pequeñas secuencias en las que Godzilla apenas se dejaba ver y que terminaban por ponernos de los nervios, en Kong la estrella es ese mono que desde el primer minuto deja patente que él es el rey de la isla. La historia y el extenso reparto, repleto de actores de primer nivel que se ponen en la piel de personajes totalmente prescindibles (con la excepción de un magnífico John C. Reilly), son simples excusas para transportarnos y acompañarnos a una isla desconocida poblada por extrañas y terroríficas criaturas donde el rey mono se encarga de mantener el orden.

Con un ritmo trepidante, el largometraje no da un solo minuto de respiro, y a pesar de algunas secuencias un tanto extrañas en cuanto a desarrollo y edición, lo que de verdad importa, esas set-pieces protagonizadas por la fauna de la Isla Calavera, son espectaculares en todos los niveles. Es imposible contener a ese niño pequeño que llevamos dentro y no emocionarnos al ver a ese monstruo más alto que montañas poner ley y orden en su territorio.

Kong: La Isla Calavera es un espectáculo audiovisual de principio a fin, con planos y escenas dignas para el recuerdo (bendito seas Larry Fong), plagada de homenajes y guiños no solo a otras obras del género, sino a otros trabajos tan alejados como Apocalypse Now o Akira, y consciente de su propia naturaleza hasta el punto de que, en lugar de avergonzarse, se recrea en ella y dobla la apuesta en cuanto a “monstruosidades” y bichos gigantes. Compararla con el clásico de 1933 sería absurdo; este Kong es más salvaje y ridículo, y eso es precisamente lo que le hacía falta para convertirse en un nuevo referente del género. Jordan Vogt-Roberts puede darse todos los golpes en el pecho que quiera: Kong es una auténtica delicia.

Lucas Di Rado

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"O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte convertido en un informático."
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