«13 minutos para matar a Hitler»: y qué largos (**)

Tú no sabías que existía; yo tampoco hasta prácticamente el día antes de verla. Tú no pensabas que ibas a necesitar esta película en tu vida. Yo vengo a decirte una cosa: pensabas bien. Pero, ¡no tan rápido! Hay algo que sí necesitas, y eso es seguir leyendo. Ya sabrás por qué. Todo llegará.

Elser es tanto el protagonista (existió en la vida real) de esta historia como el título original, que se debió traducir al español aprovechando que aquí es más seguro ponerle el nombre de Hitler a las cosas. Para no confundirnos, su novia se llamaba Elsa (y para seguir tratando de sacarnos de la confusión más oscura, recordemos que en alemán –a y –er se pronuncian más o menos tajo parejo). El primero estuvo a trece minutos de convertirse en un personaje inolvidable para la Historia (con mayúsculas), pero ahora simplemente aparece en una historia (en minúsculas) más que olvidable.

Esos trece minutos fueron el tiempo de más que debió haberse quedado Adolf Hitler en un atril durante un mitin para que la bomba escondida delante de sus narices hubiera podido volarle en pedazos y haber ahorrado los próximos seis años de la página más negra del siglo XX. Sin embargo, los nazis fueron más listos, y el Führer consiguió escapar silbando para cuando el juguete íntegramente (e increíblemente) fabricado por Elser saltó por los aires.

Suena intrigante, ¿verdad? Es alucinante la capacidad para arruinar algo con tanto potencial (como malogró nuestro casi-héroe) de Oliver Hirschbiegel (El experimento). La estructura básica de la película es un zig-zag cargante, algo así como un constante coitus interruptus pero sin el coitus, entre un flashback de la vida del chaval y un regreso al presente, donde, torturado por el clan de los taconazos, espera ensangrentado que le saquen una confesión. ¡Pero si encima hay sangre y torturas! ¡Tan mala no será! Pues, cielo, es casi, casi peor que mala: es mediocre. No contiene casi (todo llegará) nada especialmente revelador acerca de los nazis que no puedas encontrar en cualquier otro clásico mejor, ni de acerca de las penurias y luchas diarias en la vida de los judíos o los no adeptos en el transcurso del régimen. Por utilizar un símil que todos los lectores de España entendemos y se ha utilizado exitosamente para simplificar las críticas: es una peli de la II Guerra Mundial perfectamente encajable en el Multicine de Antena 3 un domingo por la tarde. Dentro culebrón, dentro secundarios a medio gas (los que no llevan uniforme al menos).

Si has leído hasta aquí, has llegado al punto clave de mi artículo. Es lo que los anglosajones llaman silver lining. Sería la principal razón por la que el contenido de la película es importante, si no fuera porque es tumbativamente aburrida.

Durante todo el tramo en el que Elser las pasa canutas encerrado por los nazis, uno se da cuenta de que no se pretende solamente una confesión, un castigo, sino una victoria total sobre su persona. Una victoria psicológica, casi moral. No es suficiente con ajusticiarle; hay que extirpar las ideas de su cabeza, hay que lavarle el cerebro. Hay que corregirle y convencerle de que el Führer es bueno, que es magnánimo, que no es el monstruo que él se piensa. De este modo, un asesino anti-patriota debe aparecer reeducado ante la opinión pública, una prueba más del poder de convicción de Hitler, el infalible, el eterno guía. Casi como al extranjero de Camus, uno siente que al “terrorista” no se le pretende juzgar por sus acciones, sino por su manera de pensar. A tales extremos llega el aparato nacionalsocialista.

Bueno, sí, y la película es un coñazo.

NOTA: ** de 5

Sergi Monfort

Sergi Monfort

Haga lo que haga, hago cine en todo lo que hago.

Director, guionista y periodista a tiempo parcial. Consumidor de ficción a tiempo completo. A veces se me ve rodando.

www.sergimonfort.com
Sergi Monfort

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