Yo, el Halcón: Menudo es mi padre

Ni siquiera pienso adoptar una actitud benevolente, mirándola por encima del hombro, y etiquetar a ‘Yo, el Halcón’ (1987, Menahem Golan) como un placer culpable. Es larga, generosamente larga, la lista de películas chuscas, de esas que por su simpleza se presuponen erróneamente malas, que no me canso de volver a ver, una y otra vez. ‘Yo, el Halcón’ (1987, Menahem Golan) es una de esas chorradas incomprendidas.


No me importa lo unidimensionales y telefílmicos que sean sus personajes: una madre enferma, un padre ausente y buscavidas que se ve forzado a ejercer como como tutor, el previsiblemente antagónico Robert Loggia tratando de separarle de su hijo y, por supuesto, un tierno lechón adolescente que aprenderá a querer a su progenitor y ver su belleza interior blablabla…


Lincoln Hawk (Sylvester Stallone) es un camionero que trata de ganarse de nuevo el cariño de su hijo cuando, al enfermar gravemente su mujer, cumple su última voluntad de retomar el contacto con él. Hawk y el pequeño Michael (David Mendenhall) viajarán juntos hasta el Campeonato Internacional de Pulsos (¡!) que se celebra en Las Vegas, evitando las constantes intentonas de su abuelo (Robert Loggia) por separarles.


Me quedo con la mejor parte en el más logrado (o el menos fallido) de los saltos a la dirección que efectuó el productor y guionista Menahem Golan y, generalmente, en todas aquellas majaderías testosterónicas que Sly protagonizó desde inicios de los 80 hasta bien entrada la década de los 90: la exaltación de la masculinidad encauzada hacia una ambiguedad remarcadamente gay, las continuas alusiones en sus diálogos a la filosofía de autoayuda y frases de superación personal, los montajes con secuencias dramáticas aderezadas con baladas de rock melódico y un buen puñado de secuencias grabadas a fuego en el paroxismo de la virilidad -esos gigantes monstruosos y sudorosos echando pulsos con la gorra vuelta del revés-.


No puede decirse que este tipo de peliculas no se perpetraran con las ideas preclaras y unos objetivos honestos, y el que otros -entre los que no me incluyo- no comulguen con su acabado formal ya es harina de otro costal. A mí al menos no me avergüenza admitir que muchas de estas cintas -en VHS, por supuesto- forman parte del ADN de mi educación cinéfila tanto como las comedias mudas de Harold Lloyd, los vodeviles eróticos de Mariano Ozores o los más populares blockbusters producidos/dirigidos Steven Spielberg. Los 80 fueron lo que fueron, no le demos más vueltas.

Antonio López

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"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
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