El Club de la Lucha: 15 años después

“Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la Historia. Desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una Gran Guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual. Nuestra Gran Depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados.”

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David Fincher nos sorprendió a finales de la década de los 90 con la adaptación de la primera y aclamada novela escrita por Chuck Palahniuk, publicada sólo tres años antes. Tras cintas como Se7en (1995) y The Game (1997), el broche a esta trilogía de la distopía costumbrista social llegaba con El club de la lucha, una historia cargada de filosofía nihilista, rechazo a la cultura idiotizante y odio al mismísimo status quo. Una cinta atípica en cuanto a forma y contenido, que no nos hubiera asombrado que hubiera sido rechazada por todos los estudios cinematográficos, ya que el propio mensaje del largometraje atacaba sin cuartel a esa cultura del entretenimiento que esos mismos estudios generaban sin cesar.

El club de la lucha utilizaba ciertos referentes cinematográficos para atacar la religión de la distracción que tanto calado ha tenido en el estilo de vida actual, el que nos vende la meca del cine con la intención de que el sueño americano sea la utopía universal, como en el caso de cierto guiño a ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964), pero tambien para filtrarla (Taxi driver) o simplemente parodiarla (La naranja mecánica, Apocalypse now, Forrest Gump…).

Fue difícil esquivar la posible negativa de la 20th Century Fox. Hicieron falta artimañas negociadas hasta la extenuación, campañas que no interesaban a los ejecutivos de la productora. Ejemplo de ello lo encontramos en la advertencia en la que Brad Pitt, interpretando al magnífico Tyler Durden pregunta si no tenemos nada mejor que hacer, si nuestras vidas son tan vacías que creemos que no hay una mejor manera de pasar el tiempo que viendo la cinta. El personaje nos interpelaba acerca de si leemos lo que nos obligan a leer, si compramos lo que nos dicen que compremos o si pensamos lo que quieren que pensemos.

Pero la productora no estaba interesada en lanzar ese tipo de mensajes a los espectadores, quedando relegados a la edición en DVD, de la misma forma que el estudio promocionó El club de la lucha como una panda de tíos que peleaban para combatir el estrés. Para nada era ese el objeto de la obra de Palahniuk. La historia era una descomunal crítica a una cultura autoritaria frente a los valores que forman la personalidad única del individuo.

Pese a ello, las críticas a la cinta de Fincher sobre un posible mensaje pro-fascista fueron abundantes. Las miras de los malpensados se centraron en la radical filosofía del Proyecto Mayhem y sus acciones anticorporativistas. La realidad era bien distinta. El club de la lucha cargaba precisamente contra ese tipo de ideologías impositivas, un alegato que significa uno de los principales legados de esta adaptación.

El propio autor de la novela se defendía de esas acusaciones manifestando que muchas historias insertadas en la novela, que aludían a la tremenda carga sexual en películas familiares o a los grupos de apoyo a enfermos terminales, le habían llegado a través de historias que sus propios amigos le habían contado o habían vivido, al mismo tiempo que Palahniuk llegó a entrevistarse con jóvenes ejecutivos, mezcla de la cual comenzó a desplegarse ante él toda esa realidad nihilista que posteriormente quedaría impresa en su libro.

Con la premisa de un largometraje que se rebela contra la cultura establecida y que se erige como un perfecto retrato de la insatisfacción social sufrida por los pertenecientes a la Generación X, no podemos dudar de que su interpretación está muy lejos de aparecer como una moraleja masticada. Frente a la confusión y el debate que puede suscitar su visionado, los propios artífices del proyecto han dejado clara su postura en muchas ocasiones.

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Detrás de El club de la lucha

Chuck Palahniuk, autor de títulos como Asfixia, Rant: La vida de un asesino o Snuff declaraba en los extras del DVD de El club de la lucha que el humano ha olvidado lo mucho que disfruta ser el animal que es y que vive en un hábitat social en el que las nuevas generaciones van tomando el control comenzando por la cultura. Esta se ve siendo heredada de la mano de aquellos que hasta ahora se sienten seguros en un establishment que para nada quieren ver alterado y que hace brotar, por consecuencia, una cultura del entretenimiento enquistada en la comodidad.

Junto con la opinión de Jim Uhls, encargado de adaptar la novela y que manifestaba que la película giraba en torno a la pereza, alienación y la búsqueda del propio individuo mediante drásticos métodos, encontramos también las palabras de Brad Pitt, Tyler Durden, ese antes y después en el campo de la construcción del personaje en cine y literatura. Pitt afirma que el secreto de la película radica en la existencia de un mecanismo de defensa que ha mantenido a toda una generación al margen de cualquier conexión o compromiso real con sus propios sentimientos.

A pesar de que el estudio pensó en actores como Matt Damon o Sean Penn para interpretar, en primer lugar, el personaje del Narrador, fue el propio Fincher quien quiso contar con Edward Norton, tras su aparición en el film El escándalo de Larry Flynt, dirigido por Milos Forman (Hair, Los fantasmas de Goya). Una decisión que pasado el tiempo no pudo ser más acertada.

