American Gods: bienaventurados los creyentes

Si mezclamos a Bryan Fuller, Neil Gaiman, unas cuantas dosis de surrealismo, sexo, violencia, lecciones de mitología universal, algunas gotas de terror clásico, sangre, más sexo con todas las ganas del mundo de producir rechazo en el sector más conservador de la audiencia televisiva, ¿qué obtenemos? Correcto: American Gods, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela escrita por el padre de Evermore, Sandman, Stardust y Coraline. La primera temporada ya ha echado el cierre dejando, con toda seguridad, más preguntas que respuestas en las mentes del público, y es que este plato tan sobrecargado que en ocasiones parece vacío y carente de fondo no es de fácil digestión.

Imagina que estás en prisión. Imagina que, pocos días antes de conseguir por fin la tan ansiada libertad, te llega la noticia de que tu mujer ha muerto en un accidente de coche mientras le hacía una mamada a tu mejor amigo. Imagina que, al salir, un misterioso hombre de mediana edad se te acerca y te ofrece trabajo. Imagina que a partir de ahí, tu idea del mundo, qué es real y qué no, la vida y el funcionamiento del universo se van al garete, por decirlo fino. Eso es lo que le ocurre a Sombra, un tío normal con una vida mediocre al que un día dicha vida escapó de su control, y cuando parecía que por fin iba a recuperarlo, ésta se ve retorcida, machada, doblegada, masticada, escupida, pisoteada y pateada a una nueva dimensión existencial.

Sombra, de manera similar a como ocurría en la novela, no es más que el reflejo del propio espectador en este nuevo viejo mundo que no deja de sorprender y desconcertar con cada nueva secuencia. Su función no es otra que la de dejarse llevar, y esa es la clave principal para poder disfrutar de estos dioses americanos. No cuestionar, no preguntar, simplemente dejarse llevar, y es que American Gods no sigue una estructura estándar de serie de televisión (sin llegar, ni mucho menos, a la brillante majadería y demencia absoluta que está siendo la tercera temporada de Twin Peaks). Sí, obviamente hay un hilo conductor principal, pero son tantas las bifurcaciones que resulta fácil perderse y difícil asimilar toda la información.

El gran culpable es sin lugar a dudas el señor Fuller, quien parece no tener miedo de nada y decide pasarse por sus partes lo que pueda opinar el público en general. Para él la censura es un término caduco, arcaico, y más de uno se habrá llevado las manos a la cabeza por las imágenes, ideas y temas que encontramos en American Gods. Y me alegro por ello. La adaptación de una novela como ésta necesitaba precisamente eso: no tener miedo ni vergüenza.

Sí es cierto que en algunos momentos el templo parece temblar y sus cimientos pierden firmeza, pero la grandeza de estos dioses es que mientras que por un lado te quitan una pizca de algo, ya sea ritmo narrativo, coherencia o un poco de luz que te guíe fuera de la desconcertante oscuridad, por el otro te regalan un espectáculo audiovisual embriagador, personajes memorables, diálogos y frases para el recuerdo, risas muy negras o la ocasional lagrimilla.

American Gods es un plato complicado de saborear que por momentos parece más una deconstrucción de una serie que un producto acabado y redondo, pero si algo ha dejado claro esta primera temporada es que, al final, lo único que hay que hacer es creer. Creer en estos dioses porque, tras estos primeros ocho episodios introductorios, parece que por fin se montan en sus caballos rumbo al Vallhala.

Lucas Di Rado

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"O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte convertido en un informático."
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