Fariña: Cuarta dosis

1984 -el capítulo-arranca en 1986, año en el que Miñanco se hizo con la presidencia del Juventud de Cambados, modestísimo club que por ese entonces deambulaba por humildes ligas regionales sin atreverse siquiera a soñar que un par de años después ascendería a Segunda B, que haría las pretemporadas en Brasil, Venezuela y Panamá; que el equipo se presentaría a los encuentros celebrados en casa a bordo de un yate o que sus jugadores cobrarían sueldos superiores a los del Celtiña y el Depor. Tan colosal fue despliegue de medios que el propio Sito acabó afirmando, tras su primera detención, la que le llevó a Carabanchel, que su gran error había sido la excesiva exposición por culpa del fútbol.


De esos años de gloria desmadre deportivo quedan múltiples testimonios (el suyo propio, sin ir más lejo, a sus compañeros en prisión) que aseguran que en las fiestas y recepciones con políticos o artistas de primera línea no faltaban jamás el marisco, el alcohol y las prostitutas de lujo. Había mucho que celebrar y Sito, enfermo de nuevoriquismo, contagió a todo su entorno de euforia.

Son esos años de gloria derroche los que le proporcionan la fama que configurará su leyenda de vecino solidario y de compañero leal. Son muchas -muchísimas- las familias que todavía hoy recuerdan cómo a algún pariente cercano les pagó un entierro, una deuda imposible de saldar, un costoso tratamiento médico o ayudó a remontar un negocio. De hecho es muy difícil encontrarse en esta zona a alguien que hable de forma negativa del trato directo que el narcotraficante ofrecía a sus vecinos. Otro asunto son los políticos que le acompañaron durante esta época: éstos pasaron de pelearse por salir con él en la foto a apoyar manifestaciones en contra del contrabando.


Es tan intensa y tan productiva la actividad en ese período que los clanes no tenían tiempo ni de contar el dinero que enviaban a Suiza. Las bolsas que entregaban a Arrieta (un enlace que les hacía el transporte a través de Francia y que ya había trabajado para ETA) iban al peso. Literalmente. No se hablaba de millones, se hablaba de kilos de pesetas. La secuencia en la que la ROS (Roque, Oli y Sito/Ramiro, Olegario y Sito) tiene que trasladar “los cuartos” es como la vida misma, el amor o la felicidad: verdad y mentira al mismo tiempo. Arrieta (nombre real del transportista) introducía el efectivo de toda la cooperativa en Suíza ante la impasividad de la Guardia Civil y de los funcionarios de aduanas, dejándolo en el interior de un vehículo aparcado. Un trabajador del banco se acercaba, cogía las maletas y las llevaba a la sucursal. Así de sencillo. Así de ágil. Hasta que a finales de los ochenta se abre una investigación que pone el punto de mira en Arrieta, que acaba colaborando con un juez francés y delatando a los narcos gallegos con la excusa de que él pensaba que los beneficios procedían solo del tabaco, pero que esas cantidades le hacían sospechar que no. Nacía así la Peseta Connection, nombre que se le dio a la red internacional de dinero ilegal que se movía desde España. Al gobierno español llegó un dossier con toda la información recopilada. ¿Se hizo algo? Claro que no.

La maniobra local era muy similar. Las sucursales de Vilagarcía, Cambados y Vilanova de Arousa (A Illa pertenecía a este municipio en ese entonces) recibían con honores a los capos, a los que ofrecían diferentes servicios: desde la repartición de los ingresos -e inmediatas retiradas- en pequeñas cuentas de ancianos o discapacitados, hasta la simulación de préstamos o compra de billetes de lotería premiados. Uno de los ejemplos más sangrantes de este tipo de estrategias la protagonizará el recién incorporado Pedro Ventura (el narcoabogado Pablo Vioque) que tramitó un préstamo millonario por parte de una tía suya -muy enferma y extremadamente humilde- a Laureano Oubiña para la compra del Pazo Baión. Ojo a este personaje porque, sin duda, será la figura con menos escrúpulos de toda esta obra.


Hasta ese momento el efectivo lo escondían bajo tierra en sus propios jardines o terrenos, amontonados en decenas de neveras de playa para protegerlos de la humedad, después de que a un miembro de la familia Charlín se le pudriese una fortuna en el sótano de su casa.

Maravilloso el guiño a la realidad actual, no tan diferente de la de entonces, representado en ese libro de contabilidad paralela descaradamente marcado con inculpatorias iniciales.


Algo más alejada, en tiempo y forma, de la historia real se narra la huída de parte del grupo a Portugal. Todo, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, fue mucho más discreto. Marcial (sigo exigiendo un hueco para él), El Carnicero, Ayala, Olegario (OLi), Ramiro (Roque) abandonaron Galicia semanas antes de la redada y se alojaron en diferentes zonas del país luso, donde fueron acogidos por antiguos colegas. No estarían tan escondidos cuando el entonces presidente de la Xunta, Gerardo Fernandez Albor, consiguió reunirse con ellos para pactar su entrega. Días después, Marcial se entregaba y, tras él, los demás. Al escurridizo Miñanco le detendría, de forma muy casual, el inspector de Vilagarcía, Enrique León, que apenas le reconoció a la salida de un bar.
El escándalo de esa reunión y la indignación porque el sumario no incluyese ni a Terito, ni a Oubiña, ni a Charlín acabó con un sancionador cambio de destino para Fdez. Albor y con el bochorno público para el Psoe de un Felipe Gonzalez que, no mucho tiempo después de esto, fue acusado de cobrar cinco millones de dólares por evitar la extraditación de unos presos colombianos a EEUU. De la Audiencia Nacional se dijo que cobró el doble. En ese contexto surge la frase acuñada por Ayala -ésta sí es literal- “No nos van a dejar en paz hasta que Fraga salga elegido”.


Otra sentencia que marcará el rumbo de la ficción de Bambú es la que recoge ese “El tabaco es un mundo de hombres” durante la reunión que las mujeres de Fariña improvisan ante la huída de sus familiares. La actuación de ellas durante esta crisis y el papel fundamental que jugaron después es de una relevancia que merece ser contada de forma exhaustiva y a la que dedicaremos un análisis aparte. Josefa Charlín hija (Pilar Charlín en la serie) y Esther Lago fueron dos grandísimas estrategas con dos formas completamente diferentes de entender el negocio.

Se confirma Fariña -mención especial para Carlos Sedes, director- en esta entrega como documento relevante y como ficción sólida, mantiene el ritmo y se apoya en un pulso firme desbordando calidad y fuerza cuando el guión retoca la trama, a la vez que se sacude los complejos en cada pincelada del costumbrista retrato gallego. Si ya recibíamos con orgullo las gaitas, las procesiones del Carmen y los “cara de cona” de los tres episodios anteriores, en este nos toca celebrar las filloas de Tati.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
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