Assassin’s Creed: En busca de la manzana perdida

Assassin’s Creed no es solamente la adaptación más borrega y libre de un videojuego desde Super Mario Bros o Resident Evil -y cualquiera de sus secuelas- sino que se ha convertido por méritos propios en la película más estúpida en la larga y triste historia de las películas estúpidas. ¿Por qué cuesta tanto sacar adelante una adaptación de un videojuego que sea mejor que las propias escenas CGI de la aventura virtual original? Porque ése es probablemente su único elemento en común con el lenguaje visual del juego en que se basa y su más de media docena de secuelas: la recreación virtual de escenarios naturales, edificios e incluso personajes humanos en movimiento. Juraría que aquí hasta las gotas de sudor del propio Fassbender son producto de la animación.

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No existe guión alguno sino un amago de aventura incongruente con un mcguffin ridículo, un pedrusco brillante que se asemeja a una chirimoya fosilizada y que supuestamente contiene el adn que configura el libre albedrío de los seres humanos porque fue el fruto original con el que una serpiente logró que Adán y Eva fueran expulsados del paraíso. ¿Os habéis enterado? Pues os lo explico otra vez. Que se trata de la manzana mordida por Eva en el Jardín del Edén, así como suena, y a juzgar por el tamaño y la espesura metálica de su contorno sospecho que la mujer de Adán debió tener una dentadura de acero similar a la del difunto Richard Kiel.

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Aunque no me cuesta creer que semejante chorrada de argumento haya sido adaptado a la pantalla por Adam Cooper y Bill Collage, responsables de una de las entregas de la lobotomizante saga juvenil Divergente y del libreto de Exodus: Dioses y Reyes, aquella reinvención millennial de la vida de Moisés a lo Gladiator que casi remata la agonizante carrera de Ridley Scott.
Pues bien, Callum Lynch es un asesino -un asesino de proxenetas, claro, porque los antihéroes asesinos de Hollywood son buena gente cuyos actos son eticamente justificables- que escapa de una condena a muerte para viajar al pasado, para ser exactos hasta Sevilla en el año 1492, para salvar el fruto prohibido de las garras del temible inquisidor Torquemada, interpretado por Javier Gutiérrez, calvo como una bola de billar salvo por unos injertos postizos que parecen sacados de una de las caracterizaciones de Joaquín Reyes en La Hora Chanante.

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Michael Fassbender y Marion Cotillard repiten con el realizador Justin Kurzel, tras el fracaso artístico y comercial de Macbeth, y mantienen el tipo como pueden declamando sin pudor unos diálogos vergonzosos que menoscaban su dignidad pero inflan su cuenta corriente. Jeremy Irons y Charlotte Rampling hacen exactamente lo mismo, pero el apuro les pesa menos porque a estas alturas están por encima del bien y del mal -ella más que él- y tampoco es la primera vez que se meten en esta clase de embolados. Y yo observo compungido mi cartera observando el hueco dejado por los 5 euros que malgasté pagando por una entrada de cine.

¡Chúpate ésa, Paulo Coelho!

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Antonio López

Antonio López

"Pregúntame por las películas que quieras salvo las que no conozco, de esas no he visto casi ninguna."
Antonio López

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