Belladonna of Sadness – Psicodelia animada

Belladonna of Sadness (Kanashimi no Beradona, 1973) es una de las primeras cintas de animación para adultos de la historia, pero aun así permaneció -y aún permanece – en cierto olvido hasta que fue restaurada por motivo del festival de Sitges en 2015. Esta obra experimental, parte de la trilogía Animerama que el director Eiichi Yamamoto dirigió a principios de los 70 y la más exitosa de las tres – en la medida que cabe -, es un cuento que toma parte de la historia de Juana de Arco para transformarla en un bello retablo con una personalidad y genio que abarca mucho más que la conocida historia de la santa francesa; el deseo, la infidelidad, el pecado e incluso la perdida de identidad de la cultura japonesa convergen de manera críptica y simbólica excepcionalmente en un relato con una libertad creativa que le permitió a Yamamoto explorar los límites del cine de animación, todavía incipiente en aquella época a pesar de tener aproximadamente 60 años de edad. (El siguiente párrafo contiene spoilers sobre el – intrascendente en mi opinión  – argumento de la obra)

 

Belladonna Of Sadness (7)

 

Belladonna of Sadness relata la historia de Jeanne y Jean, dos granjeros felizmente casados que ven cómo su vida empieza a descomponerse por desgracias que no paran de sucederse: la violación de Jeanne por un barón de la ciudad, y la posterior locura que esto le causa; la pobreza de la pareja después de una terrible crisis; o el pacto con el diablo que hace Jeanne para hacerse poderosa en el pueblo, que la llevará a un destino fatal. Sin embargo, esta trama no es más que una excusa para mostrar intensas imágenes de gran poderío visual al servicio de la cinta de animación, con un dibujo impecable. Con momentos que recuerdan en cierta medida a La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Theodor Dreyer, se mezclan imágenes hipnóticas sin aparente conexión constantemente, con un uso de la música de Masahiko Satô que no hace más que colaborar en este psicodélico viaje visual lleno de excesos barrocos.

Por desgracia, Yamamoto no explota del todo las posibilidades de lo que pretende contar y en ciertos momentos pierda el rumbo de la narración, con escenas que no aportan nada al conjunto de la obra, y el estatismo visual, quizás debido a falta de presupuesto o a la falta de recursos creativos en la época de la que data la película, puede llegar a resultar pesado. Pero esto no hace desmerecer la relevancia de esta pequeña joya, con 1 hora y 20 minutos geniales de puro exceso creativo.

Borja Aranda
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