La Comuna: Vinterberg y su espíritu reivindicativo

En su anterior obra, La Caza (2012), el danés Thomas Vinterberg elaboraba un sonrojante análisis de una sintética sociedad actual más tendente a operar desde la hipersensibilidad más superficial que desde la robustez de la conciencia, poniendo sobre la mesa cuestiones tan universales y frecuentes como la sobreprotección, la educación, los imborrables estigmas sociales, nuestra tendencia prejuiciosa, la lealtad, el devaluado valor de la verdad y la trascendencia de la mentira… todas ellas retratadas desde una perspectiva que enjuiciaba el desfigurado concepto de la sacrosanta unidad familiar.
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Cuatro años después, sustituyendo la alfombra roja de Cannes por la del frío Berlín, vuelve a sugerirnos un debate concentrado en los mismos valores (o en la ausencia de ellos) con los que un día conquistó a público y crítica. Si bien es cierto que La Comuna (2015) carece de la profundidad reflexiva de su anterior trabajo y de su carácter hiriente, sí logra mantener intactos el espíritu reivindicativo -siempre tendente a mostrar la vulnerabilidad del ser humano- y la procurada objetividad, con que el que fuera niño prodigio del movimiento Dogma logra trenzar las subtramas de ambas “tribus”, sometiendo a juicio, sin necesidad de pronunciarse, enraizadas estructuras familiares y establecidos modelos sociales.

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Las particularidades de la vida colectiva, ya descritas por Vinterberg en una obra de teatro estrenada en Viena allá por 2011, dan origen a esta adaptación cinematográfica que parte de una curiosa experiencia personal muy similar: al igual que el personaje de Freja (Martha Sofie Wallstrom Hansen), él también superó su etapa adolescente creciendo en un modelo de convivencia comunal del que ahora asegura resultó ser “un entorno muy estimulante en el que aprender a manejar el comportamiento humano” y que además le concedió la oportunidad de escoger a los integrantes de su más íntimo círculo fraternal, de ordenarlo y mejorarlo en base a sus preferencias o necesidades… y de eso precisamente habla la primera parte del film: de la gente que tienes cerca y de la que quieres tener, que no siempre tienen por qué ser la misma.
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Erik y Anna, padres de la joven Freja, deciden, cansados de una existencia tediosa y rutinaria, que comienza a hacer mella en su consolidada relación matrimonial, convertir la enorme propiedad recientemente heredada por él en una organización colectivista en la que coexistir bajo su propia normativa, con la que consolidarán una innovadora dinámica familiar muy alejada del ideal hippie setentero: más al contrario, los dos protagonistas se perfilan como profesionales de éxito (él profesor de arquitectura, ella reconocida presentadora de informativos) acostumbrados a una forma de vida evidenciadamente privilegiada.
Planteada en clave de ligera comedia durante sus primeras secuencias, la exposición inicial ennegrece tono, enfoque y lenguaje cuando el colérico Erik (Ulrich Thomsen) se enamora de la encantadora Emma (Helene Reingaard, pareja de Vinterberg en la vida real), una de sus estudiantes. El grupo al completo acepta su inclusión como miembro tras someterlo a votación, provocando la tormenta emocional de Anna (la ganadora del Oso de Plata, Trine Dyrholm). Será ella quien sostenga en esta segunda parte todo el peso del ahora inquietante guión, construyendo un testimonio contenido e inspirado, descomponiendo a esa esposa herida y desorientada, incapaz de afrontar el sentimiento de desconsuelo, fruto de la pérdida, con la actitud abierta y tolerante que creía poseer.
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El Lucas de La Caza y la Anna de La Comuna son víctimas respectivas de los incalculables daños directos y colaterales consecuentes de esos contratiempos que golpean imprevisiblemente sus apacibles vidas. Dos seres perjudicados por la falta de compasión e indolencia de la sociedad a la hora de emitir veredictos: él como objeto del prejuicio general y ella siendo expulsada del grupo de forma inmisericorde. Es en ese aspecto donde La Comuna -la obra- funciona más y mejor. Es su talante observador de la naturaleza humana y la respuesta de ésta ante el conflicto el que aporta cierta profundidad a un relato que no encuentra su sitio hasta haber cruzado su línea ecuatorial, conformándose hasta ese momento con ser una modesta descripción de un sueño de aumentar la familia, formulada con frescura y gracia, pero de rendimiento escaso e ingenuo.

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Ésas son las grandes bazas de una cinta que no destaca en ningún otro apartado formal, quedándose muy justo en el tibio homenaje que su autor buscaba rendir de esa filosofía altruista y liberal que marcó su infancia y personalidad, despojándolo de toda huella nostálgica y convirtiendo esa añoranza generacional en un asunto menor. Resulta paradójico que intentando reprocharle a nuestro actual sistema de vida un carácter extremadamente individualista, caiga en el error de omitir el desarrollo de los demás personajes, desaprovechando imperdonablemente un maravilloso reparto coral que logra salir airoso, incluso, de las insultantes trampas con que guionista (el casi siempre -esta vez un poco menos- eficaz Tobias Lindhom) y director manipulan al espectador.

Maria Nymeria

Maria Nymeria

Subeditora y redactora en la Revista Tviso. "El cine es como la vida pero sin las partes aburridas" Alfred Hitchcock
Maria Nymeria

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