Francofonia: Sokurov sigue a lo suyo reventando esquemas

francofonia_le_louvre_sous_l_occupation-823031435-largeMal que les pese a muchos, Alexander Sokurov es uno de los realizadores más respetados y alabados en el mundo cinematográfico actual. Goza de un prestigio intelectual al alcance de pocos, siendo un referente indiscutible para los mayores académicos y especialistas y para algún que otro gafapastas; y no es descabellado considerarlo junto a Zviaguintsev el referente del nuevo cine ruso.  Eso no quita que tenga un número aún mayor de detractores, quienes lo ven como un niño mimado muy sobrevalorado, un presuntuoso, que hace lo que le da la gana aprovechándose de su condición de artista y que pase lo que pase siempre llega a los mejores festivales consiguiendo hacerse un hueco – y a veces rasca algún que otro premio – aún teniendo todo en contra. Se piensa que si su origen no fuera ruso quizás no llamaría tanto la atención y sus películas no encontrarían refugio alguno. Pero nadie puede discutir su continua búsqueda de nuevas miradas en el lenguaje cinematográfico, experimentando en muchas ocasiones y adentrándose en terrenos en los que muy pocos se atreven a meter los pies (y el ojo) por miedo al fracaso y a la radicalidad de sus formas. En ese sentido, sí que Sokurov parece ajeno a las críticas y no cede ante ningún obstáculo del tipo que sea; él va a lo suyo aunque en muchas ocasiones eso no significa que sepa hacia qué dirección va y se guíe por mero instinto o intuición.

francofonia01Francofonia es una miscelánea de géneros, temáticas y pensamientos cuyo eje central sería el Museo del Louvre. En ningún caso hay que pensar en esta película como una segunda parte o continuación de su obra El Arca Rusa (2002), ni como un contrapunto o complemento. La única relación existente es en cuanto al uso de museos de fama mundial para dejar desarrollar todo un cúmulo de ideas. Y si en El Arca Rusa su director hacía un recorrido por la historia del país a través de las salas del Hermitage utilizando, según él, pensamientos simples expresados con palabras simples para evocar sentimientos muy profundos, en Francofonia parece centrarse más en la historia del Louvre, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, para soltar un sinfín de reflexiones profundas de la forma más abstracta posible, combinando todo tipo de técnicas y saltando de una a la otra borrando por el camino los atisbos de un posible argumento; más bien son pequeñas historias con más o menos sentido unidas por el museo parisino más emblemático. La principal de todas ellas nos narra la historia real que hubo entre el francés Jacques Jaujard, director del museo, y el conde alemán Franz Wolff-Metternich, quien fue el encargado de la Kunstschutz que pusieron en marcha los nazis, asegurando la conservación de las obras de arte. Entre ambos personajes se estableció una relación peculiar donde los dos antepusieron el bienestar y el cuidado de las piezas del museo a los intereses nacionales, salvaguardando las obras en diversos castillos alejados de la guerra y evitando su envío a Alemania.

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De todas formas hay que ver la mala pata que han tenido con su estreno, no sólo por ser en muy pocas salas de nuestro país (eso se daba por hecho), sino porque en las últimas semanas el Louvre ha estado en el punto de mira por la crecida incesante del río Sena con las inundaciones. Su desbordamiento hacía pensar que muchas obras de Louvre corrían peligro y se cerró el espacio a los visitantes, trasladando muchas piezas con días de antelación. En esta anécdota sin embargo reside quizás una de las obsesiones más presentes en la película de Sokurov: su obsesión por preservar el arte, además de la importancia de éste para hablar sobre el propio ser humano y la historia de la humanidad. Sokurov recurre continuamente a él de todas las formas posibles y lanza preguntas al espectador por doquier sin dar tiempo siquiera a adentrarse en ellas. Recorre salas, acude a personajes de la historia, usa documentos y cuadros para resaltar ideas, narra él mismo desde su despacho los problemas que tiene, recrea supuestas escenas dadas durante la ocupación nazi de París…

Para Sokurov no hay barreras, todo vale, todo sirve en el cine como vehículo para adentrarse en todas las cuestiones que colman su mente. Por momentos, parece emular a Godard (tampoco me tiréis piedras los puristas por decir esto), haciendo aparecer la claqueta en muchas escenas; ejerce de narrador pero luego interactúa con sus personajes y les hace hablar a cámara. En resumen, la densidad de conceptos y de formas es tal, que a pesar de durar menos de hora y media, uno puede acabar muy saturado. Porque Sokurov a ratos nos ofrece un documental, a ratos nos ofrece un diario, a ratos una recreación de los hechos históricos, y a ratos se encuentra en tierra de nadie, intercalando una conversación con un Napoleón que se cree dueño de todo cuanto hay en el museo o a la Marianne de Delacroix paseando de capa caída repitiendo su famoso liberté, égalité et fraternité, como consciente de su pérdida de valor en los últimos años y la decadencia de lo que fue el centro de Europa. Se puede pensar que Sokurov se cuestiona mucho el significado de la Europa actual, e intenta ir en busca de ese “arte” que supuso Paris y Francia como cuna del hombre moderno y de la libertad. Pero como quiero resaltar, en ningún momento Sokurov elige el camino fácil.FRANCOFONIA_-_4

La película gustará a sus fans, pero los más acérrimos quizás la vean un pelín por debajo de lo que nos tiene acostumbrados el director ruso; los que ni les va ni les viene se sentirán bastante decepcionados, y los que no han visto nada de este autor y esperan un film al uso saldrán pitando a los 10 minutos mareados.

A mí, por lo menos, me ha gustado los momentos en que Sokurov muestra su entorno y un poco el día a día, hablando de forma pausada y comprensible, imaginándose que puede conversar con Chéjov o Tolstói para preguntarles todas las inquietudes que tiene metidas en la cabeza. Sí, en esos momentos parece más bien un tipo muy desequilibrado, pero sus cuestiones esconden mucha lucidez, quedándose sin respuestas, ya que no se sabe si realmente Sokurov las desea. Por momentos, parecerá que defiende una postura, pero luego explicará unos hechos históricos y uno pensará que cambia de opinión o quiere crear confusión. Así que si uno entra en el mundo de este ruso, puede salir escaldado pero fascinado, pero deberá poner todo de su parte y no esperar nada a cambio (ése es el mayor riesgo). Sokurov no regala nada, y como artista que empieza a ser muy admirado e incluso estudiado en algunas academias y escuelas de cine no debe explicaciones a nadie, no requiere de justificaciones; lo suyo es el cine por el cine. Él lo dará todo, pero el espectador nunca podrá restar pasivo. Y eso, aquí, nos sigue pesando y mucho.

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Al Swearengen

Al Swearengen

Tengo la sensación que bueno y malo son palabras demasiado extremas que usamos a la ligera. No creo que la vida y la mayoría de cosas y personas en este mundo puedan ser expresadas en términos tan absolutos. Ni siquiera estoy seguro de si se pueden aplicar al arte, y menos aún al cine.
Al Swearengen

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