El Club: los pecados de la Iglesia

Unos faroles antiguos iluminan de un color ocre desgastado los caminos embarrados que separan pequeñas casas y establos. Una bruma eterna enmaraña el cielo en El Club. Un agreste y rocoso entorno rodea una pequeña aldea costera chilena.
Una vez cada mucho tiempo, uno se encuentra con lo que yo llamo una «película fea», con una atmósfera opresiva y claustrofóbica, la pantalla parece rugosa, como si el espectador pudiera tocarla, aunque desheche toda idea de traspasar la imagen para vivir y conocer los sentimientos de las personas que pueblan esos parajes. El recuerdo más cercano que tengo de otra película así es «Winter´s Bone», cinta oscura como pocas, tanto en el fondo como en la trama.

Cuando la cámara se posa, quieta, distante, en la casa donde transcurre la mayoría de la acción, uno tiene claro que la película ha acabado justo donde y cuando debía hacerlo. Un círculo cerrado, que no completo, que pone fin a esta cruda crítica a la religión -a la Iglesia- y que, paradójicamente, no entiende de redenciones ni perdones. Pablo Larraín desafía convencionalismos, arriesga y gana, elimina atajos y se adentra en caminos tortuosos y llenos de espinas. Valiente decisión del chileno, pues la premisa ya demanda un par de ovarios que no parecen sino agrandarse a medida que la cinta avanza hasta convertirse en una catarata de emociones en sus veinte minutos finales y que dejan retratada a la institución.
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Cuatro sacerdotes apartados de sus funciones cumplen su particular calvario en una casita al borde de un acantalido vigilados por una hermana de voz dulce y paciente que intenta que su vida sea tan frugal como liviana. Particular porque no es lo que uno se imagina después de que se vayan descubriendo sus actos pasados. Su «apacible» vida se ve trastocada tras la llegada de un nuevo miembro y de un desconocido que se acerca a dedicarles improperios más dignos de Sodoma y Gomorra. Larraín no escatima en detalles verbales, sus diálogos son punzantes e hirientes, demoledores, y sin embargo su película no se encumbra en esos momentos dramáticos, sino en ese humor negro que se cierne al igual que la noche se cierne en la costa chilena.
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Cuando un supervisor se acerca a la tranquila vida de los sacerdotes, el espectador empieza a conocer esos turbios asuntos del pasado. Hasta entonces, la acción que se sirve de la palabra, empeza a agrandarse y Larraín recurre a un movimiento tan estratégico como efectivo: Cuanto más fastidiosa es la trama, más cuidadosa y meticulosa es su cámara. Cuanto más ocurre, menos nos enseña. Se remite a sugerirnos y ahí es cuando el espectador cobra importancia y se imagina lo que pasa en esas vidas tan miserables. Asiente atónito a esos minutos finales, traca final a una historia inteligente que dudo mucho que visionen en los alrededores del Vaticano.
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La cinta del chileno es dura, difícil de ver incluso. Es de esas que solo se la recomiendas a tus personas de confianza. Su voz es incendiaria y su visión, política y social. No crea metáforas, va directo a la yugular, no juega con ambajes morales y se niega en rotundo a ofrecernos un final elocuente o satisfactorio. Presenta el pecado de una manera clara y enfocada, en su forma más carnal, y es por eso que dudo mucho que pudiese volver a la película una segunda vez. El primero ya me ha dejado con las entrañas revueltas, hastiado de tanta hipocresía y falacia.

En definitiva, nunca la palabra penitenciaría, tuvo un significado más acertado.

Rubén Horcajuelo

Rubén Horcajuelo

La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo.
Rubén Horcajuelo

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