Amarcord: Fellini Vs. Valle Inclán

Dudo mucho que el gran Federico Fellini hubiese leído “Luces de bohemia” y supiese de las peripecias del gran Max Estrella. Dudo incluso que conociese de la existencia de Valle Inclán y ese maravilloso género que es el esperpento. Quizás no le hacía falta y escribió “Amarcord” como una mezcla de sátira y farsa, poblada de personajes caricaturescos reducidos casi al absurdo, con un lenguaje tan coloquial que roza la vulgaridad más aberrante, pero lo que logró, medio siglo después de que naciera el género, no fue exactamente un homenaje sino más bien que uno volviera a recordar al gran dramaturgo español y echara de menos esa pureza y brillantez de las que hacía gala cuando cogía la pluma.

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Fellini se acerca, de lejos, pero no logra captar la pura esencia de esa corriente que empezó en el teatro, ya que su obra es liviana cuanto menos, poética sólo a ratos y decididamente menos metafórica en su contenido, aunque brillante en las formas (no podría ser de otro modo).Se queda a medias, no consigue una sátira mordaz, ni un mundo ilusorio, sus creaciones a penas dejan de ser estereotipos con tics de segunda categoría y no hay lecciones morales detrás de escenarios profundos.

“Amarcord”, que literalmente siginifica “yo me acuerdo” dibuja la propia vida del director, sus recuerdos de juventud encuadrados en una Italia fascista de postín en el transcurso de un año. Fellini pone el énfasis, algo desenfocado eso si, en una familia de clase media, pero el relato queda deshilvanado entre un reparto coral que desvirtúa la historia aunque ayuda a situar la narración. El hijo mayor, gamberro y delincuente según su pregenitor, sueña con ser un piloto de carreras, empieza a despertar sexualmente y sirve de hilo conductor entre tanto caos y escena (aleatoria) que hace que la película parezca más una serie de retazos que un conjunto, aunque el tono de la misma varía poco a lo largo de todo el metraje.

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La primer parte, sin duda la más arbitraria de las dos, se reduce a una serie de escenas que nos presentan a esa población tan pintoresca (usemos los eufemismos) y las relaciones entre los moradores del pueblo. Lo mundano e intrascendente se abre paso sin aporte alguno para el metraje. El humor es rancio, a base de viñetas más desacertadas que otra cosa y la película se adormece en el hastío, tratando de lograr que el populacho, que no el pueblo, se sienta identificado. Es fácil imaginar cómo quedaría todo en papel y aunque Fellini era ducho en eso de manejar la cámara, el resultado en pantalla resulta bien distinto. Naturalista como pocos, el italiano cae en obviedades , se reafirma en la simpleza y aunque su mano fuera experta a los mandos de la nave, sobre todo en las escenas finales de la niebla, no conmueve, no apasiona, no despierta mayor interés. Algunos directores se me vienen a la mente que contaron cosas mundanas, e incluso triviales, el día a día sin más artificio (los hermanos Dardenne, Mike Leigh, Terrence Davies e incluso Ken Loach), pero con algo de simbología, o al menos no tan opaca para el espectador.

La segunda parte, sin duda la mejor, es mucho más humana, no pretende hacernos reír y sin embargo es cuando consigue que esbozemos algo parecido a una sonrisa. Deja de lado ese intento fallido de crítica a la iglesia y al régimen de Mussolini y se acerca más a la familia Biondi. Se aleja algo de personajes secundarios y encuentra la humanidad en un par de escenas que quedan para el recuerdo.

Pero todo esto último no es suficiente para dejar al espectador con ganas de más. La película se hace larga y de costumbrista, peca de simple, de falta de ambición, como si Fellini solo se preocupara de lo visual, que sin duda es lo mejor de la cinta. Hasta en cierto punto se vuelve voyerista, fijando la cámara en las partes indecorosas de las mujeres del pueblo de la misma manera que Botero fijaba su lápiz en el lienzo, estilando figuras voluptuosas , discípulos aventajados ambos del gran Rubens.

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La película, que no tiene más fondo que el que nos presenta, acaba con un entierro y con una boda, con una lugareña abandonando el pueblo entre lágrimas, no sabemos si previendo la nostalgia de un lugar que le consumía o alegrándose de dejar atrás tamaño paripé disfrazado de vida cotidiana. Y es que a veces, las historias simples, no dan para más, a no ser que seas Valle Inclán y tu pluma sea tan mordaz como tus personajes.

Rubén Horcajuelo

Rubén Horcajuelo

La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo.
Rubén Horcajuelo

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