Elle: Delicias francesas

¡Éste es mi Paul! Has vuelto a rodar otra peli de las tuyas, de las tuyas de verdad, de ésas donde absolutamente todos los personajes son unos perturbados mentales. Bueno, todos no, porque aquí el hijo de la protagonista Michèle (Isabelle Huppert) es directamente gilipollas, aunque bueno, esa es una subtrama irrelevante además del único escollo que encontré para disfrutar plenamente de Elle. El director de Delicias Turcas y Delicias Holandesas -con las que comparte un mismo ADN de anarquismo provocador, más subvertido por el espectáculo en otras aventuras comerciales como Starship Troopers, Desafío Total o Robocop– ha hecho lo mismo de (casi) siempre. Pero no me importa, porque la sarna con gusto no pica y de hecho prefiero que Paul vuelva a retomar su espíritu primigenio, de vuelta a Europa y con un halo de libertad socabado por sus trabajos más alimenticios en Hollywood.

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Supongo que los idiotas que han abandonado la sala a mitad de película -y estoy seguro de no ser el único al que le ha ocurrido al ir a ver Elle a un cine de verdad, no en la pantalla de un ordenador- son tan estrechos de miras como esas divas mamarrachas de Hollywood que han rechazado participar en esta magnífica comedia negra -y a las que el maestro Verhoeven ha declinado mencionar- dada la naturaleza deliberadamente obscena de algunos elementos de su guión situados al margen de cualquier cliché preestablecido en el cine sobre violaciones y venganzas.

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Michèle Leblanc es una alta ejecutiva en una compañía de videojuegos que lleva una vida aparentemente normal, pertenece a una clase social acomodada y vive anclada en una rutina placentera, hasta que un día es violada por un extraño dentro de su propia casa. Su familia, amigos y compañeros de trabajo se verán contaminados por el juego paranoico que la empuja a intentar revelar la identidad del misterioso asaltante enmascarado, no para vengarse de él sino para atraerle de nuevo hacia ella. Desde que sufre este ataque, Michèle se comporta como una suerte de Séverine Serizy en Belle de Jour (Luís Buñuel, 1967) glosada a un entorno presente que descubre un insólito placer cada vez que vuelve a ser agredida sexualmente por el mismo desconocido.

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La diversión para el espectador empieza y acaba con un macabro círculo de seducción fetichista, sadomasoquismo y derroteros morbosos inflados por el traumático pasado de la mujer a la que da vida con confiada serenidad una flemática Isabelle Huppert.

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El realizador holandés siempre ha sabido cómo restarle hierro a cualquier tema tabú por escabroso que resulte, como ahora la violencia de género, dando pie a cuestionables relecturas éticas que aunque parezcan involuntariamente jocosas en realidad hurgan deliberadamente en la herida para transformar el dolor en un objeto de broma.

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Esperemos que ésta no sea la última vez que la cartelera recibe un nuevo trabajo de este venerable matarife de lo políticamente correcto y cuyo sentido de la provocación sigue dejando tras de sí una inconfundible huella de controversia. Te seguimos queriendo, viejo loco.

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Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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