Fariña, doble dosis: capítulos 8 y 9

Portabales, apellido que en Galicia transmite desconfianza y torpeza a partes iguales, estrena la octava dosis de Fariña contextualizando una España que no parecía esforzarse demasiado en disimular su impericia política. La muerte del compañero de celda del que será absoluto protagonista de la incipiente Operación Mago -nombre que se le dio originaria y originalmente a la Operación Nécora, referenciando a Baltasar Garzón, juez que dirigió la instrucción- es una más dentro de las crecientes estadísticas de las víctimas que la droga estaba dejando en las calles, en los hospitales y en las cárceles. Estadísticas que alcanzaron máximas de gravedad durante los años 1989, 1990, 1991 y 1992.


La heroína -sustancia a la que no se alude directamente en la serie-, su adulteración, el sida, la reaparición de la tuberculosis y la hepatitis hacen estragos en las zonas de costa y los barrios obreros, escenarios humildes donde la utilización de jeringuillas compartidas, el uso del agua de alcantarillado o el consumo de la droga mezclada con yeso, polvo de ladrillo, azúcar, aspirina, tiza o colacao precipitaron tanto el contagio como el proceso de deterioro físico de los enfermos. No será hasta un tardío 1992 cuando la metadona gratuita llegue a los centros de ayuda a toxicómanos y lo hará en medio de gran polémica dentro del colectivo sanitario por parte de una gran mayoría de doctores que, sin embargo, la recetaban en sus consultas privadas a precio de percebes.

No profundiza Fariña en el tema porque ninguno de los clanes protagonistas es culpable de introducirla y/o distribuirla, al menos durante los años que esta primera temporada dibuja la serie (Yolanda Charlín -Leticia- será detenida muchos años después y relacionada con un laboratorio desde donde se distribuiría) y de ahí la desconfianza que el colectivo de Madres contra la droga generó, especialmente Carmen Avendaño, entre los sectores más críticos de este semi-espontáneo movimiento -entre los que me incluyo-.


Treinta segundos bastan para dar testimonio y detallar el deprimente panorama carcelario que presentaba un dramático 70% de la población (superpoblación) reclusa enferma, con episodios de violencia, intimidaciones y abusos policiales que pusieron en marcha el Régimen Fies y provocaron reformas y contrareformas penales absolutamente restrictivas en materia de drogodependencia (ley Corcuera). La solvencia del equipo técnico y artístico de esta serie es digna de reconocimiento: han dado fondo y forma, sin duda, al producto televisivo más maduro, mejor concebido y más audaz que se ha estrenado en abierto hasta la fecha.
Serán los siguientes treinta segundos los que cacareen desde una pantalla algunos de los razonamientos con que los narcos defendían en calles y juzgados su particular concepto de inocencia. “¿Si a todos estos -señala a los presos- les da por beber lejía, la culpa es de los que venden la lejía?”. En fin, que tampoco le vamos a pedir a Laureano o a Falconetti, dos individuos que se autodenominan “empresarios de éxito” ni rigor, ni pudor argumentales.


Las desavenencias entre los Bustelo (los Baúlo en Cambados) y los Charlín derivadas de ese episodio que nunca existió (ya hemos contado cómo fue Vioque en solitario quien engañó a los colombianos) sí evidencian una malísima relación que vivirá su episodio más duro con el asesinato de Manuel a manos de unos sicarios contratados por Josefa (Pilar). Las acusaciones entre los patriarcas y los dos jóvenes, las amenazas en ambos sentidos, las denuncias y los engaños fueron constantes en una relación societaria y personal que, sin embargo, mantuvieron incluso después de la muerte de Manuel.
Tiene Fariña el don del equilibrio y de la oportunidad. De la medida, vaya. Sus guiños a la época, a las costumbres, a las particulares identidades de cada personaje, tienen una carga de retranca tan importante como sutil. La escena en la que Esther Lago, mujer excéntrica y exagerada donde las hubiese, le regala a su marido sus famosísimos zapatitos blancos a la vez que introduce al personaje de David Lago (Daniel en la serie) como ese niño del que no quiere despegarse, salpican de ironía los terceros treinta segundos más certeros de este capítulo. David aprendió mucho en casa y poco en el colegio. Así le fue.


Perfiles similares al suyo poseen Melchor y Manoliño, a los que la serie muestra como figurantes de esa especie de fiesta continua de drogas y sexo que fue su vida. Dos víctimas, sin embargo, de ese padre violento, codicioso y cruel que les arrastró a un futuro sin más opción profesional que la suya propia, interpretado, eso sí, por un Morris en permanente estado de gracia. Tal cual. Del alcance de su estupidez da buena cuenta Inma, vecina de Vilanova que actúa de narradora en buena parte del documental de TVE Marea Blanca, en el que relata una anécdota ocurrida durante una fiesta en casa del viejo Charlín, cuando, después de beberse el whisky Chivas directamente de las garrafas, cogieron el coche y se cayeron a la piscina, sin agua, todavía en construcción.

