Beetlejuice: El fantasma de los fantasmas

Hubo una época en que, aunque hoy cueste imaginarlo, viéndole atrapado en la dependencia autorreferencial hacia su propio mito y volcado en un cine de acento marcadamente comercial que abusa del adorno digital, Tim Burton aún era un niño adulto con vocación de convertirse en el raro de la clase y crear fantasías góticas terroríficamente divertidas, una de las cuales, tras sus experiencias dentro de los cortometrajes animados, condensó en imagen real todos los logros de sus anteriores trabajos. El segundo largometraje de un aún desconocido Tim Burton transformó la estética siniestra y fantasmagórica en su hoja de ruta para forjar una nueva modalidad de humor gráfico exportable al largometraje fantástico. Así nació Beetlejuice, que aquí en España se rebautizó de forma simplificada como Bitelchús.

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Bitelchús es la piedra angular sobre la que el universo burtoniano comenzó a cimentarse en la pantalla grande -tras la lúdica Pee Wee’s Big Adventure rodada al servicio del extraño cómico Paul Reubens– y es una demostración digna de impartirse en clases de cine sobre cómo es factible juntar en un solo relato la oscuridad de la literatura de Poe, la retorcida perversión de H. P. Lovecraft y el surrealismo desenfadado, alegre y excesivo de unos secundarios recargados y extravagantes de los que incluso emana un cierto aroma Felliniano -atentos a los miembros de la familia Deetz, su elitista círculo de amigos y muy especialmente Otho, interpretado por el desaparecido Glenn Shadix-.

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El mundo de los muertos en el que se aventura el difunto matrimonio Maitland -formado por Alec Baldwin y Geena Davis– tras la muerte accidental que les convierte en fantasmas atrapados en su propia casa, es una amalgama fascinante y variopinta de guiños a los escenarios arenosos y oníricos de la pintura de Salvador Dalí recreados mediante un inframundo desértico habitado por gigantescas serpientes, y un surrealista diseño de producción que ilustra el más allá como unas oficinas burocráticas de funcionarios difuntos que deambulan entre formas cubistas y amorfas inspiradas por el expresionismo de los decorados pintados a mano por Hermann Warm, Walter Röhrig y Walter Reimann para El Gabinete del Dr Caligari (Robert Wiene, 1920).

El otro mundo, un lugar repleto de oficinas ocupadas por funcionarios y burócratas…

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… y desiertos donde habitan las Serpientes de Arena.

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Muchas veces he caído en  la tentación de observar la obra de Tim Burton -el de los años 80 y 90, cuando aún no rodaba sus películas con piloto automático- como la bifurcación hacia un público más generalista de la excentricidad de Terry Gilliam. Hay algo que todavía hoy acerca al director de Eduardo Manostijeras y Ed Wood a la órbita del ex Monthy Phyton, y es esa mayor predisposición para crear unos personajes, un material de base, con los que sus actores puedan dar rienda suelta a su excentricidad con absoluta libertad.

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Porque Bitelchús se construye esencialmente como el engranaje irrepetible de un grupo de futuras estrellas encabezado por un arrollador Michael Keaton pasadísimo de rosca y consciente de su carisma, una Winona Ryder perversamente adorable y esa irresistible arpía snob llamada Catherine O´Hara que roza la excelencia y a la que nunca se reconocerá suficientemente su versatilidad por culpa del incomprensible semi anonimato que la ha mantenido en segunda línea durante toda su carrera profesional.

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Winona Ryder y Catherine O’Hara graban a fuego en nuestras retinas dos de los momentos musicales más icónicos e inolvidables del cine fantástico poseídas (literalmente) por el feedback tropical de Harry Belafonte en The Banana Boat Song y Jump in the Line. Si el ritmo de estos dos momentazos no se te ha metido en el cuerpo ni has sentido ganas de bailar durante alguna de estas dos secuencias deberías hacértelo mirar.

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Bitelchús es la piedra angular de todo el ideario presentado en la filmografía posterior de Burton, aunque aquí se muestre en su forma más rudimentaria, hasta el punto de arrancar con la que aún sigue siendo una de sus principales señas de identidad: el inevitable score de Danny Elfman, cuyo número de colaboraciones con el director sólo se ve superado por el de John Williams y Steven Spielberg o Federico Fellini y Nino Rota. Como ocurriría un año después en Batman, Elfman pone la guinda nada más empezar aprovechando unos enérgicos créditos iniciales en los que la cámara recorre la maqueta donde se guarece el degenerado espectro interpretado por Keaton.

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Hoy el director californiano se ha convertido en una inoperante y mustia sombra desprovista de más creatividad que la necesaria para alimentar su propia leyenda cada 2 años con productos que en el mejor de los casos no pasan del aprobado alto. Espero y deseo de corazón que Tim Burton no cumpla con su amenaza de rodar Beetlejuice 2. Si quiero invocar a mi bioexorcista favorito no tengo por qué apechugar con una apagada modernización concebida casi tres decadas después. Lo único que tengo que hacer es repetir su nombre 3 veces.

¡Es hora de divertirse!

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Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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