Fariña: Tercera dosis

“La fariña es el futuro”, abre este tercer capítulo que viene a marcar el punto final de un muy vigoroso y sustancial prólogo que ha conseguido retratar, con gravedad y espesor, el cómo, el cuándo y el porqué de una crónica a ratos negra, a ratos amarilla; al que únicamente se le puede afear la lobotomización de algún nombre propio esencial para transcribir la complejidad de tal estructura.

Ese “La fariña es el futuro” concluye presentaciones para abrir una corpulenta segunda etapa (nueve episodios son los que restan) -verdadero zócalo documental y argumental- que constituirá el meticuloso análisis que los numerosos pliegues de este relato requieren; y es en este “1983” donde la historia empienza a torcer por la esquina de la codicia y de la violencia, dejando atrás atenuantes y coartadas que justificaban la nobleza del derecho a la supervivencia en una zona que supo reformar provechosamente su condición de periférica en estratégica.
Episodio de transición, prescinde de la vivacidaz de los dos anteriores para relatar de manera casi profiláctica el inicio de la lucha contra el narcotráfico, cuyo punto de partida fue el cambio de ley que convertía en delito el contrabando, dejando sin titubeantes excusas a los que temían las consecuencias penales. Sanciones similares, beneficios más jugosos: la decisión de pasarse al hachís y a la cocaína era más sencilla de tomar que nunca, sobre todo para los jóvenes que no tenían las ambiciones políticas de Terito. Es, también, en esta entrega donde empiezan a mostrarse los contactos que esta suerte de gerente mantenía con altos cargos de AP, partido al que hacía generosas y numerosas donaciones. A tal punto llegó su influencia en la sede de la comarca que pudo asegurarle un puesto de edil, primero, y una alcaldía de casi veinte años en Ribadumia, después, a uno de sus hombres de confianza: Nené Barral, Nino en la serie, personaje digno -dignísimo- de un suculento spin off.


Es también en esta entrega donde la persecución policial parece estrecharse en torno a los capos, acercándonos, por un lado, a esa primera gran redada de consecuencias muy sorprendentes, que acabará con algunos de ellos -aquí volveremos a echar de menos el nombre de Marcial Dorado en caso de que siga sin aparecer- estrechando lazos con los colombianos en Carabanchel; y por otro, siendo motivo de los primeros conflictos y anécdotas tan surrealistas como la que protagonizó Sito (siempre es Sito) en sede judicial, cuando después de haberle sido incautada la mercancía que transportaba en una lancha, contesta al interrogatorio tal que así: “-¿Es verdad que traía usted 6000 (número inventado, no recuerdo las cantidades) cajas de tabaco ilegal?, “-No, eran 12000 y hasta que no aparecan todas, no declaro”. Las cajas aparecieron, y, por supuesto, ya habían sido repartidas entre los operarios de la comisaría.


No es cierto, en cambio, que el incidente de la boda se hubiese desarrollado como la serie cuenta: me refiero a la detención del guardia civil por parte de sus compañeros. Sí sucedió algo muy parecido pero en diferentes circunstancias. En circunstancias menos cinematográficas, al menos. Era público que Orbaiz -nombre real del oficial- tenía un enorme vínculo con el grupo de contrabandistas, garantizando total impunidad y ocultismo a sus movimientos. Una de las primeras estrategias policiales para quebrar esa confianza y desestabilizar esa sensación de seguridad fue sembrar la duda sobre él planteándoles un posible doble juego -la traición se paga muy cara como veremos más adelante- por parte del colaborador. Es la idea que ronda en la secuencia del Pazo Baión, cuando se lo llevan con excusas, solo para insinuar la posibilidad de que los delate.
También tiene mucho más de inspirado que de veraz el papel que la primera esposa de Sito jugó en todo este enredo. Nieves (Rosa Pouso Navazas) nunca rompió del todo el vínculo con su exmarido. El vínculo económico, quiero decir. Nunca, siendo plenamente consciente de las actividades delictivas de su marido y de su forma de estar en el mundo, dejó de participar en los beneficios y, por supuesto, nunca apartó de ese mundo a sus dos hijas, de las cuales, al menos una, acabó siendo detenida.


Merece ser contada, de la subtrama de esa separación, la forma en que Camila (Odalys Rivera) consigue manejar a un Miñanco ambicioso e imprudente. Merecen ser contadas, de hecho, todas las historias que hay detrás de cada nombre de mujer: el sacrificio, la codicia y el sigilo con el que actuaron ellas tiene muchos más matices de lo que vayamos a ver nunca en las figuras masculinas, por muy carismáticas -mezcla de esa pujanza juvenil e insolencia- que se muestren en pantalla.


Estupendo tercer episodio, con ese cambio de modulación, manteniendo el énfasis pero rebajando el júbilo, que tan bien le sienta al planteamiento de un esquema absolutamente necesario para perfilar una realidad que, así a todo, resulta incomprensible: lo veremos en el cuarto, entiendo, cuando las primeras operaciones nos demuestren hasta qué punto somos un país de corruptos, de necios y de inmorales.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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