Inma, por cierto, pertenece a esa generación damnificada por la heroína. La recuerdo siendo yo muy, muy pequeña y ella muy, muy guapa, sentada junto a mi tía en la famosa avenida de palmeras del pueblo, donde el grupo de enfermos escondía, semienterradas en los macetones, sus cajas. Allí acudían decenas de familiares cuando los jóvenes no regresaban a casa, les llamaban desde el pequeño busto de Valle Inclán que preside la entrada, incapaces de presenciar tan dolorosas escenas. Cuando alguno de ellos no podía caminar solo, algún amigo le acompañaba y el trayecto se hacía eterno por el estado en que se encontraba cualquiera de ellos. Cuando no tenían nada que inyectarse se pinchaban solo las agujas intentando calmar parte de la ansiedad. Cuando echaban a uno de casa le buscaban donde pasar la noche y si no conseguían colocarle, se turnaban para dormir con él en la calle. Detrás de esta pequeña zona, que fue a un tiempo hogar y sepultura -a escasos veinte pasos- está Charpo, la conservera en la que los Charlines blanquearon gran parte de su fortuna.

Padín, vecino del pueblo, ha visto crecer a Inma, a Gely, Pacheco, a Blanquita (a la que llamaron musa de la generación perdida, con la que Vioque fue especialmente cruel). No corrió el mismo destino que ellos y cualquier alternativa es, obligatoriamente, mejor; pero su vida no fue fácil. Su amistad con Melchor, de absoluta conveniencia por ambas partes, solo le acarreó problemas. Después de delatarles ante la prensa y, arrastrando secuelas físicas y mentales derivados de los excesos, solo pudo iniciar una huida hacia adelante que marcaría para siempre el rumbo de su vida. En sus propias versiones de esos años (ha cambiado sus declaraciones en varias ocasiones) ha relatado amenazas, cortes de frenos en coches y visitas a su domicilio que, durante veinte años en los que hizo uso de un servicio de escolta, fueron neutralizadas.

La misma suerte corrieron los Portabales. El capítulo noveno muestra el principio de ese principio, el momento en que Ricardo cumple pena en prisión desde que el 4 de Febrero de 1989 le detuviesen junto a Avelino Soto -que más adelante le acusará de haberle dejado tirado y pondrá su testimonio en entredicho- en un control policial, incautándole 40 gr. de cocaína, 20 de hachís y un revólver. El 20 de Julio son condenados ambos a cuatro años de prisión y Portabales a uno más por tenencia ilícita de armas. El miedo después de recibir una paliza en la cárcel y la desmotivación por la condena le llevan a enviarle al juez Varela (Pontevedra) las agendas en las que había anotado sus encuentros con los narcos. Este juez considera que el caso le sobrepasa y las agendas acaban en manos de Garzón, que decide entrevistarse con el que será el primer arrepentido de la historia de España y poner en marcha una instrucción que vivirá su momento de gloria el 12 de junio de 1990 -tenía que haber sido el 15 pero se adelantó porque empezaban a llegar advertencias de varias indiscreciones- cuando se lleva a cabo la primera fase de la Operación Nécora.


La secuencia en la que el juez reparte los destinos de forma casi clandestina a policías y guardia civiles es absolutamente real. Solo dos personas conocían todos los datos: el gobernador civil de Pontevedra y Fraga, que fue quien avisó a Terito a las cuatro de la madrugada de que su nombre estaba en la lista de detenciones, nunca Sito. Dice la rumorología que fue visto -Terito- en el aeropuerto de Santiago de Compostela a las seis de la mañana cogiendo un vuelo con destino a Amsterdam. La realidad es que meses después, el 29 de septiembre, se presentó por voluntad propia en la Audiencia Nacional declarándose inocente y saliendo de la reunión en libertad sin cargos después de una rueda de reconocimiento surrealista para la que tuvieron que localizar a cinco ancianos entre centros de jubilados, parques y bares; y en la que Portabales, qu ele había situado en una reunión en Cascais con al menos otros diez narcos, dijo no poder reconocerle con toda seguridad debido al tiempo transcurrido. Horas después daba una rueda de prensa desde el despacho de su abogado para aclarar su situación: era inocente, había estado en Sevilla en casa de una nieta y no se había entregado antes por achaques de salud. Hala.


Miñanco puso rumbo a Panamá y no fue detenido hasta tiempo después, ya en Madrid. Los que sí cayeron fueron Carballo, Manolo el catalán, Albino Paz, Manuel Charlín y Laureano Oubiña en Arousa, mientras que en la capital eran apresados Celso Barreiros y Carlos Goyanes, que arrastró mediaticamente a su amigo José María García por culpa de una conversación telefónica que el periodista recibía por parte del director general de la policía desde un coche oficial, en la que el día anterior, le avisaba de que “un muy amigo suyo estaba a punto de tener problemas en esa redada”.
Sin un gramo de droga incautada se pusieron en marcha la segunda y tercera fases que terminarían con un total de 51 procesados para los que se pidieron un total de 700 años y más de 9000 millones de las antiguas pesetas en multas. El proceso, que abrió con el testimonio de Ricardo Portabales, será tratado en la gran final que nos tiene reservada la serie y que, a buen seguro, mostrará las manipulaciones a las que fueron sometidos los dos testigos protegidos, las contradicciones que dejaron en evidencia la estafa que supuso la instrucción del caso y la falta de pruebas que llevó a que el poder judicial de este país hiciese uno de los ridículos más sonados de su historia. Pero esto será la semana que viene y de ello hablaremos después de disfrutar de otro -éste ya sí será el último, snif, snif- #miércolesdefariña.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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