De perdidos al norte (*)

— ¿Te gustó Perdiendo el norte?

— Sí, mucho. No está nada mal para ser la cuarta película que he visto en mi vida.

— Todo encaja.

(conversación ficticia)

El ser humano es extraordinario por el simple hecho no solamente de tropezarse dos veces con la misma piedra, sino de hacerlo diez, veinte, trescientas, restregarse contra la piedra, enamorarse de la piedra y casarse con ella. Los españoles somos campeones en esto (en el aspecto político sobre todo, pero esa bilis es para soltarla en otro pantano) y es curioso que tenga que venir una comedia así de afable para satirizarlo y, especialmente, frivolizarlo. Pero como esto es una crítica de cine y lejos está de ser un comentario social, a lo que me refiero con esta reflexión de apertura es a nuestra impepinable e irónica tendencia a volver a consumir exactamente lo mismo, incluso cuando estamos hasta las narices de repetirnos a nosotros mismos que nos parece malo y nos parece estúpido. Que a fecha del año 2015 después de Cristo todavía nos siga haciendo gracia el chiste del perro Mistetas (metáfora de esta película que he sacado de aquí), dice mucho, pero que mucho del amor idiota que le tenemos a esa piedra de marras.

¿De qué va Perdiendo el norte? No me digan que va de un tema de rabiosa actualidad, de la fuga de cerebros, de la lamentable y vergonzosa situación que están pasando los brillantes estudiantes de la “generación más preparada de la historia” que se ve obligada a salir por patas de un país que les ha prometido mucho y les ha devuelto una patada en las posaderas, un escupitajo en la cara y muchas gracias. No, amigo, esa es la excusa. ¿Cómo si no iban a colarnos el modelo guionístico de comedia romántica y de enredo más repetido, genérico, perezoso y conformista de la historia del cine? Enumerar la cantidad de clichés, de lugares comunes y de chistes sin gracia (que son, aproximadamente, el 100% de ellos), que ni siquiera se han molestado en disimular, es un esfuerzo en el que no estoy dispuesto a gastar mis energías. Yon González y Julián López son dos chavales preparadísimos que, por ver a Arturo Valls en la tele, tienen la maravillosa idea de irse a triunfar a Alemania después de que en España sus sueños y aspiraciones se hayan ido al garete. Nada más llegar, Yon se chocará con la hermosa Blanca Suárez (¿qué pasará?) y, al ver que el país germano no albergaba el éxito que él esperaba, tendrá que aprovechar la distancia para engañar a sus padres y hacerles creer que sí ha hecho fortuna (¿qué misterio habrá?), mientras conoce al compañero de piso más irritante de la historia (Miki Esparbé) y a su jefe turco (Younes Bachir), evidentemente blanco de risitas porque tiene un acento gracioso (puede ser mi gran noche). Les juro por lo más sagrado que no hay nada aquí que no hayan visto ni que les pueda sorprender, a menos que sean el segundo interlocutor de la conversación que abre este artículo.

Casi peor que todo lo anterior es que una película pretenda tratar la injusta situación de precariedad a la que se ven obligados estos jóvenes y que, al mismo tiempo, su mensaje sea «Vive la vida que quieras, no la que puedas», algo que me parece, por decir poco, peligroso. Lo más parecido a reflexionar sobre su tema que hace la película son los momentos sensiblones de notitas de piano y algún aspecto de la subtrama del único personaje salvable de todo este berenjenal: el intachable José Sacristán, que, como personaje, sirve para comparar los “nuevos” inmigrantes con los “viejos” exiliados, que se fueron en peores circunstancias y que están ahí para recordarnos que en cincuenta años, las cosas no han cambiado en lo más mínimo… pero cuya historia posterior, desgraciadamente, no aporta prácticamente nada al conjunto.

Pero lo más sangrante es la traca final (como siempre, soy enemigo de los spoilers, así que lean sin miedo), donde se amontonan y entremezclan todos los clichés moñas como si quisieran unir sus fuerzas para formar un Supercliché, un Mazinger Z de la falta de imaginación, un coloso de la ley del mínimo esfuerzo creativo, una supernova de lugares comunes, un leviatán de todo lo que no se debería hacer a estas alturas de partido. Yo lo tengo claro: esto es una oda ya ni siquiera al espectador medio, sino al más conformista de todos, al amante de lo facilón, al alérgico a los chistes inteligentes, al que está dispuesto a pagar (muy caro, y yo mismo me he visto arrastrado) lo que podría ver gratis por televisión dentro de unos meses en la tarde de domingo más aburrida y tonta de la historia de los domingos por la tarde.

NOTA: */5

  • Estreno: 2015 7
  • Género:
Hugo y Braulio, dos jóvenes con formación universitaria pero sin futuro en España, deciden en embarcarse en un viaje a Alemania para comenzar allí una nueva vida, tal como se muestra en el programa de televisión "Españoles por el mundo". Pero c Leer más

Sergi Monfort

Sergi Monfort

Cinéfilo, cineasta amateur, a veces incluso juego a ser periodista. Veo películas si la universidad me deja tiempo y me quejo mucho de mis cortos. Mi mayor fan es mi madre. La gente quiere de eso que fumo, pero es que yo también.
Sergi Monfort

2 Comentarios

  1. Si quieres ver algo distinto y decente sobre emigración hecho por emigrantes, “En mi gran té” es lo que estás buscando.

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  2. No puedo estar más de acuerdo. Hacía tiempo que no veía una colección como ésta de tópicos superficiales, clichés manidos y chistes simplones, de hecho no lo recuerdo. Es un triste desperdicio de recursos que insulta al espectador. Eso sin entrar en la mediocre interpretación de algunos componentes del elenco.
    En fin, por lo menos me he desahogado un poco, ya que mi dinero no lo voy a recuperar.

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