El intérprete estadounidense quedó conmovido por la historia, de la cual contó en varias entrevistas que “la idea de una generación cuyo sistema de valores se fundamentaba en la cultura de la publicidad le parecía muy provocadora”. Enamorado de la ausencia espiritual y del materialismo de esa nitzcheniana sociedad que plasmaba el libro de Palahniuk, se sintió arrastrado por la crítica al fascismo que suponía la aparición de una legión de individuos con una falsa e impuesta identidad.

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El club de la lucha se convirtió en un referente para aquellos que vivían insatisfechos por cómo había sido retratada su generación hasta entonces: a través de producciones realizadas por esa cultura que se negaba a evolucionar, mientras que esta obra exhibia un cínico lienzo repleto de negatividad y escepticismo.

Hablamos de un relevo generacional que sentía cómo despertaba a la fuerza en la adultez y cuyos sueños se convertían en promesas vacías que sólo podían rellenarse con adquisiciones materiales, las cuales les proporcionaban unos valores que narcotizaban su insatisfacción existencial. “Siempre he sentido que nuestra generación ha vivido una crisis de la mediana edad siendo veinteañeros” (Edward Norton, Round Table Interview, (1999).

Mientras, la visión de Fincher era tan sencilla como directa. El propio Norton aseguraba al comenzar la promoción de la película que el realizador había manifestado que “si la película no cabrea a un importante número de personas, entonces habremos hecho algo bastante mal” (Edward Norton discusses Fight Club, 1999).

El legado de la cinta

Perteneciente al movimiento cinematográfico postmoderno, El club de la lucha es uno de sus grandes baluartes, junto con otras producciones caracterizadas por la crítica a una sociedad empachada de consumo, en la que los bienes y los accesorios prescindibles pretenden hablar de nuestra identidad más que nuestra propia forma de ser, como el Trainspotting de Danny Boyle o el Requiem por un sueño de Darren Aronofsky. En este caso, se trata de películas que hablan de la insana recurrencia a las drogas como evasión a esa pesadilla tornada realidad que puede significar la vida.

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No tiene sentido, por tanto, hablar de mensajes profascistas en este largometraje, ya que el totalitarismo es el que generan las grandes marcas y su desproporcionado consumo. Un esquema de vida que viene dado por el cambio generacional surgido en los 90 y cuya filosofía sigue vigente, si no acentuada, que diagnostica el aburrimiento como una patología y que persigue esa idea de convertirnos en lo que compramos con la premisa de que sintamos una falsa ilusión de seguridad dentro del rebaño social.

El club de la lucha es una de las joyas cinematográficas de los últimos veinte años, entre otras razones, por la naturaleza de su mensaje y por su revolución frente a la industria del entretenimiento de la que nace. Al mismo tiempo, su narrativa y dirección son envidiablemente actuales, retratando con claridad una de las generaciones más descontentas del pasado siglo. Todo ello sustentado en la historia de un narrador harto de la sociedad y desposeído de su identidad, sobresalientemente interpretado por Norton, apoyado, entre otro, por el formidable trabajo de Helena Bonham Carter, Meat Loaf o un Jared Leto que casi pasaba desapercibido.

Sobra juzgar a Brad Pitt y su Tyler Durden. Un personaje tan memorable como sus sentencias, convertidas ya en historia del cine contemporáneo y cuyas palabras hacemos hoy nuestras con el fin de invitar a aquellos que no han visto la película a que disfruten de ella sin querer nunca contarles demasiado. Y es que “la primera regla de El club de la lucha es no hablar de El club de la lucha”.

  • Estreno: 1999 9
  • Género:
Un joven sin ilusiones lucha contra su insomnio, consecuencia quizás de su hastío por su gris y rutinaria vida. En un viaje en avión conoce a Tyler Durden, un carismático vendedor de jabón que sostiene una filosofía muy particular: el perfeccio Leer más
Fernando D. Padilla

Fernando D. Padilla

Periodista enamorado del cine y de hablar sobre él. Pese a ello, las personas que valen lo hacen más por lo que callan que por lo que dicen.
Fernando D. Padilla

2 Comentarios

  1. Palahniuk en persona conducía furgonetas de transporte para personas que acudían a reuniones como las que vemos en la película y creo que escribió el libro mientras trabajaba de mecánico. No le podría haber caído el guión a un director mejor para hacer de su novela un clásico moderno del cine, David Fincher maestro, Pitt como Norton brillan en sus personajes. Ha sido un placer leer tu acercamiento sobre el film y recordar todo lo que una vez sentí viéndolo, que no fue poco. catalogáis enlaces de Wuaki y iTunes en HD por 3 euros, voy a verla de nuevo. Te leo!

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  2. “Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos” que paradoja no os suena de algo, a veces la realidad supera la ficcion!!!!

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